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El circo de la vida

La vida es un circo, un espectáculo, la carpa bajo la que actúas y evolucionas a lo largo de los años, el foso de arena en el que tiene lugar una lucha continua contra los espectadores, la diana en la que se clavan todas las miradas, la prueba final. La vida es un circo lleno de estrellas, de gentes extraordinarias, diferentes, reales. La vida es un circo repleto de historias, de sueños, de romances, de excitación, es el más preciado de los regalos. Pero la vida también es cara, frágil, y compleja, un mapa en blanco por descifrar, un puzzle al que siempre le faltará una pieza, una hipótesis sin resolver.

El circo de la vida

El circo de la vida

La vida es un camino de un solo sentido, erigido a partir de las huellas de aquellos desafíos a los que te has enfrentado, porque el circo no sólo son aplausos y risas, no sólo es magia y color. El circo de la vida es madurar, es escoger cómo quieres presentarte ante los vacíos de conciencia y personalidad.

Comenzaste como todos, desde abajo, sentado en una butaca cubierta de palomitas y dulces, y sin saber por qué, algo te hizo despertar . Ahora tienes que decidir.

Quizá hayas nacido para ser presentador, aquel capaz de enamorar al público al momento, de seducirlo con las palabras, o quizá pienses que la voz no es suficientemente fuerte para guiar tu destino.

Tal vez te guste hacer equilibrios sobre la cuerda floja, disfrutar de la adrenalina del peligro, de la aventura, arriesgar a cada instante tu vida sorteando un traspiés que te conduzca a la caída, o tal vez tengas miedo a las alturas.

Algunos dirán que las historias se construyen en pareja, que un sólo punto de vista no es bastante para discernir lo real, y por ello trabajan mano a mano, colgados de filamentos con los que dan forma a sus cuerpos en el aire.

La magia puede conducirte hacia la fantasía, y ésta, hacia lo transparente, aquello que no se ve si uno no se esfuerza en detenerse a observarlo. Sin embargo, los engaños no son bien visto, ni siquiera en la sociedad de las mentiras.

También podrás ser domador, para domesticar a todas las bestias que caminan erguidas sobre el asfalto, pero nunca estarás a salvo de ser devorado por sus instintos más salvajes.

O quizás sólo tengas que ser tú mismo, sin miedo al ridículo, sin maquillajes ni narices postizas, sin zapatos anchos ni flores de pega, sonriendo por encima de esa carpa que cubre tu cielo.

Imagen| David Navarro Gámez

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