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El miedo a nivel cerebral

¿Quién no ha sentido miedo alguna vez? ¿Los truenos y relámpagos hacen que tu corazón vaya más rápido? ¿Te has sobresaltado en alguna ocasión? ¿Nos deja recuerdo una situación de terror?

La respuesta a todas estas preguntas las encontramos en el cerebro. Más concretamente en una región muy pequeña, del tamaño de una almendra, llamada amígdala. En la figura 1 se muestra su ubicación.

La amígdala es la porción del cerebro que controla las emociones, y dentro  de ellas, juega un papel fundamental en el miedo, el cual es necesario para la supervivencia del ser humano. Es heredado de nuestros antepasados. Sólo sobrevivían aquellos que reaccionaban de forma adecuada a las situaciones de peligro.

Cuando estamos ante un estímulo que puede ser peligroso, la amígdala se activa rápidamente y se producen cambios en los músculos faciales que muestran miedo, aumenta el ritmo cardíaco y se produce sudoración. Esto ocurre antes, incluso de que seamos conscientes de lo que ocurre. Una vez que la información pasa a la corteza visual, somos conscientes de lo que tenemos delante y somos capaces de actuar; quedarnos quietos o salir corriendo, en función de cuál sea el peligro.

En un artículo, Joseph LeDoux (neurocientífico) pone el ejemplo de estar en el campo y ver un palo alargado con forma de serpiente. Nuestra primera respuesta es quedarnos quietos y asustarnos, hasta que la información es nítida, procesada, y nos damos cuenta de que no es una serpiente, sino un simple palo. Entonces, nuestro cuerpo vuelve al estado de reposo, de tranquilidad.

Por otro lado, hay que destacar el condicionamiento del miedo, aprendemos a temer. En este proceso, además de la amígdala, interviene el hipocampo. Si vamos andando por la calle de noche y alguien nos atraca, el hipocampo creará la memoria explícita: todos los detalles (oscuridad, cara del agresor, la calle, etc.), mientras que la amígdala se encarga de la memoria implícita, es decir, la respuesta física (sudoración, pánico, latido del corazón, etc.) Todo esto hace que si un día volvemos a pasar por esa calle, sin darnos cuenta empezaremos a sudar, sufrir ansiedad y acelerar el latido del corazón. Y esto ocurre porque lo almacenamos en nuestro cerebro, y cualquier estímulo relacionado con aquella escena es capaz de activar el recuerdo.

El miedo no puede evitarse, y como decíamos al principio, es necesario para nuestra supervivencia,  pero sí puede ser controlado, apaciguando la ansiedad y los temores. Es lo que se presenta en el siguiente vídeo: Cómo se entrenan los soldados para hacer frente a su labor.


Lobulo frontal: Control del miedo por raulespert

Si el miedo nos provoca estas sensaciones de estrés y alerta  en el organismo, ¿por qué hay amantes de las actividades de riesgo o nos gusta ver una película de miedo con unas buenas palomitas? Esto se explica, porque en esos momentos de miedo, el cerebro es capaz de liberar dopamina, además de otros neurotransmisores, que produce una sensación de placer y euforia. Eso sí, cuando tenemos la certeza de que estamos a salvo y no ante un tiburón en mar abierto, donde la situación cambia.

Por lo tanto el miedo, mientras tengamos la amígadala y el hipotálamo en perfectas condiciones, es inevitable y necesario en ocasiones, aunque cuando nos hace daño, tenemos que aprender a controlarlo para poder superar ciertas situaciones que puedan limitarnos.

Vía| Elizabeth A. Phelps and Joseph E.Ledoux (2005) Contributions of the amígdala to emotion processing: from animal models to human behavior. 

Imagen| Amígdala

Vídeo| Dailymotion: Lóbulo frontal: control del miedo

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