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El factor tiempo

Estuvo un rato ante el espejo viéndose sin mirarse y se preguntó sobre el origen de ese vago malestar de ánimo que le acompañaba desde hacía unos días. Después fijó los ojos sobre la imagen frente a sí con atención consciente. Vio a un hombre más envejecido de lo que solía, como si de golpe sus años hubieran tomado posesión del cuerpo que los había vivido. Era difícil localizar en dónde radicaba el cambio; ¿eran más profundas las líneas de su cara? ¿Se había acentuado el volumen en las bolsas que había bajo sus ojos? Las canas le acompañaban desde hacía tiempo sin que ello hubiera modificado demasiado su aspecto más o menos juvenil. Su espalda seguía siendo recta y sus andares ágiles, al menos bastante más que los de otros compañeros de su edad.

Pero las delgadas fronteras que hay entre la juventud y la adultez, entre la adultez y la ancianidad parecen estar, como el horizonte, siempre lejanas; y uno sin embargo las atraviesa en una noche, en un día, en un instante. Se dio cuenta de que durante años nada había parecido cambiar en su aspecto, y de golpe esa mañana le asaltaban todos los acontecimientos y el impacto de los meses y los años.

“Bueno”, se dijo; “¿y si envejezco, qué?” Siempre había sabido que el momento llegaría, que vivir es eso, y que en una vida larga, cada día es un regalo. No había pasado nunca las crisis de la edad. De hecho le habían hecho muchas veces la broma de que su autoestima era de cemento armado. ¿Qué sucedía ahora? ¿El hecho de verse más envejecido hacía tambalear una trayectoria de serenidad interior? ¿Todo había sido, pues, ficción? ¿Estaba atado a su imagen juvenil por hilos invisibles? ¿Quería, en el fondo, imitar a sus hijos recién salidos de la adolescencia?

Rumió una galleta con el café del desayuno. Una cosa era haber estado más o menos a gusto con uno mismo los largos años en que casi nada cambió, y otra cosa era acompañar con igual aprecio un “yo-soy-mi-cuerpo” en visible transformación. Sucedía como cuando la adolescencia, pero al revés: no era el desarrollo, sino el deterioro, quien asumía el protagonismo en su cuerpo y en su mente.

Pensó en los libros de autoayuda que en algún momento había leído con fruición sin demasiado fruto. Recordó los multicolores anuncios que llenaban su buzón anunciando centros de rejuvenecimiento, recuperación de la línea, cuidado de la piel y cirugía para reparar los estragos del tiempo. Varios compañeros y compañeras en la oficina habían optado por entrar en quirófano con tal de conservar a sus respectivas parejas o para elevar su autoestima. Él, en su interior, había considerado absurdo ese deseo de posponer inútilmente la llegada de la vejez y de parecer más jóvenes para sentirse dignos de ser amados. Y agradeció entonces, más conscientemente, el cariño incansable de su esposa y el aprecio sincero de su amigos más cercanos, que bromeaban con él sobre sus defectos más evidentes, haciéndoselos llevaderos y hasta divertidos.

Tenemos que reconciliarnos día a día con el espejo.

Tenemos que reconciliarnos día a día con el espejo.

Antes de cerrar la puerta de su casa tras de sí, camino del trabajo, se dio cuenta de que iniciaba una nueva fase de su vida. Una fase más exigente porque no tenía vuelta atrás. Era un nuevo desafío a su libertad: aceptar cada día ese nuevo “yo” que a la vez que maduraba, perdía algunas facultades. Tendría que reconciliarse diariamente con la imagen del espejo, no esquivar la mirada de ese otro yo que le hablaba sin rodeos. Este proceso le exigiría ir más adentro, excavar en su interior hasta encontrar las fuentes de agua de su ser para recuperar el verdor de un auténtico aprecio de sí mismo, sin esconderse ni maquillar la realidad.

En el autobús cedió su sitio a una anciana, que lo miró a los ojos con una sonrisa cómplice.

Vía| Leticia Soberón

Imagen| Factor tiempo, reconciliarnos con el espejo.

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