Reflexiones 


El mejor, para enseñar

Hace algunos años, en una publicidad del Ministerio de Educación aparecía un eslogan muy llamativo: “Educar ¡Qué gran tarea!”. Efectivamente, dedicarse a esta noble profesión puede suponer para el que lo hace todo un desafío que no cese en ningún momento del día. Un profesor educa, o deseduca en el peor de los casos, con cada uno de sus gestos desde que entra por la puerta de la escuela o el instituto; incluso diría que en cualquier momento de su vida diaria si se encuentra con los alumnos fuera del colegio.

Esta sucesión ininterrumpida de leyes orgánicas sobre educación han supuesto un itinerario enrevesado y a veces maldito por el que docentes, alumnos y familias han tenido que viajar como el que efectúa una travesía por el desierto hacia ninguna parte. Se ha puesto el acento en aspectos teóricos que nos han hecho a los profesionales de la educación ponernos al día, aunque con más voluntad que convencimiento. Términos como competencias básicas, contenidos conceptuales, procedimentales y actitudinales, diseño curricular, autonomía del aprendizaje, programas de refuerzo, conocimientos propedéuticos y otros “palabros”, han usurpado el lenguaje dentro de la enseñanza pero no han contribuido mucho a solucionar sus problemas. Nos hemos adaptado como hemos podido, con un afán, muchas veces de supervivencia, que se ha tenido que interponer ante una sociedad cambiante y no siempre consciente de la corresponsabilidad que le concierne en este trascendental asunto.

A mi juicio hay un elemento fundamental en todo el proceso de formación de nuestros niños y jóvenes que no es otro que el profesor, esa figura, a menudo denigrada y minusvalorada, no siempre convencido de su trabajo y no exento de una parte alícuota de culpa del desastre que arrojan la estadísticas de PISA. En nuestro país, ser profesor ha sido sinónimo de estabilidad laboral, amplios periodos vacacionales y cierto nivel intelectual. Recuerdo cuando era niño como muchas madres querían que su hijo fuera maestro de escuela para tener arreglada su vida para siempre.

La tarea del profesor sería como la de unos prismáticos, que acercan el conocimiento de la realidad que nos rodea.

El foco de atención puede situarse en muchos sitios. Ser profesor supone ofrecer direcciones hacia donde mirar para que cada uno descubra por sí mismo qué camino es el más adecuado.

La otra cara de la moneda no se ve hasta que no se salta al ruedo con treinta alumnos delante a los que hay que llevar de la mano en su proceso de educación y aprendizaje; entonces comienzan a desfilar uno a uno los obstáculos: desgana, apatía, falta de coherencia entre los componentes de la comunidad educativa y del propio equipo docente, burocracia sin fin y a menudo sin sentido y sobre todo lucha a brazo partido por mantener el principio de autoridad que debe regir todo este camino por las aulas. Ciertamente, se trata de un trabajo para titanes requiriéndose altas dosis de vocación, convencimiento, paciencia, iniciativa, empatía, abnegación y liderazgo ¿algo que ver con lo que normalmente se piensa? Y por otra parte ¿es un perfil fácil de seleccionar mediante un concurso oposición tras estudiar un grado universitario?

Hoy en día, nuestros mejores expedientes están en los estudios de medicina, odontología, ingeniería biomédica o fisioterapia y podemos contemplar qué grado de reconocimiento tienen estos licenciados en el extranjero cuando van a trabajar allí. De esta situación podemos derivar una conclusión: a los mejores estudiantes no les interesa la docencia sino otros desafíos relacionados con el mundo sanitario. En esos trabajos se gana más dinero pero también se trabajan más horas, hay menos vacaciones y existe más estrés.

Nada nos asegura que si los mejores se dedicaran a la educación, ésta conseguiría remontar el vuelo, pero es una opción que nunca se contempla. Escoger de otra forma el tipo de profesor podría resultar clave para dar un salto de calidad, como ocurre en nuestra soñada Finlandia. Allí no hace falta estar modificando las leyes a golpe de cambios de gobierno, ni  reinventar el vocabulario con cada desarrollo normativo; ellos, aplicando ciertos criterios de excelencia en el acceso han conseguido ser un referente mundial.

Imagen| Julián Mª Cano Villanueva

En QAH| Claves del éxito del sistema educativo finlandés, El sistema educativo español: la dolencia de la nación, ¿Es requisito básico la innovación del profesorado?

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