Historia 


El Galeón Nuestra Señora de Atocha: La Historia de una Búsqueda (Parte II)

En los últimos meses hemos tratado temas como el Tesoro Arqueológico, pero ¿Qué ocurre cuando ese tesoro está bajo el mar? Esta es la historia de la búsqueda de una auténtica fortuna, de un inmenso tesoro, a bordo de un galeón español hundido por un huracán que se cobró la vida de 260 personas, pero no solo eso, sino que siglos después, su búsqueda costó la vida de cinco personas más. Las muertes marcaron una macabra coincidencia, 260 personas murieron a bordo del Atocha en 1622, pero cinco se salvaron milagrosamente. Siglos después el Atocha reclamó esas cinco vidas casi como si las hubiera negociado por aquellas que previamente les perdonó la vida. En términos históricos “la realidad del Atocha” era abominablemente clara para aquellos que estuvieron para siempre conectados con ella y con todo su tesoro. Esta es su historia…

 

Mel Fisher sostiene tesoros del Atocha

En 1969, 347 años después del huracán que llevó al naufragio del Atocha y sus buques gemelos, el cazatesoros norteamericano, Mel Fisher y su equipo, comenzaron su búsqueda en aguas del estado de Florida. En determinados círculos, el Atocha era conocido como “el galeón perdido” porque se había esfumado completamente; e incluso algunos pensaron que se trataba de una mera leyenda, que este nunca existió.

 

A finales de la década de los 60, todo el mundo creía que el Atocha se había hundido en algún lugar del centro de los Cayos de Florida; hecho que como se vería después era completamente falso y erróneo, pero que tuvo en vilo a cazadores de tesoros (incluyendo a Mel Fisher) durante siglos. La procedencia de este dato estaba en la primera crónica del naufragio; los informes del comandante de la flota decían que los barcos se perdieron en los Cayos de Metacumbe en Florida; pero hoy conocemos dos Cayos de Metacumbe (alto y bajo). Mel Fisher y su equipo localizaron fácilmente estos informes en los archivos españoles, y corrieron para explorar el área.

 

Archivo General de Indias (Sevilla)

Durante un año, Fisher buscó por todas partes alrededor de los altos y bajos Cayos de Metacumbe. Pero mientras éste malgastaba una gran cantidad de dinero y esfuerzo por el Atocha en el lugar equivocado, el historiador Jean Lyon percibió la caza de tesoros desde un ángulo diferente; él fue a Sevilla (España) donde investigó en miles de documentos antiguos en el Archivo de Indias. Allí encontró dos pistas importantes que finalmente revelaron la ubicación del buque hundido.

 

Después de varios meses de investigación, Lyon, había leído suficientes documentos para deducir que la palabra en español “Metacumbe” como era usada en 1622 se refería a todos los Cayos de Florida y no solo a la isla central de hoy en día. Esta fue la primera pista; luego Lyon encontró una segunda, encontró documentos acerca del rescate del Santa Margarita, y entre ellos, al final había un papel dañado por los insectos, escrito en 1626 por un experto cubano en salvamento quien localizó y rescató alguno de los tesoros del buque gemelo del Atocha (Santa Margarita). Jean Lyon vio las palabras “Cayos del Marqués” y determinó que era allí donde trabajaba el recuperador.

 

Esta fue la gran pista y con ella Jean Lyon armó toda una historia: en días posteriores al desastre de 1622, un noble español con el título de Marqués de Cadareta ordenó una búsqueda inmediata para recuperar el tesoro del Atocha y sus buques gemelos. Cuando esta cuadrilla de recuperación llegó al lugar no tuvo problemas en localizar el Atocha porque su mástil desprendido sobresalía del agua. Pero el galeón estaba tan fuertemente reforzado con tablas que no pudieron romper su sellado, por lo que marcaron el lugar con una boya y regresaron a La Habana para aprovisionarse de herramientas adecuadas. Entonces, el destino intervino de nuevo y en el temprano octubre de 1622 un segundo huracán ultrajó el lugar, y cuando los españoles volvieron con sus pesadas herramientas, la boya no estaba y el Atocha se había desvanecido.

 

En la primavera de 1623, el Marqués emprendió un nuevo esfuerzo de recuperación al que él asistió personalmente. Durante su visita al lugar de salvamento, los españoles se mantuvieron en las playas arenosas de un atolón sin nombre localizado entre las Secas Tortugas y el Cayo Hueso de hoy día. Se supone que usaron esos cayos como campamento base, y obviamente le dieron su nombre a la isla “los Cayos del Marqués”. Esta fue la llave que abrió la puerta del tesoro del Atocha: los supervivientes del huracán no dijeron que el pecio se hallaban en los Cayos del Marqués dado que éstos todavía no tenían nombre; ellos dijeron “los metacumbes”.

 

El ancla del «Nuestra Señora de Atocha» expuesta en el Museo de La Peñona

Con este nuevo dato, Fisher empezó de nuevo la búsqueda en la ubicación proporcionada por Lyon, y en mayo de 1971, tras meses de búsqueda y más de 125.000 millas lineales registradas, los buzos hallaron un ancla de galeón del siglo XVII.  No había pruebas de que aquella ancla perteneciera al Atocha, podría haber sido soltada por cualquiera de los galeones de 1622 o por cualquier otro galeón. No había en ella ninguna marca distintiva pero Fisher estableció su localización como suelo 0 y comenzó a excavar. Durante dos años buscaron en ese punto, pero para 1973 aún no había pruebas de que hubieran encontrado el Atocha ni habían localizado ninguna cantidad considerable de tesoros, pero sí que encontraron valiosos artefactos: un extraño astrolabio de navegante, una cadena de oro, o una serie de bultos pequeños, las monedas de plata que se hicieron famosas en el mundo de los piratas como “piezas de a ocho”.

 

Dr. R. Duncan Mathewson

Las vasijas e instrumentos eran una cosa, pero cuando el equipo de Fisher encontró metal precioso los problemas comenzaron pues el gobierno federal reclamó su propiedad. Los ecologistas acusaron a Fisher de destruir el lugar del naufragio y éste fue el comienzo de una pesadilla legal sin fin. Para responder a las críticas, Fisher agregó un eslabón importante en el equipo de búsqueda, un arqueólogo formalmente entrenado pero quien irónicamente no tenía experiencia en buceo submarino, el actualmente Dr. R. Duncan Mathewson, hoy en día arqueólogo marino. De esta forma, la búsqueda de Fisher del Atocha se convirtió en algo más que una mera cacería de tesoros; sino que se convirtió en una cacería del conocimiento intelectual y valioso.

 

Tras la incorporación de Mathewson hicieron grandes progresos pues en la primavera de 1973 los buzos encontraron un bulto considerable de conglomerado negro, eran monedas de plata, miles y miles de ellas oxidadas por 350 años bajo el mar, y muchas estaban fundidas en bloques del tamaño de las cajas de madera que un día las portaron. El hallazgo era tan rico que lo llamaron “el banco de España”.

 

Monedas de plata españolas con la Ceca de Potosí

Las monedas acuñadas en Potosí eran literalmente cortadas en cuatro denominaciones: la unidad monetaria básica era el Real, también había monedas de dos Reales, cuatro Reales, y la moneda de ocho Reales que contenía una onza de plata. Esta última era la moneda más común. Todas las monedas eran marcadas con la cruz por un lado y con el escudo real por el otro lado; también se las fechaba, se las marcaba con una P (Ceca de Perú) y la inicial del ensayador. El escudo real cambiaba ligeramente de un rey a otro; cuando Felipe III murió en marzo de 1621 su hijo de apenas de 16 años asumió el trono como Felipe IV.

 

En Potosí los nuevos troqueles no habían sido usados en 1622; este hecho fue una pista importante, pues cuando los buzos de Fisher localizaron piezas de a ocho alrededor del ancla del galeón fueron cuidadosamente limpiados y estudiados. Algunos llevaban el escudo de Felipe IV pero ninguno era posterior a 1622. Los buzos también encontraron monedas estampadas con una P al revés y un escudo torcido.

 

Este hecho fue verdaderamente curioso. El equipo de Fisher notó que el responsable de la prueba de calidad usaba la inicial T como marca personal, a través de investigaciones en archivos llegaron a la conclusión de que su nombre era Juan Jiménez de Tapia y que trabajó en la Casa de la Moneda de Potosí entre 1619 y 1622; durante este período muchas de estas monedas eran inversiones, con el tiempo la historia revelaría que Tapia era disléxico, por lo que estas monedas eran verdaderamente raras, pero ¿eran estas monedas una verdadera prueba de que Fisher había encontrado el Atocha o alguno de sus buques gemelos?

 

Fuente| Documental “El Tesoro del Nuestra Señora de Atocha”, National Geographic

Imágenes| Mel Fisher sostiene tesoros del Atocha, Archivo General de Indias (Sevilla), El ancla del «Nuestra Señora de Atocha» expuesta en el Museo de La Peñona, R. Duncan Mathewson, Monedas de plata españolas con la Ceca de Potosí.

 

En Colaboración con QAH| Arqueogestión. Arqueología y Gestión Turística

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