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El niño como imagen y realidad

Los niños crecen en una sociedad en la que, en algún momento, van a tener que tratar de resolver problemas de todo tipo (ambientales, económicos, familiares y sociales). Es por ello que a todos aquellos implicados en la tarea educativa de los niños (educadores, abuelos/as, madres, padres, cuidadores, vecinos, etc.), de una manera u otra, se nos plantea el desafío de brindarles la mejor educación, pues es la que posibilitará y acompañará en este camino a recorrer, permitiéndoles el ingreso al mundo de la cultura.

Sin embargo, antes de embarcarnos en la tarea educativa, debemos hacernos una pregunta como adultos: ¿cuál es la imagen de niño que tenemos? Todos los adultos, cualquiera sea la profesión que nos compete, tenemos una imagen de niño, cada una con su particularidad.

La historia nos han mostrado que no hay una sola concepción de infancia; ésta ha cambiado a lo largo del tiempo. Cada uno de nosotros y cada sociedad crean su propia imagen del niño, lo que determina valores, el papel que la sociedad espera del niño y la definición de sus derechos (Alzate, 2003; Burshan, 2007). Esta imagen está ligada a las políticas y prácticas en la educación temprana. Por lo tanto, debemos hacernos algunas preguntas básicas que nos obliguen a reflexionar en la idea fundamental sobre la que nuestro sistema educativo y la sociedad están basados y que nos hacen actuar en consecuencia: ¿Quién es el niño? ¿Qué es la infancia? ¿Qué es una “buena” infancia? ¿Cómo aprenden los niños? ¿Cuál es la misión de la educación? (Burshan, 2007).

Imagen 1: Poema de Loris Malaguzzi sobre las diferentes maneras de expresión de los pequeños:
«Los cien lenguajes de los niños» (extraído de Martínez-Agut y Hernando, 2015)

La idea del niño (entendiendo esta palabra como niño y niña) que se extrae de los versos anteriores, es la de un niño con una pluralidad de códigos lingüísticos, que no se queda sólo en lo que ve, sino que va más allá. La idea de un niño que aprende a través de hechos reales. Loris Malaguzzi, fundador de las Escuelas de Reggio Emilia, describe una imagen de niño, basada en su competencia, su potencialidad y sus derechos. Imagen de niño potente, sensible en varios aspectos, pero, sobre todo abierto en sus sentidos, competente.

Tal y como mantiene Burshan (2007), hay muchas y posibles imágenes del niño, pero hay tres predominantes:

  • El niño como reproductor de conocimiento, identidad y cultura. Un envase vacío, que necesita ser “llenado” con conocimiento, habilidades y con los valores culturales que están ya determinados y listos para ser administrados, para llegar a convertirse en un recurso humano que es económica y socialmente productivo.
  • El niño como un ser inocente, una visión utópica de la infancia como algo que hay que proteger y cuidar para que no sea corrompido. El aprendizaje continúa siendo el proceso de transmisión y reproducción controlado, que se realiza en el aislamiento y donde la educación debe encargarse de controlar el qué y el cuándo para que el niño tenga una protección y continuidad en la formación que se considera apropiada.
  • El niño como un proceso de la naturaleza, determinado biológicamente y que sigue las reglas generales. Se considera al niño individualmente, sin mirar el contexto, pues sigue una sucesión uniforme de etapas biológicas que constituyen un sendero a la completa realización o un proceso en escalera hacia la madurez, donde la educación debe asegurarse de que ese proceso sucede de modo ordenado y medible para poder hacer los ajustes necesarios.

Estas imágenes personifican un niño como un sujeto aislado y fijo que se puede ver y puede ser tratado por separado de las relaciones y del contexto, como un ser débil, pasivo, incapaz y dependiente. Sin embargo, la propuesta de Malaguzzi es la del niño como un ser extraordinario, complejo e individual que existe a través de sus relaciones con los otros y siempre dentro de un contexto particular. Surge como co-constructor, desde el comienzo de su vida, de conocimiento, cultura y de su propia identidad; es entendido y reconocido como un miembro activo de la sociedad, que toma parte en la construcción y en la determinación de su vida, pero también en la vida de aquellos que se encuentran a su alrededor y en la sociedad en la que vive (Martínez-Agut y Hernando, 2015).

Es la imagen de un niño investigador que experimenta el mundo, que se siente parte de él desde el momento de nacer, lleno de curiosidad y de ganas de vivir. Un niño que nace con las capacidades y no necesita preguntar ni tener el permiso adulto para comenzar a aprender. Es un niño que está lleno del deseo y la habilidad de comunicarse desde el inicio de su vida, capaz de crear mapas para la orientación personal, social, cognitiva, afectiva y simbólica. Por todo esto, el niño reacciona en un sistema competente de habilidades, aprendiendo las estrategias y las maneras de organizar las relaciones (Carlina Rinaldi, en Burshan, 2007).

No hay, por lo tanto, una niñez natural o universal, ni un niño natural o universal verdaderamente, pero sí existen muchas infancias. Atendiendo a aquello que Malaguzzi indicaba, se trata de reconocer y valorar todas aquellas formas de expresión y comunicación que tienen los niños y que la cultura ha olvidado y apartado (Martínez-Agut y Hernando, 2015).

El desarrollo del niño, como ya hemos mencionado, depende en gran medida de la interacción y reciprocidad del pequeño con su medio. Esta calidad, valora ante todo la calidad de los vínculos y los contextos. Es un aprendizaje relacional, que mezcla el saber individual y social con un profundo respeto entre niño y adulto, pues en el desarrollo infantil el educador es un co-creador del saber. Como dice Carla Rinaldi: El niño viene a este mundo a explorar, a investigar, a buscar el sentido de la vida. El educador, al acompañarlo en esa búsqueda, va encontrando su propio sentido de ser. Por lo tanto, una buena infancia sería aquella en la que el niño es reconocido y promovido, donde la educación y los adultos se encarguen de proporcionarles las mejores condiciones de aprendizaje posibles (Martínez-Agut y Hernando, 2015). La infancia es un camino donde el educador acompaña al niño, no le lleva.

En palabras de Loris Malaguzzi (Burshan, 2007), se trata de verlo “rico en potencial, fuerte, poderoso y competente”.

Vía|Alzate Piedrahita, M. V. (2003). La infancia: concepciones y perspectivas.

Burshan, S (2007) Reggio Emilia: construir con y para los niños. Altablero No. 41, JUNIO-AGOSTO 2007. Ministerio de Educación Nacional de Colombia. http://www.mineducacion.gov.co/1621/article-133936.html

Martínez-Agut, M. P., & Hernando, C. R. (2015). Escuelas Reggio Emilia y los 100 lenguajes del niño: experiencia en la formación de educadores infantiles. In Actas del XVIII Coloquio de Historia de la Educación: Arte, literatura y educación (pp. 139-151). Universitat de Vic-Universitat Central de Catalunya.

Imagen| Infancia

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