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El fenómeno fan puede degradar la calidad del producto

Tengo sobre mi piano una pareja de candelabros preciosos, de estilo antiguo, de madera tallada artesanalmente, barnizados y envejecidos de forma muy elegante. Fue un capricho que encontré estando de viaje, y ahora viéndolos sobre el instrumento me pregunto cuántos años de aprendizaje, cuántas horas de práctica para poder lograr tan bellos enseres. Sin embargo no se el nombre del artesano, no conozco nada de su vida, desconozco quién le enseño a trabajar de esta manera tan hermosa y por supuesto no suspiro por sus huesos ni gritaré despavorida si alguna vez le veo, ni llevaré ropa con su foto, ni me haré de un club de seguidores de este ebanista, simplemente he pagado por un trabajo artístico maravillosamente elaborado.

Es por esto que no comprendo por qué si no contemplamos las anteriores acciones con un artista de la madera, nos parece de lo más natural hacerlo con un músico.

Teatro Mariinsky

Teatro Mariinsky

Aunque mucha gente no esté de acuerdo conmigo, y posiblemente algunos artistas estén encantados con estas conductas, yo creo verdaderamente que cuando uno va a un concierto, al teatro, a un auditorio, no va a ver al artista, sino a disfrutar de su obra, a sentirla y a apreciarla, especialmente la música que es el lenguaje de las emociones, pero que en el momento que se cierra el telón, se ha acabado el servicio que presta el músico y por tanto lo más razonable es volver a nuestra rutina, lo que implica dejarlo descansar.

Veo cada día como se apelotonan grupos de todas las edades, no solo adolescentes, en las puertas de los teatros, auditorios y salas de conciertos cuando acaba la representación. Muchos intentan colarse en los camerinos y aprovechar sus influencias, tales como que son presidentes de los clubs de fans, o que son blogueros, etc. Unos esperan en la puerta de atrás o en el parking e incluso algunos llegan un par de horas antes para ver al intérprete antes de la actuación.

Para muchos defensores de este fenómeno, estas acciones se traduce en dinero, ya que este tipo de clientes no solo consumen entradas, sino también todo tipo de merchandising: camisetas, discos, gorras, pañuelos…

Me pregunto antes que nada si es una conducta sana ¿podríamos de hablar de obsesión por un artista?, ¿hasta qué punto?, ¿se sentirá el músico en cuestión acosado?

Pienso en una formación musical reglada de muchos años, de mucho ensayo y de mucho esfuerzo; pienso en una persona de gira, lejos de los suyos, dándolo todo en un escenario ante el calor de los focos, el atrezzo y el maquillaje, y cuando por fin llega la hora de descansar, en ese mismo instante hay que atender a todas estas personas para que sigan acudiendo y no se sientan decepcionadas u ofendidas.

Es entonces cuando creo que un buen artista no es el resultado de un merchandising y de una completa dedicación a su público, sino de una relación de respeto hacia éstos y un esmerado trabajo resultado de su esfuerzo.

Vía | Cinta Domínguez.

Imagen | Teatro Mariinksy

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