Historia 


El arma nuclear secreta española (II)

Luis Carrero Blanco saluda a Franco.

Como vimos en la anterior entrega, España, a finales de la década de los 60 del siglo anterior, gracias a un decidido apoyo político y económico desde las más altas instancias del Estado y a diversa vicisitudes, con la figura del almirante Carrero Blanco como gran valedor, se encontraba en disposición de fabricar armamento nuclear.

Hay que recordar que el desarrollo de la tecnología nuclear fue tan elevado y las aspiraciones tan ambiciosas que en 1957 se elaboran en España los primeros proyectos para la instalación de Zorita y Garoña. Paradójicamente, ese mismo año había empezado a funcionar la primera central civil norteamericana. La experiencia adquirida permitió además que la JEN (Junta de Energía Nuclear) construyera, con su propia tecnología, tres reactores de investigación (para sus propias instalaciones y para las universidades de Barcelona y Bilbao).

Según las estimaciones de los servicios de inteligencia norteamericanos, España, en la década de los 60, se encontraba en el quinto puesto mundial en cuanto a desarrollo de energía nuclear de doble uso. Sorprendente teniendo en cuenta el estado y las carencias de la economía en ese momento.

No obstante, aunque España poseía en 1970 la mayoría de los conocimientos técnicos para construir armamento nuclear, no podía hacerlo. Le faltaba el combustible. El cedido por Estados Unidos estaba insuficientemente enriquecido y sometido a estrictos controles por razones obvias.

Sin embargo, todo parecía favorecer este proyecto, incluso la política internacional…

Charles de Gaulle

En los albores de la década de los 70, un indignado De Gaulle ve cómo su sueño de una defensa europea independiente se esfuma al plegarse el Reino Unido a las doctrinas de Washington, renunciando, al menos oficialmente, al desarrollo de armamento nuclear al suscribir el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) el 1 de julio de 1968.

Pero una habilidosa diplomacia francesa, consciente de que esta batalla política no podría librarla en solitario frente al criterio de EE.UU. y la URSS, y recelosa de las decisiones de un excesivamente pragmático gobierno de Londres mirando hacia el otro lado del Atlántico desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, había sondeado al gobierno español desde principios de 1960 en busca de un aliado estratégico más fiable que los británicos.

Tanto el plan del general Charles de Gaulle como su sucesor al frente de la Presidencia de la V República, Georges Pompidou, consistía en que España se convirtiera en potencia nuclear y aliada suya, pero a la vez con autonomía respecto a Estados Unidos y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Así , en un primer contacto a finales de 1963, el embajador de España en París fue convocado para proponerle la adquisición de una central nuclear. Se trataba de una planta que no necesitaba enriquecer el uranio para su funcionamiento y cuyos residuos constituían un subproducto de inapreciable valor militar: el plutonio.

Tras la firma del TNP, el gobierno francés planteó al español sin tapujos la venta de una central de grafito-gas, la primera que París estaba dispuesto a instalar fuera de sus fronteras. Para el gobierno español y la cúpula militar del momento no sólo estaba claro que Francia no se oponía a la idea de que España poseyera una bomba nuclear, además denotaba una necesidad imperiosa del gobierno de París en este sentido, por lo que se llegó a un rápido acuerdo. Nacía el proyecto de la Central de Vandellós I,  (eso sí, con un compromiso de “uso pacífico” de las instalaciones), crucial para el desarrollo del programa de armamento nuclear del régimen, y cuyo desenlace veremos en una próxima entrega…

En colaboración con QAH| Rumbo a la Historia

Vía| ABC

Imágenes|Blog HistoriasWikimedia Commons

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