Coaching y Desarrollo Personal 


El cuerpo no miente

En las últimas décadas se ha desarrollado notablemente una rama de escuelas psicológicas que ven al cuerpo como un protagonista central del proceso terapéutico. Escuelas nacidas del discípulo de Freud Wilhelm Reich y que se han diversificado especialmente a partir de universidades en California y otros Estados norteamericanos. Hoy existen en numerosas Facultades de Psicología especializaciones y masters en este tipo de terapias que incorporan al cuerpo de manera decidida. Esta visión del ser humano afirma que el cuerpo no miente: expresa la situación básica del individuo sin necesidad de palabras.

Eso significa que, con independencia de la concepción que se tenga sobre el ser humano (como cuerpo/alma, o alma encarnada, o totalidad con diversas dimensiones), el hecho es que cada persona está aquí y ahora con ese cuerpo concreto; sin él, no sería ella misma, y no puede estar de otra manera. No somos ángeles, sino seres humanos. El cuerpo es el “tú” expresado físicamente. A través de él se manifiestan no sólo estados de ánimo o actitudes vividas en el presente, sino también una forma de haber vivido la propia vida en el pasado.

El cuerpo es resultado de nuestros genes y de la alimentación que recibimos en la infancia, pero también del modo como nos cuidamos, lo que comemos, la vida que llevamos e incluso los valores y preferencias que tenemos y que se expresan en el modo de mirar, caminar, dar la mano, mirar o no mirar a los ojos.

Porque a su tipo genético, cada persona añade un modo personal de asimilar el hecho de ser ella misma, con ese cuerpo, en las coordenadas concretas de tiempo y espacio en que existe. Cada uno “esculpe” en cierta medida su propia persona, y el cuerpo expresa eso que uno es. Por ello, si uno trabaja en profundidad el cuerpo, sale a flote lo que hay dentro y puede ser “releído”. En eso consiste, en gran parte, todo proceso terapéutico. Cuerpo y narrativa de mi historia se trenzan íntimamente.hiperventilacion

Veamos por ejemplo el vital aspecto de la respiración. Observemos cómo reaccionamos ante un estímulo que nos amenaza: se inspira aire en forma breve y los músculos del tórax retienen ese aire mientras hay una reacción tras un momento de parálisis. Un niño que haya vivido con temor durante largos períodos (porque haya tenido un padre violento, por ejemplo), tenderá a mantener esos músculos tensos y a respirar mal; lo mismo sucede cuando se contiene el llanto. Las emociones contenidas provocan una contracción del diafragma que trae consigo una deficiente inhalación y una escasa exhalación. Todo esto, si se perpetúa –a veces años y años—genera problemas físicos importantes, pero sobre todo se constituye en un dique de esas emociones allí “almacenadas”.

Es allí donde interviene el trabajo del terapeuta psico-corporal. Son muchísimas las personas que empiezan a solucionar sus problemas a través de ese primer paso: la ampliación de la respiración. Por eso casi todas las técnicas trabajan con este factor.

Esto completa lo que han sido hasta ahora la mayoría de las psicoterapias que podríamos llamar “verbales”. En ellas la persona habla de sus problemas, e intenta poner nombre a lo que le sucede; pero casi nunca somos capaces de expresar en palabras las emociones que sentimos, sobre todo si se originaron en la infancia, cuando precisamente no se tenían palabras todavía. Uno de los aspectos de la terapia corporal consiste en liberar la tensión de los músculos que retienen esas emociones, lo cual, además de facilitar una respiración más profunda, suele provocar en la mayoría de las personas accesos incontenibles de llanto. Y con él se hacen de nuevo presentes los sentimientos que habíamos “olvidado” o que no sabíamos cómo describir y podemos reelaborarlos en una nueva narrativa. Como decía, el trabajo terapéutico consiste en la re-elaboración adulta y más serena de esos recuerdos, imágenes, sentimientos y modos de entender la propia historia, de modo que el sujeto asume –ahora libre y más conscientemente—aquello que se había impreso en su persona y en cuerpo de un modo dañino e inconsciente.

Aunque no podemos generalizar, qué duda cabe que una persona descontenta con su existencia tenderá a enojarse con mayor frecuencia, y tenderá a padecer más problemas  –por ejemplo estomacales e intestinales– que una persona que se acepta a sí misma como es. Pero no podemos caer en radicalismos atribuyendo toda enfermedad a este tipo de actitudes. Lo que sí podemos hacer es intentar “leer” y “escuchar” nuestro cuerpo con más atención y cuidarlo mejor, sin obsesiones, pero con magnificencia. ¡Mi cuerpo soy también yo misma!
Vía| Leticia Soberón
Imagen|Ansiedad, el cuerpo no miente.

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