Especial Miguel Ángel, Patrimonio 


El Papa Julio II y Miguel Ángel, una relación complicada

La novela de Irving Stone ‘La agonía y el éxtasis’ (The Agony and the Ecstasy) cuenta cómo pudo ser la relación entre Miguel Ángel Buonarroti y uno de sus mecenas más importantes, el Papa Julio II. El libro fue llevado a la pantalla con dos grandes del cine en aquel momento: Rex Harrison daba vida a Julio II y Charlton Heston al inmortal Miguel Ángel. Una de las escenas más imborrables de la película, centrada en el trabajo del artista en la bóveda de la Sixtina, tiene por escenario dicha capilla. El Papa entra furioso, increpando a voz en grito a Miguel Ángel: ¿¡Cuándo terminarás!? El florentino, sin amilanarse, lanzaba desde su andamio la réplica: ¡¡Cuando acabe!!

Unos cinematográficos Miguel Ángel Buonarroti y  Julio II observan el resultado de la Capilla Sixtina.

Unos cinematográficos Miguel Ángel Buonarroti y Julio II observan el resultado de la Capilla Sixtina.

Si bien no deja de ser ficción, existe cierta verdad: las personalidades del pontífice y del artista eran tan fuertes que a menudo chocaron, desencadenando grandes desaires y peleas. Pero en el fondo ambos se admiraban profundamente.

Giuliano della Rovere, nombre que se esconde tras Julio II, fue conocido como el “Papa guerrero” dada su querencia por entrar en batalla. No heredó un trono papal tranquilo: en 1503 ascendía al solio tras Pío II (casi de transición, apenas duró un mes) y Alejandro VI, más conocido como Rodrigo Borgia. La animadversión que Giuliano sintió por los Borgia fue pública y notoria, teniendo que vivir exiliado la mayor parte del pontificado de éste. Los dispendios, las guerras a medio ganar y la dejadez en los prácticas cristianas fueron duras pruebas a batir para Julio II, que quiso deshacer todo esto durante su gobierno a base de estabilidad y no pocas batallas.

Retrato del Papa Julio II, tradicionalmente atribuido a Rafael.

Retrato del Papa Julio II, tradicionalmente atribuido a Rafael.

El año clave fue 1503, cuando el Papa reclama a Miguel Ángel, entonces un afamado escultor en Florencia. Lo acoge con un gran encargo: su propia tumba, que situaría en el nuevo San Pedro. Julio II había ordenado algo bastante insólito, como es demoler la antigua basílica y construir una nueva, acorde con los nuevos tiempos. Con el tiempo, esta iniciativa acabaría siendo fatal para el mausoleo, el cual se demoró y demoró a instancias de todos los proyectos que rodeaban al pontífice. No solo encargó a Bramante el nuevo templo, sino que Rafael Sanzio, una estrella en el ámbito artístico romano, fue elegido para decorar las nuevas estancias papales, pues Julio II no deseaba utilizar las antiguas, habitadas por el Papa Borgia y decoradas a su “pagano” gusto.

Con todo el mármol adquirido, el Papa dio muestras de no estar interesado en continuar con el mausoleo y Miguel Ángel estalló iracundo, abandonando Roma en 1506  para irse a Florencia, desde donde solo prometía salir “si era para terminar la tumba del Papa, o antes haré la mía”. No volvería a la ciudad papal hasta 1508, cuando se le encarga la decoración de la bóveda de la Capilla Sixtina. Curiosamente, el Papa que había iniciado el programa artístico había sido Sixto IV, tío de Julio II, allá en 1480.

Durante tiempo se creyó que Bramante, deseoso de ver fracasar al artista, había sugerido al Papa el encargo de los frescos de la Sixtina, técnica que Miguel Ángel no dominaba. En realidad, la idea de requerir al florentino salió del propio pontífice, el cual, tras el desaire del artista, meditaba darle la oportunidad de participar en el legado pictórico de la Sixtina.

Detalle del Moisés.

Detalle del Moisés.

Nadie entiende hoy, viendo los frescos de la capilla, que Miguel Ángel se considerase mal pintor. Lo cierto es que no se sentía inferior en esa disciplina, pero su verdadera pasión era la escultura, por la que vivía y disfrutaba. De ahí que el fracaso del proyecto funerario de Julio II lo atormentase toda la vida. Muerto Julio II en 1513, la tumba se pospuso y no fue terminada hasta 1542. El colosal diseño inicial se había reducido así como la elección del destino, la iglesia de San Pietro in Vincoli (San Pedro encadenado). De la mano miguelangelesca solo son tres estatuas: Raquel, Lía y el célebre Moisés. No hay palabras para describir la gran técnica escultórica que exhibe. Alejado de la vorágine turística de Roma, todo visitante debería destinar un momento de su viaje a dialogar, silenciosamente, con el rostro terrible de Moisés.

A la postre la relación entre Julio II y Miguel Ángel, salpicada de arrebatos de orgullo y de ira, propios de dos caracteres muy marcados, legó a la humanidad obras artísticas de un atractivo incalculable, que ilustran uno de los episodios más sugestivos de la Historia de Occidente.

 

Vía| FORCELLINO, Antonio. Michelangelo. Una vita inquieta, Laterza, 2008.

Imagen| JulioII, El tormento y el éxtasisMoisés

En QAH| La tumba de Julio II, tragedia miguelangelesca; ¿Qué nos cuenta la Capilla Sixtina?

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