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El Euro: Precio político de la Reunificación alemana (II)

En 1992, los jefes de Estado y de Gobierno de los 12 se reunían en Maastricht para firmar el Tratado de la Unión Europea. Mientras que Reino Unido y Dinamarca tomaron la vía del opting-out, el resto de Estados se impusieron unos criterios estrictos de obligado cumplimiento. De esta manera, para poder acceder a la unión monetaria, los Gobiernos de los EE.MM. deberían contar, a petición e insistencia alemanas, en una disciplina fiscal y financiera, con una inflación baja y controlada, una deuda pública del 60% y un déficit del 3% con respecto del PIB nacional.

Sin embargo, en el último minuto Alemania añadió una última condición. El Banco Central Europeo tendría prohibido emitir eurobonos para rescatar a cualquier gobierno nacional en apuros. Es decir, el BCE no tendría la competencia de actuar como la Reserva Federal estadounidense, o lo que es lo mismo, actuar como un verdadero banco central. Cabe preguntarse: ¿Qué fue lo que motivo a Alemania para introducir esta última condición? Existen dos respuestas: una política y otra económica.

Por un lado,  la respuesta política tiene que ver con la cesión de soberanía. Como ocurre en la mayoría de los casos, el Bundesverfassungsgericht (Tribunal Constitucional alemán) tenía que proteger su posición nacional. A su entender, se estaba firmando un tratado que erosionaba y acaba con los poderes soberanos no del gobierno alemán, sino del pueblo alemán. La solución pues sería crear una moneda compartida que aportaría beneficios compartidos pero evitase las deudas compartidas. Los beneficios serían mutuos mientras que los riesgos no.

Por otro, la respuesta económica se fundamenta en la corriente neoliberalista iniciada por el Presidente Reagan y la Primera Ministra británica Thachter. El mantra del neoliberalismo económico consiste en reducir el papel del Estado lo más posible. Así, la herramienta principal para estimular la economía sería un apoyo incondicional a la financiación privada, en detrimento de la demanda doméstica. En otras palabras, crecimiento económico a base de exportaciones de bienes y servicios.

Los criterios de convergencia se establecieron en el Tratado de Maastricht y los EE.MM. tendrían que demostrar que sus finanzas públicas estaban lo suficientemente saneadas. El instrumento, erróneamente utilizado para acometer esta tarea, fue el Mecanismo de Tipos de Cambio (MTC): una especie de chaleco de fuerzas monetario creado en los años setenta para limitar fluctuaciones en el valor de las divisas nacionales europeas.

En 1990, la mayoría de países adheridos al MTC, veía en este una gran herramienta para controlar la inflación. Sin embargo, en Alemania subyacían, además de estas, otras razones. Alemania había hecho buenos deberes controlando la inflación y quería una estabilidad de tipo de cambio por otra razón: Para proteger su lucrativo mercado de exportaciones. Unas monedas  separadas que fluctúan y unos mecanismos de tipos de cambio diferentes eran sinónimos de ventas y exportaciones interrumpidas. Alemania identificó los mecanismos de tipo de cambio separados como un arma proteccionista, una manera para que los gobiernos nacionales pudieran levantar barreras artificiales para la venta de mercancías y servicios. Alemania quería que los gobiernos cesasen de devaluar sus monedas para no ver perturbado su poderoso mercado de exportaciones.

Con la firma del Tratado de Maastricht, el camino hacia la moneda única era irrerversible. Aunque la teoría y experiencia económica no aconsejan fijar divisas tan dispares a otra de referencia en una zona monetaria no óptima, como era el caso, y mucho menos establecer una moneda única para dicha zona, el Euro estaba cada vez más cerca de convertirse en una realidad.

Imagen| Firma del Tratado de Maastricht, Eurocrisis, Foto familia Maastricht

En QAH|El Euro: Precio político de la Reunificación alemana (I)¿Es Europa una zona monetaria óptima? ¿Por qué es necesario que la política fiscal y monetaria de la UE vayan parejas?

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