Historia 


El llanto de Julia Domna

Los dos hijos de Septimio Severo (emperador entre 193-211) fueron dos personajes antagónicos. Desde antes de la muerte de su padre estaban enfrentados y con deseos de eliminarse uno al otro. Dichas ansias estuvieron frenadas por una persona que tenía un vínculo muy especial entre ellos, su madre: Julia Domna. Ella fue la que protagonizó uno de los momentos más entrañables de la historia de Roma.

La esposa del difunto emperador fue un personaje capital en la vida de los dos herederos. Ella evitó más de una vez que se rebanasen el cuello mutuamente, sobretodo el que mencionaremos. A pesar de todo, el aborrecimiento entre hermanos fue más fuerte que el amor materno. En la niñez, se cuenta un episodio entre los dos hermanos que seguramente sería un buen antecedente para el futuro que aguardaba.

Dusto de Caracalla. Su mirada nos adelanta la adustez de su carácter

Dusto de Caracalla. Su mirada nos adelanta la adustez de su carácter.

Juntamente con sus más allegados, Septimio Severo rumiaba la eliminación de unos cuantos ciudadanos contrarios a sus políticas. El pequeño Marco Aurelio Antonio Basiano (Caracalla), demostrando su sed de sangre, reforzó la idea de su padre. Manifestó que también se debía acabar con la vida de los hijos para eliminar posibles venganzas futuras. Llegados a tal espiral de violencia teórica, habló el hermano menor. Geta se interesó por el número total de condenados, preguntando por sus padres y demás parientes. Al conocer la contestación de su padre volvió a hablar el pequeño: “será superior el número de ciudadanos que se entristezcan por nuestra victoria, que el que se alegre por ella”. Caracalla se encaró con su hermano y Geta replicó, augurando el negro porvenir: “¿Tú que no perdonas a nadie, serás capaz de asesinar también a tu hermano?”.

Caracalla y Geta, junto con Julia, regresaron rápidamente a Roma después de la muerte de Severo. Había fallecido en Eburacum (actual York, Inglaterra). Durante el trayecto, entre los miembros del séquito imperial, se palpó la poca sintonía que sentían el uno por el otro. A medida que se acercaban a Roma, se materializaron los desacuerdos entre ellos. Ya en la urbs, la única medida que acordaron ¡sin ningún reproche! consistió en la división del palacio imperial. Terminada la ceremonia de entrada en Roma, sellaron todas los accesos interiores comunes del palacio, transformándolo en dos residencias totalmente independientes.

Una vez reestructuradas las estancias palaciegas, se encargaron de nombrar a asistentes y guardias propios, evitando que fueran los mismos. Tampoco hubo ningún contacto entre los siervos de cada uno, no fuese cosa que se infiltraran al bando contrario. En público se les pudo ver en la conmemoración posterior a su padre y escasísimas veces más.

Denario de Geta.

Denario de Geta.

Un pequeño pasaje de la Historia de Herodiano nos sirve a la perfección para imaginar el ambiente vivido: “Después de deificar a su padre con estas honras fúnebres, los hijos volvieron a palacio. Pero a partir de entonces entre ellos no hubo más que peleas, odios e intrigas; cada uno lo intentaba todo para desembarazarse de su hermano y hacerse con el poder absoluto”.

En uno de sus múltiples enfrentamientos (la mayoría se ocasionaron por el nombramiento de cargos), finiquitaron la paciencia que les había mantenido tanto tiempo en el mismo lugar. Decidieron reunir a sus respectivos séquitos, a los consejeros de su padre y a su madre.

La inusual reunión estribaba en remodelar el Imperio. De ninguna manera se podía seguir aguantando tanta presión por parte de los dos Augustos. La convocatoria serviría para distribuirse el territorio imperial. Caracalla se quedó con Europa y las provincias occidentales de África. Geta se adjudicó los territorios asiáticos y los que quedaban en el oriente africano.

En la estancia solo hablaban los dos hermanos, los demás asistentes estaban cabizbajos y abatidos cuando ya se discutían los pormenores imperiales. Una afligida Julia Domna interrumpió la escena. Su llanto inundó todo el aposento. La atención recayó en la madre de los emperadores. Sus palabras fueron de total conmoción.

“Habéis hallado, hijos míos, el medio de repartir la tierra y el mar, y es cierto que el Ponto separa los continentes. ¿Pero cómo ibais a repartir a vuestra madre? ¿Y cómo, mísera de mí, sería partida y distribuida a cada uno de vosotros? Matadme, como es natural, primero, y que cada uno separe su parte y la entierre en su territorio. Así, también yo sería repartida entre vosotros, lo mismo que la tierra y el mar”.

El conmovedor momento concluyó con un abrazo entre madre e hijos. Un hijo en cada brazo, no hubo ningún agrupamiento. El emotivo gesto terminó la reunión y todos abandonaron el lugar. Caracalla y Geta, por un instante, estuvieron otra vez de acuerdo, gracias a la intervención materna.

Denario de Julia Domna cuando era Augusta.

Denario de Julia Domna cuando era Augusta.

Sin embargo, el sobrecogedor momento resultó ser un pequeño cese de la tempestad.  El inmenso mar de odio en que se encontraban los dos hermanos continuaba latente. La crónica de Herodiano no detalla como transcurrió la muerte de Geta a manos de los secuaces de su hermano (se ha perdido el fragmento) y la Historia Augusta menciona brevemente que Caracalla ordenó la muerte a su hermano, en defensa propia.

Aversiones semejantes, raramente finalizan óptimamente para ambas partes. Sobretodo cuando convergen dos espíritus tan opuestos como los de Geta y Caracalla. No obstante, el episodio de Julia Domna retardó lo inevitable, de una manera más que entrañable, curiosa y merecedora de ser recordada.

Vía| AA.VV, Historia Augusta, Akal, Madrid, 1989; HERODIANO, Historia del Imperio Romano después de Marco Aurelio, Gredos, Madrid, 1985.

Imágenes|  Caracalla, moneda de Julia Domna, moneda Geta

En QAH: Arqueología de Jesús de Nazaret: su muerte

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