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El Derecho sin derecho (III)

Sin pretender criticar demasiado la situación del Poder Judicial, es inevitable que percibamos hoy en día lo diferente que resulta, por una parte, nuestra percepción o ideal de cómo debería ser la administración –justa- de justicia y, por otro lado, la realidad del día a día en los juicios, las incongruencias en las sentencias de los tribunales, el absoluto control del gobierno en el poder judicial y la ausencia de un sentimiento de justicia y sentido común. Sin ir más lejos, tenemos reciente la inexplicable caída de la Doctrina Parot.

Situación actual.- La sociedad actual vive inmersa en una trampa social. Por un lado, la democracia subversiva gana terreno acaparando las libertades de sus ciudadanos, mientras elimina su verdadera memoria histórica, y por otro, la sociedad deriva hacia el inmovilismo ciudadano e institucional, ensanchándose la brecha entre las necesidades sociales y las acciones del poder, así como los intereses de ambos. El Estado español actual, a diferencia del anglosajón, ha conseguido reducir la iniciativa social a aquello que el mismo Estado permite, estando todo lo demás prohibido. Y es que verán que es indudable que en España vivimos en comunidad gracias a una libertad negativa creada por el Estado, fruto de una mezcla entre un Despotismo Ilustrado nostálgico y el recuerdo de una reciente era de sublevaciones sociales amenazantes del status quo. Ya dijo el sabio Napoleón que “la libertad política es una fábula imaginada por los Gobiernos para adormecer a sus gobernados”.

Lincoln

Dicho esto, el derecho desempeña una labor fundamental en las manos equivocadas, pues se trata de la mejor herramienta de control social, al menos directo (en otro momento hablaremos sobre el papel de los medios de control de masas). Y lo peor de todo, desconocemos que existe otra alternativa. Desconocemos que el derecho actual es fruto de una trampa política maquinada e instaurada a conciencia, desconocemos que las consecuencias de un sistema de democracia-dictadura son la anulación subversiva de nuestras libertades y, aún peor, la poda de toda posibilidad de evolución social, de pensamiento crítico o incluso de iniciativa empresarial. Desconocemos que la subversión democrática nos lleva a la inseguridad y por ende a aferrarnos más a sus redes, aumentando nuestra dependencia. Y lo peor de todo, anula al ciudadano de todo comportamiento combativo y de respuesta social a los acontecimientos, lo que suprime la capacidad de adaptarnos a los cambios y de evolucionar como individuos y como sociedad. Nos han educado convenciéndonos de que si tenemos libertades es gracias a la democracia y a su salvaguarda por el Estado. Pero la verdad es que el Estado, como se configura actualmente, concibe en sus bases un planteamiento absolutista y dictatorial gobernado por los partidos políticos y les proporciona la mayor maquinaria de control social creada por el hombre.

En los tiempos de Sagasta, cuando las democracias daban sus primeros pasos en Europa, la creciente inestabilidad política y social no hacía más que acrecentar los problemas del parlamentarismo en España, el cual se basaba en grandes figuras individuales de políticos famosos por sus elaborados discursos. La imposibilidad de formar gobiernos permanentes y estables propició la aparición del llamado “parlamentarismo racional”, que traía la figura del partido como unidad funcional de la vida política en detrimento del candidato individual. Ello llevaría a la aparición de las grandes ideologías, personadas en los partidos, y en la aparición de importantes oligarquías dominantes. Tras ganar las elecciones, el partido se erigía como único motor de todas las instancias de funcionamiento del Estado. Si bien la creación de la Administración (por Napoleón, por cierto) llevaría a pensar que su inmovilismo la mantendría independiente del poder político, sus dirigentes dentro del entramado administrativo son en su mayoría puestos políticos de libre designación obligados a rendir obediencia al partido gobernante. La administración fue creada a imagen del ejército francés napoleónico, donde la obediencia al superior y el respeto a la jerarquía son las máximas gobernantes.

Futuro.- Ante este panorama, la creación de los partidos como ejes de la vida política no ha hecho más que agrandar consecuencias obvias como la corrupción, el amiguismo, la ineficacia o la desaparición de la meritocracia. Más aún, a diferencia del sistema americano, hace desaparecer en el sistema cualquier posibilidad de adaptación al cambio y de flexibilidad en el gobierno. Si hay algo que debiéramos copiar de los americanos es el presidencialismo, el cual se basa en la figura del candidato proactivo en dar soluciones a la ciudadanía votante y no en la representación de una ideología.

Resultan evidentes las consecuencias -y también preocupantes- de continuar en la senda del partidismo cuando observamos el rampante proceso de ideologización y “partidización” de todas las instituciones de la Nación (algunas tan supuestamente alejadas como pueden ser los sindicatos, la Corona, múltiples asociaciones o los propios canales de televisión) cuyo único final posible es la ruptura del sistema. Sólo cuando un político tenga que rendir cuentas a su nación y no a su partido podremos tener los políticos “que nos merecemos”, y sólo entonces podremos intervenir activamente en la vida política con nuestro voto.

No pensemos que el sistema es así por no haber alternativa o por haber sido siempre así. Cada ciudadano y votante debe plantearse cómo permitir que la gente verdaderamente preparada y patriota tenga acceso a gobernarnos y entender que el mérito debe premiarse generosamente. El pensamiento demócrata es de obligada educación, de obligado planteamiento y de obligado ejercicio. No dejemos que por un instante nos hagan olvidar que cada uno de nosotros es autor de los cambios y únicos protagonistas de esta trama fálsamente llamada democracia. Y es que como bien dijo Bismarck, “lo increíble de España es que, con una clase política tan inepta, todavía exista el país”. Que no se diga de sus ciudadanos.

Vía| Curso de Historia del Derecho, Derecho Constitucional y Derecho Público Romano por ICADE.

Imagen| Abraham Lincoln, Parlamento

En QAH| El Derecho sin derecho (I)El Derecho sin derecho (II)

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