Cultura y Sociedad, Historia 


Edvard Munch, un alarido a la humanidad (I)

Si alguien pensaba que Van Gogh batía el récord del artista más desgraciado de la historia del arte, es que no conoce a Edvard Munch, cuya vida nos convierte a cualquiera de nosotros en los seres más afortunados del planeta.

Edvard era hijo de Christian Munch, un médico del ejército y Laura Catherine Bjölstad.Tenía cuatro hermanos: Sophie (la mayor), Andreas, Laura e Inger, nacidos en Kristiania, la actual Oslo.

Su madre padecía tuberculosis antes incluso de casarse (Munch recordaba sus esputos de tos manchados de sangre en su pañuelo desde pequeño), lo que la llevo a la tumba cuando Edvard sólo tenía cinco años, siendo además testigo de su muerte junto con su hermana Sophie. 

Munch quedó traumatizado: se sentía perseguido por la condenación y la muerte, despertando en mitad de la noche gritando “¿Estoy en el infierno?”.

A todo esto hay que añadir que cada invierno enfermaba de bronquitis y más adelante empezó a toser sangre como su madre. Él superó la enfermedad, pero su hermana Sophie no tuvo tanta suerte muriendo a los quince años.

Sorprendentemente Munch se evadía de las desgracias que inundaban su hogar a través de la pintura, pero su padre veía el arte como algo bohemio y pecaminoso, de manera que obligó a su hijo a estudiar ingeniería.

Pero afortunadamente Munch se negó, matriculandose en la Escuela de Dibujo de Oslo. Sin embargo, lejos de dedicarse a un estilo academicista que le habría garantizado alguna beca y que le podría haber servido para la venta de sus obras, Munch se dedicó a los aspectos más extremos de la pintura. Además, en esta época empezó a frecuentar un grupo de bohemios que leían a Nietzsche y que abogaban por el suicidio.

Nadie comprendía su arte y Munch encontraba escasas fuentes de apoyo en su hogar, donde su padre no hacía más que rezar por su alma y su hermana Laura vagaba entre alucinaciones y paranoias presa de una esquizofrenia temprana.

En 1889 muere su padre, lo que sume a Edvard en la más profunda desolación, llegando a escribir en sus diarios “vivo con la muerte”.

A toda esta cadena de desgracias hay que añadir que a Munch no le gustaba sentirse acompañado por nadie, y menos, por mujeres. A la hora de representarlas seguía dos esquemas: seres frágiles y débiles (la representación  menos común) o como bestias vampíricas dispuestas a chupar la sangre a sus víctimas hasta la muerte.

Como no podía ser menos, también tuvo una mala experiencia con una mujer. Después de una breve relación comenzada en 1898, Munch decidió dejarla, pero ella no lo aceptó persiguiéndolo por toda Europa, causándole un miedo atroz a la compañía femenina.

A estas alturas de la película sus cuadros se  vendían sin problemas, pero la salud de Munch no estaba atravesando por su mejor momento: empezaba a ser presa de la enfermedad que se había cobrado la vida de su hermana Laura, sufriendo alucinaciones. Los médicos le diagnosticaron parálisis alcohólica, resultado del envenenamiento por alcohol de su sistema nervioso.

Finalmente, la Segunda Guerra Mundial trajo privaciones, teniendo que trasladarse a una casa en la costa en la que viviría hasta su muerte (acompañado de su familia) un mes antes de cumplir ochenta años.

Pero aun tenía reservada otra sorpresa para el mundo: en una habitación del segundo piso (a la que no dejaba acceder a nadie) se encontraron amontonados  1008 cuadros, 4443 dibujos, 15391 láminas, 378 litografías, 188 aguafuertes, 148 grabados en madera, 143 piedras litográficas, 155 placas de cobre, numerosas fotografías y todos sus diarios.

Afortunadamente, este niño del que ni siquiera se esperaba que superara la infancia, llegó a vivir hasta los ochenta años, superando tendencias suicidas, nazismo y un sinfín de enfermendades y desgracias de las que fue presa a lo largo de toda su vida.

¿Quién le iba a decir al frágil Edvard que su obra maestra sería copiada en tazas de café o en un episodio de Los Simpson?

Vía| Munch

Imágenes| Familia, Mujer

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