Coaching Profesional, Coaching y Desarrollo Personal 


El perfeccionista (II): cuando la imperfección te hace perfecto

Perfeccionismo

Perfeccionismo

Hasta que sucedió. Fue a raíz de una lectura selecta. Quizás un par de ellas. De esas que acabas adoptando como libro de cabecera. De esas en las que pasas de sacar lo mejor del libro a que el libro saque lo mejor de ti.

¿Pero cómo fue?¿Qué sucedió?

Para empezar halló sus miedos. Y los desafió. No eran para tanto. Se paró, miró y se encaró con su mente quien al ver tanta fuerza y motivación, claudicó y optó por acompañarle.

Porque no lo dudes, la mente juega contigo. Busca reflejar una realidad distinta de la que es. Pero recuerda, tú mandas. Las cosas dependen de como te las tomes, no de como son. Muéstrale el camino, un objetivo y ella te seguirá.

Empezó a vivir día a día, a no pensar en el mañana. Y funcionó. Amparándose en esa nueva confianza, dio un vuelco a su mundo interior. Y exterior. Hizo cosas distintas. Cambió de rumbo y salió de su zona de comodidad. Un mundo más allá de lo que nunca hubiera imaginado se le abrió.

Pasó incluso de temer la muerte y el morir a solo temer morir. Porque la muerte no asusta. Está ahí, es parte de nuestra vida. Pero morir, eso amigo mío, eso nos atañe a ti y a mí.

Dejó de posponer. Aquellos viejos tiempos del todo o nada se esfumaron. Fue a lo básico, concentró sus esfuerzos y se enfocó. Descubrió entonces algo realmente asombroso. Todos estos años había estado tratando de complacer a los demás. Nunca a si mismo. Dura revelación…

Continuó su terapia con unas sesiones de delegación. ¡Cuanto le dolió! ¡Cuanto daño detrás de esa falsa creencia! Pero sobrevivió al “nadie mejor que yo” y ¡oh casualidad! el mundo siguió girando.

PerfeccionistaBuscó lo auténtico, lo real. Dejó de interpretar para escuchar, de pensar para contemplar. Fue acallando su voz interior hasta parecer retraído, hasta inaccesible. Quien lo conoce sabe que no es así.

Para entonces ya había descubierto que sus pensamientos no eran más que su propio diálogo interno. Escuchó y no le gustó lo que oyó. Cambió su discurso y pasó del “las cosas son así” al “¿por qué no?”. Despidió al pesimista que en él habitaba, silenció su viejo fatalismo generacional y se tornó realista. ¡Hasta optimista en ocasiones!

Los planes se le acumulaban. Había tanto por hacer que no había tiempo para la angustia. Lo que antes importaba ya no le preocupaba. Nada era igual. Estaba lanzado.

Tiró su pesada mochila llena de preocupaciones, se olvidó del “que dirán” y empezó a correr. Y sigue corriendo…

Han pasado varios años. El niño que se hizo adulto demasiado pronto sigue teniendo sus momentos de duda. Pero le sobran retos y sobre todo garra e ilusión para afrontarlos.

Imagen │perfeccionismo, perfeccionista

RELACIONADOS