Política 


El liderazgo político en la época del tuit

En muchas profesiones, es fundamental para progresar y ascender en la carrera profesional, pero, más que en ninguna otra, en la política el liderazgo es una cualidad irrenunciable. Un político sin un liderazgo firme y convincente para el pueblo nunca conseguirá o, a lo sumo, mantendrá la representación de éste. ¿Cuáles son las características principales de un liderazgo efectivo?

En realidad, no sólo existen tipos, sino también estilos de liderazgo. Incluso su propia definición de liderazgo presume de varias acepciones. Sin embargo, si las cualidades del liderazgo, sólo en su tipo político, pueden ser muchas y no hay unanimidad respecto de cuáles resultan más útiles, el liderazgo político del siglo XXI goza incluso de consideración propia.

Precisamente a efectos de concretar el marco de esa última definición, Diego Crescente, en un artículo para La Razón en 2015 ¿Cómo ser un líder político en el SXXI?, afirmaba que las cualidades del político de nuestros tiempos debían ser la credibilidad, la firmeza, la autoridad, la honestidad, la convicción y la empatía. Ponía a Obama como ejemplo de credibilidad, por su exitoso mensaje “Yes, we can!”, que convenció a los americanos de que todo era posible; a Churchill de firmeza contra la barbarie de sus tiempos; a Giuliani de autoridad, como cualidad positiva por oposición al caudillismo; a Schuman de honestidad, por su propuesta de esfuerzo y sacrificio para la construcción de la Unión Europea; a Gandhi por su convicción y, en particular, por la grandeza de su autoridad moral; y a Kennedy por su empatía.

Estos liderazgos son históricos y su contribución al bienestar común, incalculable. ¿Existen o existirán líderes así en el mundo? Esperemos que sí, pues es cosa urgente. Mas no me resisto a decir que es altamente improbable porque, amén de las tradicionales, estos tiempos adolecen de una complejidad añadida: la incansable y atenta vigilancia de los medios de comunicación y de la ciudadanía.

Aprovechando la mención a Churchill, que es mi político favorito, usaré dos de sus decenas de famosas citas para explicarme: “La democracia es la peor forma de gobierno, a excepción de todas las demás” y “el mejor argumento en contra de la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio”. ¿Por qué a un político de la experiencia y el talante de Winston Churchill la vida le llevó a esas dos precisas conclusiones?

En la primera, afirma que la democracia es imperfecta y, en la segunda, nos explica por qué. Nadie duda de que la libertad de expresión y el sufragio universal (entre muchos otros) son elementos sin los cuales no se concibe la democracia, pero no debemos por ello ignorar sus deficiencias y que, en términos peligrosamente escuetos, se resumen en que no todos tenemos el mismo conocimiento sobre todas las cosas y, por tanto, que no toda opinión vale en realidad lo mismo (pese a que, necesariamente, a menudo hayamos de valorarlo así).

El enigma hace años anticipado por Sir Winston adquiere mayores dimensiones hoy, como consecuencia de la proliferación de las redes sociales y la estandarización de Internet: ahora todo el mundo tiene voz y voto; todo el mundo opina, juzga y sanciona. Y eso tiene como resultado que el control del poder por parte de la ciudadanía es más directo e inmediato, de lo cual se extraen, a mi juicio y a los efectos del tema que se expone en este post, dos conclusiones: una positiva, en el sentido de que ese control incentiva un mejor uso de los instrumentos y las instituciones del Estado por parte del poder político, y una negativa, en la medida en que ese -quizás excesivo- control dificulta al político ejercer un liderazgo efectivo y, a la postre, frustra su función de representatividad democrática.

Sin perjuicio de que, insisto, estoy convencido de que es mejor que el sistema funcione así, no debe olvidarse que el liderazgo, como decía al principio de este post, es en política absolutamente imprescindible para alcanzar los fines a los que ésta sirve. Pero ser un líder político requiere ser capaz de tomar decisiones difíciles y desagradecidas, muchas de las cuales pueden llevar o llevan al votante medio, si este ignora la debida reflexión y tiene el tweet al alcance de la mano (literalmente), a incendiar continuamente las redes sociales. Luego ¿cómo ejercer un liderazgo fuerte, sin caer nunca en populismos, cuando uno está continuamente sometido al escrutinio voraz e impío del pueblo?

Quizás la solución no esté tanto en el liderazgo como en un ejercicio sano, maduro y racional de ese control. O quizás sea que nuestros líderes simplemente carecen de las seis cualidades que mencionaba al principio y, por ello, no terminan de convencer al pueblo.

 

* Vía| ¿Cómo ser un líder en el SXXI? La Razón 24/0572015
* Primera imagen| Wikipedia
* Segunda imagen| Organización Víctor Ángel Karo

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