Reflexiones 


El arte de escuchar

Aquí estoy para escuchar lo que tienes que decirme.

Aquí estoy para escuchar lo que tienes que decirme.

Después de dedicar algún tiempo a aprender una lengua extranjera, es frecuente querer viajar a ese país para poder practicar en directo, sin libros ni ejercicios escritos, todo cuanto se ha asimilado. Al llegar, un inconveniente con el que no se cuenta es que la gente no tiene la más mínima intención de escucharnos ni de valorar cómo hablamos. En cualquier caso, si les interesa nuestra presencia porque vamos a consumir algo, se esforzarán un poco para colaborar con nosotros y conseguir que la transacción en curso resulte beneficiosa. Claro que no es así en todos los casos, depende mucho del lugar y sobre todo de las personas con las que uno se tope por esos mundos pero el hecho evidencia algo más profundo: la falta de actitud de escucha de las personas.

En general, cuando nos relacionamos con las personas, queremos que nuestra opinión sea tenida en cuenta y que los demás comprendan las razones que exponemos con mayor o menor detalle, sin embargo no prestamos el mismo interés en atender lo que el otro nos quiere decir. A menudo estamos deseando que termine de hablar, si no lo interrumpimos antes, para seguir con los argumentos que justifiquen las ideas e intenciones que nos salen a borbotones. Esa misma actitud se puede extrapolar al amplio debate de las ideas, ya sean políticas, sociales, económicas o religiosas. Lo que verdaderamente nos importa es que comprendan nuestra posición y que se convenzan de una vez de que están equivocados y que lo verdadero es lo que defendemos nosotros.

Por otra parte, si algo he aprendido cuando he estado un poco alicaído por un disgusto, algún proceso gripal o simplemente por las adversidades de la vida es que se llega a estar muy cómodo escuchando a los demás. Más allá de que lo que nos digan sea más o menos creíble o tenga un interés mayor o menor, permanecer callado ante la perorata de nuestro interlocutor es un ejercicio de humanidad que recompensa al otro aunque no le demos ninguna contestación o una solución para su problema. Ni tan siquiera esa falta de respuesta o de acuerdo con lo que nos está diciendo supone un obstáculo para que se sienta acogido por una mirada profunda y continuada.

Pienso que se oye con los oídos pero se escucha con el corazón y éste, paradójicamente, se adormece muchas veces con el ritmo frenético del mundo de hoy. Me pregunto cuántos problemas familiares no serían tales si tuviéramos más despierto el espíritu y más abiertos los canales de conexión con los demás. También pienso sobre cómo sería el debate de las ideas a otros niveles si fuéramos capaces de entender, aunque no lo compartiéramos, aquello que los que no piensan como nosotros nos quieren decir.

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