Historia 


El ojo de cristal está sobre la mesa (= ¡Pendlebury se ha echado al monte!)

Valiéndome de un viaje de estudios arqueológicos como pretexto, volví a Creta en busca de un héroe. John Devitt Stringfellow Pendlebury fue uno de los personajes más interesantes de toda la Historia del siglo XX. Con él se rompió el molde. La realidad de este romántico personaje novelesco -de capa y espada, ya verán- supera cualquier ficción literaria. Atleta, cómico, arqueólogo, guerrillero y mártir, no podía tener otra nacionalidad que la inglesa y el que suscribe es capaz de ahorrar todo un año para acudir ante su tumba y libarle un buen lingotazo de Scotch (y alguna que otra lagrimilla).

Imogen Grundon, su principal biógrafa, afirma que cuando los nazis conquistaron Creta en mayo de 1941, acudieron a tomar posesión del vice-consulado británico en Heraklion. Allí se sorprendieron al ver en la pared -en un lugar de honor junto al protocolario retrato de Su Majestad- la fotografía de un súbdito de la pérfida Albión vestido como un anacrónico lord Byron. Extrañado, un oficial de las SS preguntó: -¿Quién es ese inglés?

John Pendlebury nació en Londres el 12 de octubre de 1904. A los dos años de edad, en un accidente, perdió el ojo izquierdo y desde ese momento comenzó a usar uno de cristal. Hijo de buena familia, nuestro homenajeado recibió la mejor formación de la época y una vez alcanzada la pubertad leía con soltura a los clásicos en su lengua original.

El joven Johnny, a sus 13 años, ya apuntaba unas maneras muy prometedoras…

El joven Johnny, a sus 13 años, ya apuntaba unas maneras muy prometedoras…

 

En Cambridge estudió arqueología, la cual alternaba con lecciones de teatro y, sobre todo, practicando atletismo de élite. A sus 15 años ya había batido un record de salto y compitiendo en la universidad se hizo íntimo de dos futuros campeones olímpicos -los protagonistas de Carros de fuego-, Harold Abrahams y lord Burghley, al que en una ocasión llegó a pasar por la derecha.

La educación superior también trajo los viajes a Grecia y Egipto, las dos pasiones entre las que se debatía. En 1927 recibió una beca para estudiar en la Escuela Británica de Atenas. Sería allí donde el bien parecido conocería a otra arqueóloga que terminaría siendo su esposa Hilda, 13 años mayor que él pero de mucha menor altura: John tenía talla de gigante. Juntos siguieron viajando por la Hélade, aunque sin lugar a duda su periplo más importante fue la que les condujo a Creta. En la isla visitaron el palacio de Minos y conocieron a su legendario excavador, sir Arthur Evans. A partir de ese momento la vida de Pendlebury quedó por siempre ligada a la patria chica de Zeus. No obstante, su otro amor, Egipto, seguía en su mente y en 1928 acudió al país de las ‘dos tierras’ para continuar formándose en las excavaciones que H. Frankfort estaba realizando en Ajetatón, la antigua capital del faraón hereje. Su energía, resolución y ansias de conocimiento debieron sorprender tanto en el mundillo que con sólo 25 años (!) ‘el Tuerto’ Pendlebury tomó la alternativa comenzando a dirigir simultáneamente todos los trabajos que se realizaban en Knossós y Tell el-Amarna. Afortunado, había conseguido dedicarse a sus dos querencias y éstas las alternaría en las épocas más propicias del año. Fruto de ambos quehaceres sobre la Edad del Bronce fue el simbiótico libro Aegyptiaca: a catalogue of Egyptian objects in the Aegean area (Cambridge, 1930).

Pendlebury, engalanado con un auténtico pectoral egipcio, posa componiendo una desafiante imagen de faraónico hieratismo durante sus labores en Ajetatón en torno a 1930.  Teniendo en cuenta el yacimiento donde fue encontrado (y dejando volar la mucho imaginación), pudiéramos pensar que esta joya, otrora, pudiera haber pertenecido a Nefertiti, con la que el arqueólogo -en el famoso busto de Berlín- también compartía la carencia ocular.

Pendlebury, engalanado con un auténtico pectoral egipcio, posa componiendo una desafiante imagen de faraónico hieratismo durante sus labores en Ajetatón en torno a 1930. Teniendo en cuenta el yacimiento donde fue encontrado (y dejando volar la mucho imaginación), querríamos pensar que esta joya, otrora, pudiera haber pertenecido a la reina Nefertiti, con la que el arqueólogo -en el famoso busto de Berlín- también compartía la carencia ocular.

En el siguiente video -enternecedor y nostálgico- se ve el jocoso ambiente que se vivía en el curso de las excavaciones dirigidas por John en el Alto Egipto (obsérvese que su pasión por el atletismo –yalla, yalla!- también fue importada).

Durante varios años ostentó el mando de estos dos grandes emplazamientos arqueológicos. Gracias a su desbordante vitalidad, a orillas del Nilo también sacó tiempo de aprender el tahtib -un forma de arte marcial con bastones practicada desde el Imperio Antiguo que a la postre le sería muy útil-, y en Creta, instalado con su mujer en la fantástica Villa Ariadna, de publicar el Handbook to the palace of Minos at Knossos, with its dependencies y la Guide to the Stratigraphical Museum in the Palace at Knossos, ambos en Londres durante 1933.

Sin embargo, Pendlebury era un espíritu demasiado libre para apoltronarse en algo demasiado tiempo. Su padre le había sugerido que volviese a casa y buscara una cátedra donde impartir clases (antes, las cosas eran así…). Le contestó que no estaba interesado en la vida académica. También declinó el ofrecimiento de un puesto en el Museo Egipcio del Cairo aduciendo que no quería un trabajo fijo. John era, lo que hoy llamaríamos, un freelance de la arqueología. Siguió viajando por Oriente pero sobre todo sería en Creta donde realizaría más kilómetros. Durante varios años recorrió a pie los predios de Minos, llegando a conocerlos piedra por piedra. Precisamente su mayor legado a la disciplina fue una suerte de guía profesional –The Archeology of Crete. An introduction (London, 1939)- en la que se daba constancia de unos 700 yacimientos desde el neolítico hasta la época romana. Para la redacción de este imprescindible libro tuvo que realizar largas y agotadoras marchas por las montañas. Durante este trabajo de campo vestía como los típicos pastores de la isla y con éstos, poco a poco, iría forjando un apasionado filohelenismo que a la postre le sería tan vital como…mortal.

Pero no queremos faltar a nuestros votos realizados al Diablo al que prometimos que en esta página nos dedicaríamos en exclusiva al horror. Ya es hora de volver a nuestro habitual negociado y, cómo no, escribir sobre la Guerra…Tras el desastre de Dunkerque, Pendlebury fue movilizado por los servicios de Inteligencia (el germen de lo que vendría a ser el famoso Special Operations Executive) dados sus conocimientos del terreno cretense y el manejo dialectal del idioma. Su caso no fue el único ya que otros arqueólogos y helenistas -N. Hammond, T. Dunbabin, D. Hunt, etc.- también serían reclutados para desarrollar determinados ‘servicios especiales’ en el teatro de operaciones del Egeo (¡para que luego digan que nuestra carrera no tiene salidas!). Tras un breve periodo de instrucción en un regimiento de caballería, fue enviado a la isla con el rango de capitán y la misión de ejercer como oficial enlace entre las fuerzas aliadas y las autoridades militares locales ante el inminente ataque que se preveía sobre Grecia. No obstante, como por aquel entonces este país aún mantenía una posición neutral con respecto a la guerra, de cara a la galería llegó a la isla en calidad de nuevo vice-cónsul británico en Heraklion. Bajo esta falsa tapadera diplomática, volvió a instalarse en la Villa Ariadna y la convirtió en su base de operaciones. Aquella mansión señorial que ordenó construir Evans como un remanso de erudición, pronto sería transformada en un auténtico nido de bandoleros en el que “de los aparadores caían rifles en lugar de escobas”.

Nuestro hombre practicando esgrima ante una de las puertas de la Villa Ariadna en Knossós.

Nuestro hombre practicando esgrima ante una de las puertas de la Villa Ariadna en Knossós.

En cuanto las fuerzas del enemigo comenzaron la invasión de Grecia, John se dejó de imposturas. Colgó el uniforme reglamentario y volvió a adoptar el look cretense -botas altas, bombachos, chaleco ajustado y capa bordada- con todos los complementos pertinentes -daga al cinto, cananas, rifle en bandolera-. Pero sin lugar a duda, el elemento más particular de su ya de por sí peculiar atrezzo, a parte del ojo de cristal, era su inseparable bastón estoque (¿alguien sabe cómo hacerse con uno?), el cual, si se lo pedían, siempre estaba dispuesto a desenfundar ufano y, al estilo del Zorro, trazar en el aire un rápido y mortal delineado antes de retornarlo a su vaina y sonreír bravucón. Todo el mundo coincide en que nuestro héroe tenía un gran sentido del humor.

Nuestro protagonista -a la derecha-, ataviado al uso típico cretense que tan byroniana presencia le confería…algo bastante inusual para un niño bien del Winchester College. El hombre que aparece a su lado, a pesar de su tamaño, quizá sea Kronis Vardakis, su fiel guardaespaldas.

Nuestro protagonista -a la derecha-, ataviado al uso típico cretense que tan byroniana presencia le confería…algo bastante inusual para un niño bien del Winchester College. El hombre que aparece a su lado, a pesar de su tamaño, quizá sea Kronis Vardakis, su fiel guardaespaldas.

Pendlebury, sabedor del gran valor estratégico que tenía la isla, estaba seguro de que ésta no iba a tardar en ser atacada (de hecho intuyó con acierto que la invasión provendría del aire). Así pues, comenzó a coordinarse con sus antiguos compañeros de prospección arqueológica para hacer frente a la llegada del enemigo, tejiendo -con el hilo de Ariadna- una red operativa que sentó las bases de lo que más tarde llegaría a ser la legendaria resistencia cretense. En ausencia de su V división, inmovilizada en el frente de Albania, John tenía la idea de ‘sustituirla’ por voluntarios a los que habría que armar, aunque aquello contraviniese la legislación internacional promulgada a este respecto. En Creta la guerra iba a requerir una buena dosis de metodología heterodoxa. Gracias a las amistades que realizó en su época de arqueólogo, era la persona ideal para dirigir la fuerza subversiva que combatiera a los nazis hasta su derrota. Los cretenses, que llevan en la sangre un arrojado espíritu de resistencia ante el invasor, tenían en su haber una larga tradición levantisca. En su día se enfrentaron a la Serenísima y, más recientemente, habían combatido a los turcos. De hecho, algunos kapetanios -los jefes de los clanes que constituirían el maquis neo minoico- lucharon contra los otomanos muchos años antes y ahora, con casi las mismas armas decimonónicas, se enrolaron para frenar la nueva incursión. Nuestro inglés formó a su alrededor un ejército de guerrilleros –andartes, en griego-, que “olían a sangre, matanza y ajo” y llegarían a ser conocidos como los “matones” o “gamberros de Pendlebury”. Este, ejerciendo como enlace, estableció una nueva base en el sagrado Ida y los coordinaba a través de sus bigotudos líderes, auténticos forajidos entre los que destacaba el mítico Antonis Grigorakis, cuyo nom de guerre era ‘Satanás’ -considerado casi inmortal por haber sobrevivido a tantos disparos- y al que también faltaba una parte del cuerpo, en este caso un dedo que él mismo se había volado de un tiro como método preventivo a su ludopatía con los dados. Canela fina.

Cuando nuestro inglés se iba a las montañas para unirse con sus irregulares y preparar el operativo que hiciese frente a la invasión, solía dejar su ojo de cristal sobre la mesa de la Villa Ariadna como indicativo para quien lo buscase de que estaba de maniobras con la guerrilla. En aquellos momentos de despoje protésico, solía cubrir su oquedad con un pirático parche negro, el cual suponía la guinda del pastel de su ya de por sí pintoresca mise en scène. El mítico Paddy Leigh Fermor, que también sirvió en el SOE donde conocería a Pendlebury, dijo que el look de nuestro protagonista le confería un aspecto de “maravilloso bucanero”. Lo cierto es que se le consideraba un cretense más y en aquel ambiente estaba “en su elemento“. Sin embargo, ante el imparable embate alemán, presentía -con más razón de fatalismo, él que tan bien podría encarnar el bello concepto de la leventeiá griega– que sus días iban a terminar en Creta arrogándose el honor de la ‘bella muerte’ de los clásicos. Un par de meses antes de su vil asesinato terminó con estas palabras la última carta a su esposa: “amor y adieu”.

El 20 de mayo de 1941 comenzó la invasión alemana de Creta, cuyo nombre en clave era Operación Merkur (un alarde imaginativo por parte de los planificadores nazis haciendo referencia al modo en que llegarían los incursores, o sea, volando). Pese al conocimiento previo que Ultra tenía de todo este despliegue, en lo concerniente a la isla todo se malinterpretó o no quiso verse y las potencias del Eje la ocuparían durante años perpetrando algunas atrocidades que aún a día de hoy fruncen muchos ceños. Precedidos por un fuerte bombardeo, miles de paracaidistas -los Fallschirmjäger, crème de la crème de las fuerzas de élite nazis- fueron lanzados con el objetivo de apoderarse de los principales aeródromos del Norte de Creta: Heraklion, Maleme y Rethymno. La salvaguarda de la isla ante el invasor corrió a cargo de los soldados de la Creforce. A estos se les unieron los milicianos y un gran número de población civil voluntaria –críos, mujeres, ancianos– armados como pudieron. Ante algunas descripciones de lo que les hicieron los cretenses a los Fritzies según caían del cielo o cuando eran capturados puede sentirse un déjà vu que retrotrae a los Desastres de la Guerra de Goya.

El día 21 se inició el asalto a la capital de la isla. La defensa de la llamada Puerta de La Canea -situada en Oeste de las recias murallas venecianas- corrió a cargo de Pendlebury y los andartes de Satanás. El combate fue numantino. Los irregulares vendieron muy cara su piel en torno a este acceso hasta el momento en que organizaron un repliegue estratégico hacia el interior de la ciudad para seguir batiéndose con los boches en el vericueto de callejas del casco viejo (¡me imagino al ‘Tuerto’ patentando el souvlaki de alemán mientras ensartaba nazis con su bastón estoque!).

Puerta de La Canea de las murallas de Heraklion. El arqueólogo inglés la defendería con arrojo y sería herido de gravedad en sus inmediaciones durante el 21 de mayo de 1941.

Puerta de La Canea de las murallas de Heraklion. El arqueólogo inglés la defendería con arrojo y sería herido de gravedad en sus inmediaciones durante el 21 de mayo de 1941.

A partir de este momento, las versiones que circulan sobre la muerte del inglés son variadas e incluso contradictorias…Parece ser que, a la caída de la tarde, decidió a abandonar Heraklion por considerarla perdida. Su idea era dirigirse a la base guerrillera de Krousonas en el Ida para organizar desde allí la resistencia. Saliendo de la ciudad por la misma puerta que había defendido por la mañana recibió varios disparos. Se le trasladó a una casa donde fue atendido por un par de mujeres y dos médicos alemanes (no queda claro si a punta de pistola…). Postrado en una cama y vestido como un cretense, fue descubierto por otros teutones la mañana del día 22 de mayo de 1941. Al no poder demostrar que no era un guerrillero sino un oficial británico -le habían quitado el uniforme por estar ensangrentado-, fue arrastrado a la calle, apoyado contra una pared y fusilado. Fin del capitán ‘Pendleburg’, como le llamaban sus asesinos. Sólo tenía 36 años.

Lógicamente la muerte de un personaje de este calibre no puede menos que estar coloreada de leyenda, o tratándose de Grecia, de haber devenido en un mito para ser cantado en melancólicas mantinades a la luz de una hoguera en el Psiloritis mientras corre el raki por doquier. Se cuenta que al poco de fallecer fue inhumado en el arrabal de Kaminia, en las inmediaciones de la puerta de La Canea, cerca del lugar donde fue ejecutado. Más tarde, se supone que los nazis lo desenterraron para cerciorase de que el excéntrico hombre con un ojo de cristal estaba realmente muerto. Según la misma hagiografía, Hitler no pudo descansar -se le atribuyen espeluznantes pesadillas– hasta que la prótesis del temible y byroniano ‘Lawrence de Creta’ no estuvo en su escritorio como un trofeo de guerra.

La ausencia de tan carismática figura fue un hándicap para la causa aliada durante un tiempo. Sin John faltaba algo. Era ese tipo de personas que en torno a su magnética presencia uno se hacía mejor. En Creta “todo el mundo confiaba en él, lo reverenciaba y amaba”. Nunca le faltaron flores. Su apellido, pronunciado como “Pedeboor”, “Pembury” o “Penty Boory”, siempre será sinónimo del más temerario valor y sacrificio por la Libertad. En el país de los griegos ‘el Tuerto‘ es el rey.

Placa de la calle ‘Petlebouri’ en el exterior de la Puerta de La Canea.  En ella puede leerse “Arqueólogo inglés muerto en la batalla de Creta”.

Placa de la calle ‘Petlebouri’ en el exterior de la Puerta de La Canea. En ella puede leerse “Arqueólogo inglés muerto en la batalla de Creta”.

Su final -adaptado al Egeo- y el resto de la batalla de Creta, parecen ser la materialización de algunas frases del archifamoso y emotivo discurso ‘We shall fight on the beaches‘ que pronunció W. Churchill el 4 de junio de 1940: “Llegaremos hasta el final, (…) defenderemos nuestra isla, al precio que sea, (…) lucharemos en los aeródromos, lucharemos en los campos y en las calles, lucharemos en las colinas, no nos rendiremos jamás, y si esta isla (…) o una parte importante de ella fueran sometidas y pasaran penurias, nuestro imperio allende los mares (…) continuará la lucha…” (¡algún día escribiré sobre Paddy, Moss y el secuestro del general Kreipe!)

El agujereado cadáver de esta figura mítica hoy yace en el Suda Bay War Cementery. En su lápida, orientada para la eternidad hacia el mar, como epitafio, se talló un elegíaco verso que Shelley escribió tras la muerte de Keats: “Se ha elevado sobre la penumbra de nuestra noche”. Allí acudí a conjurar su espíritu. En Creta basta con padecer un poco de romanticismo para sentir que ‘el Tuerto‘ sigue vivo. Confío en que, si llega el momento, vuelva a las Montañas Blancas cuando el pueblo entone el peán convocándose en Omalós…

Atention, Angela! The old soldiers never die…

Revalidando el merecimiento a que uno de nuestros múltiples alias sea “Escenas”, acudí a la tumba del ‘Tuerto’ para regalarla con whisky, ponerle una vela, hacer leer a un escocés el poema ‘In Flanders Fields’ y dejarle una amapola (il fiore del partigiano, morto per la libertà!).

Revalidando el merecimiento a que uno de nuestros alias sea “El Escenas”, acudí a su tumba para regalarla con whisky, ponerle una vela, hacer leer a un escocés el poema ‘In Flanders Fields’ y dejarle una amapola: “fiore del partigiano morto per la libertà!”

Vía| ANTÓN, J., “El arqueólogo que se enfrentó a los paracaidistas alemanes”, en Héroes, aventureros y cobardes, Barcelona, 2013. Págs. 149-152 (la versión on line de este artículo -a disposición del lector en la hemeroteca digital de El País bajo el título “El arrojado Lawrence de Creta. John Pendlebury, arqueólogo y soldado. El ojo de cristal y las pesadillas de Hitler”, publicada en la edición impresa del diario el 3 de agosto de 2003- contiene alguna información más que en el artículo del libro citado); BEEVOR, A., Creta, la batalla y la resistencia, Barcelona, 2002 (1991); HAMMOND, D., DUNBABIN, T., John Pendlebury in Crete, Cambridge, 1948; LEIGH FERMOR, P., (COOPER, A. [Ed.],) “John Pendlebury” 20 deen Words of Mercury, London, 2003. Págs. 186-191; ELÍA, R. H., “John Pendlebury (1904-1941). El enamorado de Creta”, en BIZANTION NEA HELLÁS, nº 33, 2014. Págs. 225-246; GRUNDON, I., The Rash Adventurer. A Life of John Pendlebury, London, 2007; POWELL, E. D., The Villa Ariadne, Athens, 2003 (1973); VV. AA., “The Uncrowned King of Crete”, The Trusty Servant (Pendlebury Supplement), 2014. Págs. 1-16. La traducción del discurso de Churchill está tomada de la web ‘La Segunda Guerra Mundial‘.

Más información| Dos fichas personales pueden consultarse en las webs del Winchester College y las Special Forces. En la página de la Commonwealth War Graves Commission se da a conocer la localización exacta de su tumba en el Suda Way War Cementery.

Imágenes| 1ª, 2ª y 3ª: GRUNDON, I., The Rash Adventurer. A Life of John Pendlebury, London, 2007. Págs. 105, portada y 110; 4ª: PANAGIOTAKIS, G., Crete. A History in pictures, Heraklion, 1993. Pág. 44; 5ª, 6ª y 7ª: Ángel Carlos Pérez Aguayo & CIA. (8 y 11-3-2015).

Video| Excavaciones de J. D. S. Pendlebury en Tell el-Amarna entre 1930 y 1933 (por cortesía del Lucy Gura Archive de la Egypt Exploration Society). Existe una segunda parte, pero es muchísimo menos emotiva…

RELACIONADOS