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El Derecho sin derecho (I)

Si la vieja Roma o la antigua Grecia levantaran la cabeza y vieran el panorama actual, probablemente pedirían que los volvieran a enterrar, pero bien profundo. Los primeros cambiarían la famosa Carthago delenda est de Catón por un Europa delenda est, y los segundos darían una colleja a Aristóteles cada vez que escucharan  “democracia”. Y es que así se encuentra el panorama, en crisis. Pero no económica, ni de valores ni histórica, sino de modelo, de bases, de arquitectura y de planteamiento. Porque los cimientos hacen a la construcción, y sin estructura no hay diseño que valga. Occidente se encuentra sumido en una oxidación de modelo preocupante, donde fallan todas las instancias de poder, de gobierno y de derecho. Pero empecemos por el principio: el derecho. Para aquellos que hayan estudiado derecho he de pedirles que se abstraigan de tanto de la “tipitis” y de la “articulitis” e intenten seguir la lógica abstracta del planteamiento, y a los demás, simplemente sigan leyendo.

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El derecho y la justicia. El derecho, como el mundo debiera saber, ha sido la mayor aportación que Roma dejó al mundo. Si miramos a cualquier lugar de este planeta, podremos comprobar que las bases sobre las que se asientan los gobiernos y los ordenamientos jurídicos son de derecho. La ley es el centro de todas las cosas, y eso es algo innato a la condición humana.

La aparición de normas sociales es algo que se pierde en la historia como el origen del lenguaje, pero no la estructuración de las normas sociales en base a unos principios y costumbres, así como su ordenación en leyes. Los romanos bien fueron conscientes de ello, y llegaron a la conclusión de que el derecho debía tener un fin que sirviera de equilibrio contra el aparato de coacción social y del poder. Y llegó la justicia. Un derecho sin justicia es como un tren sin vías.

Deben ustedes entender una característica del derecho, y es que no se trata de una creación humana, sino de una ley social insalvable y unida a la cualidad de ser humano, como puede ser la materia o la energía. Nadie puede huir del derecho, de la misma manera que no podemos renunciar a nuestras células. Los hombres necesitamos desde nuestros comienzos de reglas sociales, pero sólo los romanos aportaron ese salto cualitativo del por qué. Conforme las sociedades latinas fueron creciendo en tamaño y complejidad, se llevó a cabo una estructuración del derecho basada en la tradición y las costumbres. Como dijo Cicerón,  consuetudo quasi altera natura (la costumbre es nuestra segunda naturaleza), y es que el hombre innatamente actúa y crea costumbre. La costumbre es fuente de consenso y de progreso. Y en esas costumbres, los romanos supieron ver que el hombre buscaba de manera innata la justicia. Cuando un hombre denunciaba a otro ante el pretor por robar la fruta de su árbol, lo que buscaba era la iustitia, con el fin de que éste fuera castigado y le indemnizara por el fruto robado. Este planteamiento nace del sentido común y, conforme los casos eran resueltos, la tradición iba formando el caudal del derecho.

Lo verdaderamente importante aquí no es la clase magistral de historia del derecho (que también), sino el que entendamos la naturaleza del derecho y de las normas sociales. El derecho está sujeto al comportamiento humano en tanto que se trata de una ciencia social, y como tal debe regirse por los mismos principios universales. A saber, la flexibilidad al cambio. Los hombres estamos destinados a evolucionar, igual que el resto de las cosas. El cambio es algo innato a nuestra naturaleza y cuanto antes lo aceptemos, mejor. Las reglas sociales evolucionan al igual que las modas, las tendencias y los comportamientos. Por tanto, si las necesidades de la sociedad no pueden ser siempre las mismas, menos aún las reglas que la estructuran. Y aquí es donde entra en juego nuestro querido derecho.

El sistema de derecho romano se construía sobre la tradición, es decir, sobre las formas en las que los casos y disputas se habían resuelto en base a la aplicación de unos principios de justicia. Los encargados de aplicar estos principios y reglas eran los magistrados, expertos en la materia. Los magistrados, por tanto, eran los jueces de la época y basaban su actuación en la aplicación de la justicia y la tradición. De esta manera, el derecho era siempre capaz de satisfacer cualquier situación, al estar actualizado, y satisfacía su propósito, a saber, la aplicación de la justicia. Reduciendo enormemente el concepto, el derecho no es más que la aplicación del sentido común, en tanto que es creación del hombre y de su comportamiento. Y por ello, reside en aquellos más cualificados para la profesión de aplicar justicia.

Vía| Curso de Historia del Derecho y Derecho Público Romano por ICADE. Derecho Público Romano

Imagen| Iustitia

En QAH| Justiniano I el Grande y la recuperatio imperii (I)

Eduardo San Martín Diazbedia Escrito por el oct 2 2013. Archivado bajo Análisis Jurídico, Jurídico.





CONOCE AL REDACTOR

Eduardo San Martín Diazbedia

Eduardo San Martín Diazbedia

Consultor financiero especializado en Finanzas Corporativas.

Cursando un Máster de posgrado en ICADE Business School.

Licenciado en Derecho y Administración y Dirección de Empresas (E-3) por la Universidad Pontificia Comillas-ICADE.

Intercambio en Osgoode Hall Law School, Toronto, Canadá.

Intercambio en Copenhagen Business School, Copenague, Dinamarca.

Presidente del Círculo Vitruvio Hominem Renatum.

Expedicionario de la beca Ruta Quetzal BBVA 2006.

 

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