Historia 


El Islam Clásico: de Mahoma al fin de la Dinastía Abasí (II)

En la primera parte de esta serie que aborda el origen y desarrollo de lo que conocemos como el Islam clásico, la civilización surgida en la Península Arábiga, nos centramos en conocer el contexto geopolítico que posibilitó el nacimiento de esta nueva estructura política que a su vez quedaba aglutinada por una nueva religión, el Islam. La nueva religión predicada por Mahoma se convirtió en el fermento perfecto de la sociedad árabe, en un primer momento, para ir extendiéndose paulatinamente hasta dominar gran parte de la cuenca del Mediterráneo. En la anterior entrada recorrimos una primera etapa de conquistas territoriales protagonizadas por los sucesores del Profeta, los Califas Perfectos, que concluiría con la derrota y muerte de Alí, así como, la llegada de un nuevo clan, los Omeyas, encargados ahora de dirigir el rumbo de la civilización islámica.

Expansión del Islam

Expansión del Islam

El Califato Omeya se extiende desde el 661 al 750. Tras el asesinato de Alí, Muawiya se proclamó Califa e inició una serie de medidas que transformarían el Islam. Desde el punto de vista de la política interior, con los Omeyas el Islam se convirtió en una monarquía con capital en Damasco, lugar que aglutinaba el gobierno central, la cancillería y el servicio postal que ponía en comunicación al califa con los gobernadores de las distintas provincias. A su vez, el imperio islámico quedaba organizado en provincias al cargo de los ya mencionados gobernadores o walis. Por otra parte, se impuso en todo el territorio bajo dominio islámico la unidad monetaria fundamentada en el dinar de oro y el dírhem de plata y se estableció como idioma oficial el árabe. En lo que se refiere a la política exterior, se buscaba el dominio completo del Mediterráneo para, de este modo, controlar el comercio internacional. En este contexto se sitúan el ataque a Constantinopla en el 677, el dominio sobre Cartago y el resto del norte de África, la conquista de la Península Ibérica en el 711 o la invasión de Asia central y la cuenca del Indo. También sufrirán en su avance algunos reveses como la derrota frente al ejército de León III en el 718, el cual logra reconquistar el litoral de Asia Menor, o el frenazo en su avance y penetración en Francia con la derrota de Poitiers en el 732. Los fracasos en el continente europeo provocarán que se desplace el centro de gravedad del Islam hacia Asia, y esto, unido al bloque expansionista, a la impiedad omeya y a diversos conflictos internos y descontentos produjo el nacimiento de un movimiento de oposición, el movimiento abasí, que derrocó a la dinastía omeya en el 750.

Con la revolución abasí se inicia una nueva etapa dentro del Islam clásico, que en última instancia, llevará a su desintegración tal como lo habíamos conocido hasta el momento. Los primeros califas abasíes, Abul-Abbas y Al-Mansur asentaron su gobierno en la colaboración con los mawali, musulmanes no árabes, iraquíes e iranos, en una legitimidad a través de la vinculación directa con Mahoma y en el carácter religioso del nuevo califato. En sus inicios, el Califato Abasí tuvo que hacer frentes a algunas revueltas como la de los chiíes en el Jurasán, las revueltas jariyíes en Arabia, Iraq o el Magreb, lugar este donde la dinastía bereber rustemí se independizó o no pudo impedir la huída e instalación del último superviviente omeya, Abd al-Rahman en Al-Ándalus. A pesar de estos contratiempos en sus primeros momentos, el nuevo califato se encontraba firmemente consolidado bajo el gobierno de al-Raschid (786-809), momento en el cual se llega al cenit del islam Clásico. Sin embargo, a partir del 861, el asesinato de al Mtawakkil dará inicio a una época de crisis donde el poder califal se vio amenazado por las sucesivas minorías de edad, los distintos consejos de regencia, los continuos levantamientos en el Magreb, los gobernadores poco sumisos, la corrupción generalizada y la crisis económica. El poder califal que logró imponer su autoridad en la parte central del Imperio: Siria, Iraq, Persia, Arabia y Egipto, permitiendo ciertos niveles de autonomía en las áreas más alejadas.  Bajo los califas al-Mutamid y al-Muktafil se logró una restauración del poder político pero los recursos financieros decrecían e imposibilitaban sostener el coste y control de los mercenarios turcos y de la administración central. Desde el 908, el deterioro del poder califal se situó en un punto irreversible, las secesiones proliferaban bajo la forma de gobernadores militares que conformaban nuevas dinastías o con el triunfo de nuevas disidencias religiosas. En Siria, Bizancio logró recuperar territorios en Armenia, la alta Mesopotamia y Cilicia mientras que en el norte de África aparecía el movimiento fatimí, unificador de este territorio, basado en la legitimidad religiosa de los descendientes del Profeta y dando lugar al advenimiento del Califato Fatimí, al cual le siguió la proclamación y consolidación del Califato de Córdoba en la Península Ibérica. Mientras tanto, los califas abasíes se sucedieron en Bagdad controlando una amplia zona en torno a Bagdad y Samarra y bajo la protección de los emires buyeís hasta el 1055.

En el fin del Islam Clásico confluyeron numerosos elementos, a los mencionados a lo largo de la entrada debemos añadir como factor determinante la aparición en escena de los Selyúcidas, los cuales actuaban como una gran presión en la frontera noroeste del Imperio desde donde se extendieron e hicieron fuertes hasta hacerse con el poder gracias a su capacidad militar y administrativa, el control de la capital abasí y la reconquista de territorios bizantinos en Anatolia.

Vía| KINDER, H., HILGEMANN, W., Atlas Histórico Mundial I, Madrid, 20

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