Jurídico 


El fraude, la amnistía y la filantropía

De entre todas las medidas fiscales que los Presupuestos Generales del Estado para 2012 recogen, sin duda la que más polémica ha creado ha sido la amnistía fiscal.

No sin razón, la mayoría de los ciudadanos cumplidores con el fisco se llevan las manos a la cabeza al sentirse peor tratados que aquellos que han ocultado bienes y derechos  para evitar la contribución al sostenimiento del Estado.

De hecho, una de las consecuencias más negativas que se predican de este tipo de medidas es el efecto que puedan tener sobre el cumplimiento futuro de los individuos normalmente honestos.

Sin embargo,  para una mejor valoración de la norma adoptada por el Gobierno, empeñado en llamarla además “regularización extraordinaria”, creo que no viene de más reunir algunos datos sobre lo que significan las amnistías fiscales, su origen y su posible contenido.

La justificación de una medida de amnistía fiscal tiene su fundamento en el fraude fiscal. El fraude fiscal, resultado de una economía sumergida, produce efectos enormemente negativos en la eficiencia económica y lesiona el principio de equidad en el sostenimiento de los gastos públicos.

Tan antiguos son uno como el otro, fraude y amnistías, hasta el punto de que la primera noticia que se tiene de una medida de esta naturaleza la encontramos en la Piedra de Rosetta, que debe su existencia precisamente a la importancia de la norma que pretendía difundir, una amnistía concedida por Ptolomeo V.

¿Por qué una medida a priori tan injusta, no obstante, se utiliza para luchar contra el fraude fiscal? Porque produce los siguientes beneficios:

–          Incrementos recaudatorios inmediatos.

–          Mayores bases impositivas, al disminuir el volumen de economía no declarada, lo que aumentará también la recaudación a medio plazo y puede evitar la subida de tipos.

–          Facilitar transiciones a regímenes fiscales que exigen una ruptura y mejora de las anteriores relaciones entre administración tributaria y contribuyentes.

Sin embargo, no hay que subestimar los costes de la implementación de una amnistía. Además de la desmoralización de los contribuyentes cumplidores, las amnistías ponen de manifiesto una incapacidad de la administración fiscal de descubrir a sus evasores, lo que reduce la credibilidad del gobierno.  Si se utilizan con demasiada frecuencia, puede ocurrir que el efecto producido sea justo el contrario que el deseado, pues la confianza en una futura amnistía puede reducir el cumplimiento voluntario y aumentar el número de evasores fiscales.

Por estas razones, la experiencia en amnistías fiscales a lo largo de la historia económica demuestra que solo han tenido éxito aquellas que han sido percibidas por los ciudadanos como una situación extraordinaria, acompañada de un incremento de las sanciones tributarias una vez pasado el periodo de gracia, así como de medidas legales y organizativas para mejorar  la eficiencia de la administración tributaria.

¿Pero, en que consiste una amnistía fiscal ¿ Son todas iguales?

Lo único que comparten los innumerables programas de perdón fiscal conocidos es la reducción de las sanciones para los que se acojan a la medida.

La definición más habitualmente citada es la de Lerman, que entiende como amnistía “ la medida o conjunto de medidas con el fin de condonar penas o sanciones de carácter civil y criminal a los contribuyentes  que admitan voluntariamente no haber pagado la deuda impositiva correspondiente a impuestos de períodos precedentes y que ahora declaran por entero”.

A partir de ahí, se pueden añadir otros efectos beneficiosos para los arrepentidos:

–          Reducción del pasivo fiscal del contribuyente.

–          Reducción o supresión de los intereses de demora.

–          Minoración del tipo de gravamen.

Volviendo a Ptolomeo y su preocupación fiscal, sus recaudadores (escribas) tenían el encargo  de tratar a los contribuyentes de buena forma, y si alguien sufría demasiado bajo el peso de los impuestos debido a su situación económica, podían ser suspendidos de su obligación hasta que sus circunstancias mejorasen.

Era tan habitual esta práctica que gozaba de término específico, “philantropa”, origen de nuestra palabra “filantropía”.

Visto el contenido de la “regularización extraordinaria” que postula nuestro Gobierno, no se le puede más que tachar de gran “filántropo”.

Imagen| GACEM egara, El Mundo

En QAH| Billetes de alta denominación y fraude fiscal III y III

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