Coaching Profesional 


Dulce lugar

 

Ésta sería la última vez que le encomendasen el mismo trabajillo. Ya había avisado a Marcos de su decisión y no iba a dar marcha atrás. Pronto volverían los tiempos dorados de los que nunca debió haberse escapado. Pero, ahora, al caso. Los cadáveres debían llegar al lugar acordado antes de las tres; así que hizo el esfuerzo, una vez más, de cargar los bultos en la camioneta y borrar las evidencias del crimen.

¡Cuántas aventuras había vivido con esta camioneta! El olor a rancio que desprendían sus asientos le provocaba nostalgia. Estaba convencido de que la echaría de menos. Encendió el motor y se giró para dar marcha atrás. ¡Mierda! El parabrisas trasero se había manchado de sangre y llamaría demasiado la atención. Se bajó por tercera vez de su mascota mecánica y abrió la puerta trasera.

Un mechón pelirrojo asomaba entre los plásticos. ¡Una lástima! La chica era mona, pero se pasó de lista con jueguecitos de detectives… ¡Qué cabrón el Simón! Cómo habrá disfrutado mientras la tenía sujeta por la espalda, cerca de él, indefensa… desprendiendo ese olor a adrenalina que penetra las fosas nasales y te embarga de sopor y deseo. ¡Ja! Se acordaba, después de la última vez seguía acordándose de esa sensación. Gajes del oficio, será… ¡Joder, otra vez esa nostalgia! Volvió al asiento trasero, encendió el motor, puso la radio y enterró el acelerador.

El camino se estaba haciendo demasiado largo, y más estrecho de lo que recordaba. Bajó  la música. A estas horas, el sonido del agua chocando contra las piedras era una auténtica maravilla. Música para los sentidos. Había llegado. Sus invitados disfrutarían del lugar más hermoso en el que habían estado nunca. Si al final eran afortunados, los jodidos. Abrió de nuevo la puerta trasera de la camioneta y, uno a uno, los precipitó al vacío. Es un final dulce, en un dulce lugar, pensó.

Imagen| Google Images

RELACIONADOS