Reflexiones 


El peligro de la demagogia

Si sólo contemplamos un camino es que hemos sido vencidos por el odio.

Si sólo contemplamos un camino es que hemos sido vencidos por el odio.

Como animales surgidos a expensas de lo que la selección natural ha dispuesto con su taller de genes, respondemos a la llamada de la selva que aquél nómada cazador y recolector tiene marcada a fuego en lo más hondo de sus entrañas. El recubrimiento cultural que hemos recibido en forma de educación y esa “doma” continuada que se ha desarrollado entre meriendas con deberes y preceptos familiares, no han hecho más que ocultar la labor milenaria del ADN, expresada en adaptaciones al medio de cuerpo y mente.

Nos creemos superiores por el triunfo de la tecnología, esa creación artificial que desafía a Gaia en una especie de dominio del árbol de la sabiduría, como si pudiésemos prescindir de nuestra condición de ser parte del planeta. Este Homo tecnologicus de comienzos del siglo XXI vive, con frecuencia, de espaldas tanto al medio natural que lo rodea, al que sobreexplota sin piedad, como a su propio pasado.

No somos mejores que nuestros antepasados, ni siquiera actuamos de forma tan diferente como nos creemos a veces. Es habitual pasar por alto actitudes y formas de pensar que tienen mucho que ver con el desarrollo de regímenes totalitarios que han mostrado lo más abyecto de la especie humana. Creemos que los campos de exterminio, las persecuciones y las guerras son cosa del pasado, desatendiendo a lo que ocurre en otros rincones del mundo. Consideramos esas noticias de países lejanos como parte de un espectáculo informativo que no cesa  ni de día ni de noche; no llegamos a sentir esas muertes como propias en un alarde de insensibilidad tan inmisericorde como insultante.

Tampoco reparamos en que la guerra y el enfrentamiento son el resultado final de un largo proceso en el que el desencuentro ha sido la norma. El rearme se hace durante los periodos de paz y es en ellos en los que se alimenta a la fiera. Por eso me aterra asistir a las tertulias políticas que nos ofrecen a diario en radios y televisiones. No hay manera de parar ese derroche de insultos e ideas preconcebidas entre los partidarios de una y otra opción. Mientras tanto, los salvapatrias de un extremo y otro siembran las conciencias con el pensamiento simple, la demagogia y el encanto con el que pudieron llegar al poder sujetos de la catadura moral de Hitler, Mussolini, Stalin o Pol Pot.

Los dictadores son sólo la expresión de un pueblo que los apoya en un número suficiente para poder segar la vida de los que no están de acuerdo con ellos; son un bigote más o menos recogido, un puro ardiente en la boca, una mueca lanzada al viento y quién sabe si un tirabuzón entre los hombros. En política sólo hay algo peor que el bipartidismo y no es otra cosa que el monopartidismo de masas.

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