Especial El Bosco, Patrimonio 


El Bosco: los monstruos que tiran del «Carro del heno»

Nacido Jeroen van Aken en s’Hertogensbosch (en francés Bois-le-Duc, Bosque del Duque, localidad perteneciente al Ducado de Borgoña) hacia 1450, y muerto con toda seguridad en 1516, Jerónimo Bosco es una de las personalidades en el mundo de la pintura que más controversia ha provocado. Las razones: una paleta cromática rebosante de rosas, verdes y azules, y un imaginario de seres fantásticos en sus obras capitales que todavía hoy siguen siendo objeto de estudio y centro de atención.

La obra que usaré como objeto de mi monstruosa reflexión es El carro del Heno, una obra que, a priori, ofrece un universo con muy pocos ejemplos bosquianos de híbridos o de seres fantásticos, pero que aparecen en una forma moralizante.

El Carro del Heno es una obra que está datada en el último periodo de la vida del autor. Mediante un estudio dendrocronológico se sabe que la madera de roble que soporta la obra fue cortada en 1508, con lo que nos dejaría ocho años de margen para su creación. Está compuesta la obra por tres tablas, una central que da nombre al conjunto, y dos alas, pintadas por ambas caras, que cierran el tríptico.

Las tablas abiertas muestran, a la izquierda, el Paraíso, todo lo bueno antes del Pecado: la caída de los ángeles rebeldes, y parte del Génesis: la Creación de Eva, el Pecado Original y la expulsión del Paraíso. En el centro, la vida terrenal, el Pecado, en el que me detendré con más minuciosidad luego, y a la derecha el Infierno, la consecuencia de los excesos en vida: un enorme incendio al fondo, la construcción de una torre y el castigo de los pecados, infligido por seres monstruosos.

El carro del heno

“El carro del heno” (tríptico abierto; 135×200 cm. Museo del Prado, Madrid)

El tríptico cerrado ofrece una escena que se ha denominado tradicionalmente El camino de la vida. En la imagen se ve a un buhonero o un peregrino caminando mientras a su alrededor se muestran pecados y castigos. Es el hombre que camina por la vida mientras le acechan los peligros.

El camino de la vida

“El camino de la vida”

La idea principal de este tríptico está inspirada en un proverbio flamenco que dice: «El mundo es un carro de heno del que cada uno toma lo que puede», una interpretación de Isaías que dice «Toda carne es heno y toda gloria como las flores del campo».

Tabla central (firmada en la esquina inferior derecha)

Una vez presentadas las dos tablas laterales, vamos a centrarnos más en el postigo central, que tiene mucha enjundia. La obra, en su conjunto, parece un retablo, pero si normalmente la figura central es un Cristo en la cruz, El Bosco pintó un carro de heno de gran tamaño, directamente proporcional a la superficie pictórica disponible. La tabla central muestra, sobre un paisaje y bajo la mirada de Cristo, un enorme carro de heno, símbolo de los placeres efímeros de la vida: la riqueza, la juventud, el amor, el poder, y que aparece rodeado por un séquito compuesto por monjes, laicos, un emperador e incluso un Papa.

La Lujuria, representada sobre el carro

Del carro, cargado de heno, surge un matorral. En este espacio, por encima de todos, encontramos tres personajes ignorantes de lo que sucede a su alrededor, dedicados a la música y flanqueados por un demonio y por un ángel que, para qué negarlo, es el único que dirige su mirada al cielo, donde se encuentra Cristo mostrando las heridas de la cruz con gesto de desamparo. Tras estas figuras, dos amantes vigilados de cerca por un voyeur redimido por el matorral. Diferentes formas de comunicación, como vemos, unos a través de la música, otros a través del amor.

El paisaje de fondo, difuminado, muy difuminado, contrasta con el paisaje que se nos presenta a primera vista. Es como si con el primero, tan hermoso y apacible, se quisiera reconciliar al espectador con el caos y la aridez del segundo.

Maximiliano de Habsburgo, el rey y el Papa

Emperadores, Papas y Reyes conforman el séquito del carro

Detrás del carro, y a caballo, aparecen el emperador (Maximiliano de Habsburgo), el rey (soberano de las provincias flamencas) y el Papa, como si fueran escoltando la hierba. La acumulación de riquezas, representada por los dos primeros, es un tema de actualidad en los tiempos del pintor, tanto como la decadencia de la Iglesia Católica, representada por el tercero. La importancia de lo material sobre lo espiritual queda

reflejada con maestría por el pincel del flamenco. Y no sólo la cabeza de la Iglesia queda en entredicho, también la opulencia y el bienestar material salpican a clérigos y monjas, como podemos observar en la parte inferior derecha de la tabla. Cabe recordar que el autor vive en un ambiente de intensa devotio moderna. Tanto su mujer como él pertenecían a una cofradía dedicada a la Virgen, de carácter plenamente prerreformista.

Alrededor del carro se nos muestran hombres y mujeres que utilizando sus propias manos, ganchos, horcas y otros útiles, intentan arrancar el heno ignorando la escasa estabilidad del carro. Es tal la algarabía que se produce que vemos algunos personajes debajo de las ruedas.
Todos desean apoderarse del heno.

Monstruos zooantropomórficos tirando del carro hacia el Infierno

Monstruos zooantropomórficos tirando del carro hacia el Infierno

El carro está tirado por extrañas criaturas mitad humana, mitad pez una, y otros con aspecto típicamente demoníaco. Aunque en un primer momento podamos pensar en estos personajes como caprichos del pintor, no olvidemos que Dios separó las especies y estos híbridos no hacen más que recordarnos su oposición al orden divino. Han salido del infierno. Satán, según el Apocalipsis, es el seductor del mundo entero. Sus ayudantes seducen al hombre orgulloso y avaro con el heno. Detrás, un grupo de personas se amontona intentando salir de una trampilla de madera.

Pereza, gula y soberbia: tres de los Pecados Capitales en una sierva de Dios

Pereza, gula y soberbia: tres de los Pecados Capitales en una sierva de Dios

Lo sorprendente de la imagen central del tríptico no sólo es la carga de heno, sino el movimiento progresivo del carro. El hombre medieval sabe que la humanidad se dirige a un fin último, a la resurrección de los muertos, al Juicio Final. Cuanto más heno recopilemos, mejor. Morimos, incluso, por ello; quedamos sepultados en el camino… bueno, todos no. Los soberanos cabalgan tranquilos, evidentemente; la carga les pertenece por derecho. Habría que fijarse también en lo fácil que obtienen el heno las monjas de la parte inferior de la tabla: sólo tienen que introducirlo en un saco mientras el abad solicita más bebida.

Tercio inferior de la tabla central

Junto con los personajes que reposan sobre el carro, los de esta parte inferior del “retablo” son los que aparecen con una sorprendente actitud de reposo. Son los pendencieros y codiciosos. Se observa cómo, en la parte inferior izquierda, una especie de titiritero porta un bebé en sus hombros y habla con un niño, ambos raptados. Junto al hombre, una gitana lee la buenaventura a una dama, mientras el hijo de la primera registra los bolsillos del vestido de la señora. A la derecha, un curandero maltrata a un paciente y, cerrando el círculo, una monja intenta agarrar a un diablillo que toca la cornamusa, símbolo del miembro viril.

Por encima de todos estos últimos personajes, muerte y asesinato.

Se observa el desfile de los condenados y de los híbridos de la tabla central hacia la tabla derecha, el Infierno.

Se observa el desfile de los condenados y de los híbridos de la tabla central hacia la tabla derecha, el Infierno.

La avaricia es el pecado principal que se representa en el tríptico. También la gula queda suficientemente ilustrada. La posesión es peligrosa.

Los placeres representados por el propio carro se desean con pasión, llegando el caso de cometer pecados capitales o infringir los Mandamientos, como en el caso de la abadesa cuya avaricia lleva a sus monjas a llenar un saco de heno, o los dos hombres peleando, y uno matando al otro para llegar al carro.

Iconográficamente hablando, esta obra manda un mensaje escatológico: se muestra el origen del Pecado, la propagación del Pecado en la Tierra y el castigo del Pecado tras la muerte. En cuanto al simbolismo, el Padre José de Sigüenza dice, a finales del siglo XVI, que los monstruos simbolizan los vicios del hombre.

Vía| PEÑALVER ALHAMBRA, L., Fenomenología de la experiencia visionaria de El Bosco. Madrid, 1995.

Más información| Wikipedia, Museo Nacional del Prado.

Imagen| Museo Nacional del Prado

En QAH| Arranca el Especial ‘El Bosco: V centenario’; Jheronimus van Aken, el origen del Bosco; La exposición del V Centenario; La locura como temática en la obra del Bosco; Religión, reforma y superstición en la obra del Bosco; El Bosco: Visiones del Cielo y el Infierno; Animales, monstruos y criaturas fantásticas en El Bosco; El coleccionismo del Bosco en España; Mesa de los pecados capitales del Bosco; Tríptico de Santa WilgefortisCuriosidades del pintor maldito.

RELACIONADOS