Especial Crisis Económicas de la Historia, Historia 


El caos en la Argentina de De la Rúa: el “Corralito”

No es momento de echar culpas. Es el momento de decir la verdad: Argentina está quebrada. Argentina está fundida (…) La propia esencia de este modelo perverso terminó con la convertibilidad, arrojó a la indigencia a dos millones de compatriotas, destruyó a la clase media, quebró a nuestras industrias, pulverizó el trabajo de los argentinos. Hoy, la producción y el comercio están, como ustedes saben, parados. La cadena de pagos está rota y no hay circulante que sea capaz de poner en marcha la economía. – Eduardo Duhalde.

Durante los últimos años en la mayoría de países latinoamericanos se han ido consolidando sistemas democráticos que, favorecidos por una serie de reformas financieras efectuadas para liberalizar la economía, han experimentado un crecimiento significativo. Sin embargo no todos los estados han podido consolidarse como referentes, siendo ejemplo de ello diversas crisis económicas que, además de frenar el pujante desarrollo del país en cuestión, han puesto sobre la mesa tanto la idoneidad de la economía de mercado como única vía para el desarrollo, como la valía de sus propios gobernantes. No son pocos los estadistas que, hablando de la actual situación griega y su inhospito presente, han recordado la caótica situación por la que atravesó Argentina en 2001 y que acabó saldándose con el llamado “Diciembre Trágico”. Y es que, sin pretenderlo, Argentina se ha convertido en el espejo del país heleno y de aquellos estados que, por una desacertada política económica, han llegado a una difícil y casi insalvable coyuntura socio-económica.

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Los disturbios entre los manifestantes y la policía se prolongaron durante semanas, dejando una treintena de fallecidos según cifras oficiales.

Argentina se enfrentó a una grave crisis sin precedentes que afectó a todos los segmentos de la población, dejando unas secuelas que, a día de hoy, son fácilmente rastreables. La crisis tuvo sus orígenes más inmediatos en la reestructuración económica propuesta a principios de los noventa por el entonces presidente de la Nación, Carlos Menem. Con las miras puestas en frenar la hiperinflación resultante de la gestión llevada a cabo por su antecesor, Menem impuso una nueva política basada principalmente en la reestructuración del sistema tributario, la apertura al comercio exterior, la privatización de empresas públicas y la desregulación económica. Asimismo en 1991 se impuso, a iniciativa de Domingo Cavallo, Ministro de Economía, la Ley de Convertibilidad del Austral que, permitiendo equiparar el valor del peso argentino al dólar, consiguió reflotar ligeramente la economía argentina. Pero pronto la Ley de Convertibilidad comenzó a mostrar signos de agotamiento gracias, en parte, a las deficiencias del sistema económico, haciendo que a finales de esa década Argentina iniciara una época de recesión agravada por la errónea política de sobreendeudamiento y privatizaciones puesta en práctica por Menem.

En 1999 las elecciones dieron la victoria a Fernando de la Rúa. El cambio político parecía augurar una transformación económica que, a pesar de todo, no llegó. La situación empeoró al mantener la Convertibilidad, y pese a que los intentos del nuevo gobierno por sortear la crisis económica fueron numerosos, De la Rúa se vio incapaz de impedir la incesante fuga de capital. Todo ello motivaría a la aprobación del denominado Megacanje, que posibilitaría postergar los pagos de la deuda a costa de elevar los intereses a una tasa del 16%. El incremento de la deuda en 50.000 millones de dólares puso en alerta al país, que vio como en noviembre del 2001 los inversionistas retiraban sus depósitos de las entidades bancárias y el FMI (Fondo Monetario Internacional) se negaba tanto a refinanciar la deuda como a ofrecer un rescate financiero. Con un panorama tan funesto, Cavallo, de nuevo Ministro de Economía, hizo pública el 1 de diciembre de 2001 la obligatoriedad de poner en marcha una nueva política económica fundamentada en la congelación de los depósitos de miles de ahorradores argentinos y en la drástica limitación de la retirada de fondos de los bancos. Solo un día después se decretaba oficialmente, y a través de un mensaje televisado, el “corralito”.

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El 20 de diciembre De la Rúa dimitía como presidente, abandonando la sede gubernamental en helicóptero desde la azotea de la Casa Rosada. Su deshonrosa renuncia le valió el rechazo popular con el “¡Que se vayan todos!”, y años más tarde la imputación por su negligente política económica.

Las reacciones ante tal decisión sumieron al país en una situación verdaderamente anárquica. La indignación dio paso a acciones que, procedentes principalmente de la clase media, agudizaron aún más la negativa realidad argentina. Las protestas callejeras fueron alternadas con los célebres “cacerolazos” en las principales ciudades, al mismo tiempo que comenzaba a ser común los saqueos en los supermercados. Los graves disturbios, que no pudieron ser impedidos por los diálogos entre el gobierno y la oposición, y que tuvieron lugar a partir del 19 de diciembre en la ciudad de Buenos Aires, hicieron que el gobierno decretara un estado de sitio que no fue respetado. La intervención policial desembocó en una dura y sangrienta represión que sesgó la vida de varias personas concentradas en la insigne Plaza de Mayo y en los alrededores de la Casa Rosada, la sede del gobierno. También tuvieron lugar fallecimientos y heridos en otras ciudades, en donde una gran masa poblacional en contra del presidente no dejaba de crecer ante la radical postura gubernamental. Fracasadas las conversaciones y los intentos por imponer una relativa calma, y ya habiendo dimitido Cavallo, De la Rúa se apresuró a renunciar a la presidencia. Al colapso socio-económico se le sumaba una nueva crisis política.

Durante los siguientes días la presidencia fue recayendo sucesivamente, y sin ningún tipo de estabilidad, en los adversarios políticos de De la Rúa. Todos ellos intentaron aplicar reformas económicas que solucionaran la problemática, pero los propósitos fueron ineficaces e incluso empeoraron la situación. Eduardo Duhalde, presidente entre enero de 2002 y mayo de 2003, consiguió hacer realidad su propósito de estabilizar ligeramente la economía, aunque en el plano social proseguían los disturbios. Solo a partir de 2003 la economía argentina reaccionaría ante las medidas emprendidas por Néstor Kirchner, sucesor de Duhalde, que favorecido por la demanda de productos y materias primas reflotó la situación financiera argentina. Gracias a su política de desendeudamiento, y a la reestructuración de la deuda, Argentina pudo volver al crecimiento económico dejando atrás la acuciante pobreza generalizada y la ruina en la que estaban sumidos los ahorradores a causa de la devaluación del peso. A pesar de la evidente mejora, actualmente el país tiene muchos problemas para conseguir financiación extranjera. Y es que, además de la poca confianza internacional que parece inspirar la gestión llevada a cabo por la actual presidenta, Cristina Fernández de Kirchner, la crisis financiera argentina ha quedado en el imaginario colectivo como el más claro ejemplo de país llevado prácticamente a la quiebra por las desafortunadas medidas económicas emprendidas por la clase política.

 

Vía| Seoane, M. (2004). Argentina: el siglo del proceso y la oscuridad (1900-2003), Editorial Crítica, Barcelona

Más información| Bonnet, A. (2007) La hegemonía menemista: el neoconservadurismo en Argentina (1989-2001), Prometeo Libros, Buenos Aires

Imágenes| Anciano, disturbios, helicóptero

En QAH| El corralito argentino y la argentinización europea, ¿Diferencias entre el rescate español, la intervención en Grecia y el Default de Argentina?

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