Patrimonio 


El basurero más insigne de Roma: Il Monte Testaccio

 

Monte Testaccio a comienzos del siglo XX

Monte Testaccio a comienzos del siglo XX

Imperial, eterna, excesiva… cuando se nombra a Roma la mente nos evoca palabras grandilocuentes que emanan de la ciudad que engendró una de las civilizaciones más grandes que la historia de la humanidad haya contemplado.  Todo en ella ha dejado huella, incluso su caída, la de un imperio, su eco acaricia toda la cultura del mundo que hoy conocemos como occidente. Grande es también uno de los vestigios más importantes que originó el comercio de la  que fue la ciudad más poderosa del mundo, el más insigne vertedero del que se tiene constancia: el Monte Testaccio. A orillas del Tiber, custodiada por el Aventino, se erige una colina artificial fruto de la acumulación, entre los siglos I y III d.C, de millones de restos de ánforas. Esta gigantesca mole alcanza la asombrosa altura de 50 metros y su diámetro ronda los 1500 metros.

Para los romanos representaba un símbolo de poder puesto que el Testaccio se había conformado con los restos de ánforas que portaban los tributos de las provincias y que entraban a Roma a través de su puerto fluvial. Se trataba de  un lugar respetado donde el pueblo se reunía, como testigo de esto hoy podemos observar,  franqueada por algunas solitarias ovejas que pacen en la hierba que cubre la cima, una enorme cruz que nos recuerda el Via Crucis que comenzó a realizarse en el monte en el siglo XV . Conocidos son los festejos que en época  medieval se celebraban en la colina, desde los palios hasta los sacrificios que se realizaban en  los carnavales. Debido a sus propiedades internas -que permiten mantener una temperatura constante de unos 17 grados- a partir del siglo XVI proliferaron las bodegas construidas a los pies del monte favoreciendo el carácter festivo que ya de por si poseía. Sin duda era un lugar apreciado por los romanos hasta tal punto que el Comune di Roma promulgó sendos decretos, en 1742 y 1744, que intentaban disuadir  con duras penas (tales como condena a galeras) a aquellos atrevidos que osasen extraer pedazos de ánforas del lugar.

Al margen de la cultura popular y de las leyendas que siempre han acompañado al monte de los tiestos (Testaccio deriva del latín testa que significa tiesto) su increíble valor científico se lo debemos, principalmente, al insigne Heinrich Dressel. En 1872 el eminente arqueólogo germano dará comienzo a  un estudio sobre el monte que marcará un antes y un después en la interpretación del mismo. Dressel descubrió que sobre las ánforas existían sellos e inscripciones  que aportaban una valiosísima información una vez interpretadas.

Restos de ánforas apiladas en forma de talud daban firmeza a las capas superiores que conformaron el monte

Restos de ánforas apiladas en forma de talud daban firmeza a las capas superiores que conformaron el monte

En primer lugar dedujo que las ánforas estaban dedicadas al aceite, único elemento que encajaba con el peso indicado en las taras inscritas sobre las ánforas. En segundo lugar comprobó que en su mayoría (hasta el 80%) las ánforas provenían de la bética -situada aproximadamente en la actual Andalucía- Además constató que en las inscripciones también figuraba la datación consular lo que permitía datar los diferentes restos.

Desde 1989  arqueólogos  de  la universidad de Barcelona y Madrid ,entre los que destacan Rodríguez Almedia, José María Blázquez o José Romera, en estrecha colaboración con la Universidad de la Sapienza de Roma, realizan un esfuerzo compartido para sacar a la luz nuevos datos de este increíble archivo de la Roma Imperial.

 

 

 

Via|Ceipac

Imagen|Cordobapedia,Archaeospain

Más información| Blázquez Martínez y  Remesal Rodríguez (ed.), Estudios sobre el Monte Testaccio (Roma).V, Barcelona,2010.

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