Especial II Guerra Mundial, Historia 


El expolio artístico nazi

Hitler y Göring: los ‘coleccionistas’

Que Hitler fue un apasionado de la pintura y la arquitectura es algo que probablemente todos conocemos. Sus intentos por entrar en la academia de bellas artes de Viena fueron tan vanos como la recomendación del rector de orientar sus estudios hacia la arquitectura a quien había abandonado los estudios de secundaria sin la obtención de un título. Pero pese al rechazo Hitler siguió pintando (de cuando en cuando sus cuadros aparecen en subasta atrayendo un interés que, a la vista está, no deriva de lo estético) y nunca abandonaría su interés por la obra de los grandes artistas.

Así, poco antes del estallido de la segunda guerra mundial, el ya por entonces Führer formaba una comisión de historiadores para crear, en la austriaca ciudad de Linz, un gran museo del que colgarían las obras de los más importantes artistas de la historia a excepción de aquellos que el régimen consideraba como degenerados. Y aunque el Führermuseum proyectado por el arquitecto Albert Speer nunca llegó a ver la luz, el material que debía colgar sus paredes y ser expuesto en sus salas sí sería incautado a lo largo del Tercer Reich.

Más de cien mil fueron las obras de las que se apropiaron los nazis a lo largo de ese periodo en los países invadidos, siendo Francia la principal fuente para tal saqueo, o en los hogares de particulares de origen judío y cuyo patrimonio, una vez enviados a los campos de concentración, quedaba en manos alemanas. Las obras de artistas como Monet, Nolde, Matisse, Chagall o Franz Marc se vendieron (los impresionistas y los autores de vanguardia estaban entre esos artistas degenerados) para obtener fondos en operaciones de compraventa que hicieron que coleccionistas particulares se frotasen las manos con obras maestras del arte que lograban bajo la premisa de ‘salvaguardarlas’ de una posible destrucción, mientras que la obra de artistas como Miguel Ángel, Van Eyck o Vermeer se comenzaron a acumular en refugios subterráneos para ser protegidas de los bombardeos aliados lo que a su vez complicó las tareas de recuperación que llevó a cabo el ‘Monuments Fine Arts and Archieve program’ (programa de Monumentos, Artes y Archivos), grupo impulsado por la élite museística americana para la protección del patrimonio y la recuperación de las piezas expoliadas.

Soldados estadounidenses ‘rescatan’ tres cuadros del castillo de Neuschwanstein

A pesar de todas las dificultades, en 1945 los Monuments men, así fueron conocidos los miembros de aquel programa, habían descubierto más de 600 almacenes con obras artísticas, siendo el más impresionante de todos el descubierto en las minas de Altausse, en Austria. Ciento treinta y ocho túneles habían de recorrerse hasta llegar a la galería donde entre más de 6500 piezas se encontraban La adoración del cordero místico de Van Eyck, la Madonna de Brujas de Miguel Ángel o El arte de la pintura y El astrónomo de Vermeer.

Sin embargo fue especialmente llamativo el hallazgo que la 101ª división aerotransportada realizó en la localidad alemana de Berchtesgaden, situada en la región alpina del sur de Alemania. Más de mil obras, entre pinturas y esculturas, robadas por la segunda persona más importante del régimen nacional-socialista, Hermann Göring: el Reichmarschall y sucesor del Führer. Cuando Hitler empezó la compra de las primeras obras de arte para su futuro museo, Göring ya había diseñado un plan para hacerse con una gran colección contando con el asesoramiento de agentes ubicados por toda Europa (Hildebrand Gurlitt, de quien hablaremos más adelante, era uno de ellos) y una secretaría que coordinaba las compras.

Por medio de sobornos, trueques (Göring era muy consciente que el arte nuevo, el degenerado, era muy válido para cambiar por la obra de los clásicos) y confiscaciones la colección del Mariscal del Reich fue aumentando hasta contar con los grandes nombres que eran de su interés: Lucas Cranach, el viejo y el joven, Rembrandt o Vermeer, cuya producción era tan pequeña que hacerse con una obra suya fuese harto complicado. Tanto es así que al término de la guerra, estando ya encarcelado, le fue comunicada que la obra que había comprado, muy probablemente por la desazón que sintió al ver como Hitler ante sus ojos adquiría El astrónomo, no era más que una falsificación contemporánea, recibiendo la noticia “como si por primera vez hubiese descubierto que había malicia en el mundo”. En cualquier caso, Göring, quien viajó a París en múltiples ocasiones para incautarse de colecciones de millonarios judíos que habían podido escapar o a quienes no había tenido problema en dejar escapar si entre sus posesiones contaban con un Rembrandt, dejó en el paraíso vacacional que los dirigentes nazis tenían en Berchtesgaden una impresionante colección con cuadros de, además de los citados, Pieter Brueghel o Rubens.

Berchtesgaden, la ciudad de vacaciones nazi y el refugio de la colección de Göring

Muchas de las obras expoliadas fueron recuperadas al término de la guerra. El papel que jugaron los Monuments men fue clave, y más del cincuenta por ciento se restituyó; hay que tener en cuenta que sólo entre Berchtesgaden, Altausse y Neuschwanstein se encontraron 15000 objetos robados. Pero, el problema ha sido encontrar la gran cantidad de obras en manos de coleccionistas particulares que fueron saqueadas a lo largo de la segunda guerra mundial. Por ello no es sorprendente que, de vez en cuando, hayan sido reclamadas obras que estaban dispuestas para salir a subasta en alguna de las casas más prestigiosas, paralizándose su venta ni que en la prensa aún sigan saliendo casos como el de Cornelius Gurlitt .

Era el año 2010 cuando al cruzar en tren la frontera Suiza fue requerido para un control rutinario en el que la policía le descubrió con 9000€ encima que no habían sido declarados. Cornelius, que por aquel entonces contaba con 78 años era hijo de Hildebrand Gurlitt, uno de los pocos marchantes de arte nombrados por los nazis para vender el arte degenerado. Los Monuments men, habían seguido sus pasos, y al término de la guerra le requisaron 163 piezas que a la postre le fueron devueltas tras mostrar que habían sido legalmente compradas a un anticuario de París. Sin embargo nadie reparó en que un piso del barrio muniqués de Schwabing escondía 1500 obras de las que su madre y su hijo Cornelius fueron viviendo desde la muerte de Hildebrand, en 1956, hasta el 2011, año en que la investigación llevada a cabo por la policía de aduanas se dio de frente con una colección valorada en más de mil millones de euros.

Y es que, entre los objetos encontrados, aparecieron pinturas de Chagall, Van Gogh, Picasso, Modigliani, Kandinsky o Kokoscha. Artistas degenerados para el nazismo pero cuyas obras reclaman la atención de los más importantes coleccionistas en las subastas alcanzando cifras incalculables al caer el mazo.

 

Vía|Göring, Cornelius Gurlitt, La verdadera historia de los Monuments Men,

Imagen| Hitler y Göring, Soldados en Neuschwanstein, Berchtesgaden

En QAH|Especial II Guerra Mundial, La arqueología Nazi y el mito de la gran germania, El destino de los líderes Nazis,

 

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