Coaching y Desarrollo Personal, Educación 


Duelo durante la infancia (I)

“ La única forma de vencer a la muerte, se da a través del duelo y es ese penoso proceso de preocupación por la persona que ha fallecido, ese duro trabajo de aflicción, esa tarea de recordar y mantener la imagen del que se ha ido, de rever su propia vida y la propia relación con él, para poder superar la existencia de su pérdida.”

Cadden, 1964

Sigmund Freud (1917/1957, en Espina, Gago y Pérez, 2005) fue el primero en elaborar una teoría del duelo clara y sólida. Afirmaba que el sufrimiento de la persona en duelo es debido a su apego interno con la persona fallecida. Sostenía que el objetivo del duelo es separar estos sentimientos y apegos del objeto perdido. Como resultado de un proceso de duelo, el “yo” queda liberado de sus antiguos apegos y disponible para vincularse de nuevo con otra persona viva. Es un trabajo doloroso que requiere su tiempo.

Bowlby (1980, en Espina, Gago y Pérez, 2005; Yoffe, 2002), siguiendo la Teoría del Apego, ha realizado valiosas aportaciones al estudio del proceso de duelo, llegando a la conclusión de que se podía encontrar un sentido continuo de la presencia de la persona fallecida después de su muerte en numerosas personas sanas.

En un sentido más amplio podemos entender el duelo y procesos de duelo como el conjunto de representaciones mentales y conductas vinculadas con una pérdida afectiva.

Sipos y Solano (2002, en Apriz, 2006), afirman que el duelo en los/las niños/as, presenta unos rasgos peculiares determinados por las características propias de la infancia: se trata de una etapa en la que el carácter y los recursos personales del individuo están en proceso de desarrollo y existe por lo tanto, una gran dependencia del adulto para afrontar y resolver las situaciones problemáticas. En consecuencia, la reacción de un/a niño/a frente a la pérdida, es decir, el duelo, dependerá del momento evolutivo y también de circunstancias externas y en especial de la situación y actitud de los adultos que rodean al niño/a. Las experiencias de pérdida son parte integrante del desarrollo infantil y la manera en que se resuelven estas situaciones determinará la capacidad de afrontar y resolver experiencias de pérdida posteriores.

En general se admite que la muerte o pérdida (separación / abandono) de uno de los progenitores constituye uno de los mayores estresores a los que un niño/a debe enfrentarse (Apriz, 2006).

Los estudiosos de la conducta infantil, han manifestado que los/las niños/as por debajo de los tres años, aunque su expresión conductual del duelo no sea tan elaborada como en otras edades, sufren un impacto emocional ante la pérdida de un ser querido (sobre todo de la madre o del padre) verdaderamente grande, y sus repercusiones en la vida futura son impredecibles.

Generalmente un niño/a menor de 5 años de edad, aún no entiende los tres componentes fundamentales de la muerte (irreversible, ausencia de funciones vitales y universal). Es por ello que consideran a la muerte un estado temporal como el dormir o marcharse. Además es una etapa que se caracteriza por el pensamiento mágico, creyendo muchas veces que se puede ver o escuchar a los difuntos, o bien que ellos o sus padres nunca van a morir.

Se considera que alrededor de los 5-7 años se establece el concepto de muerte, aunque aún “rudimentario”. Es alrededor de los 9-10 años cuando comienzan a pensar más como los adultos acerca de la muerte, pero todavía no pueden imaginarse que ellos o alguien que conozcan pueda morir (Apriz, 2006; Espina, Gago y Pérez, 2005).

La realidad de la muerte de un ser querido es difícil de aceptar no sólo para el niño/a sino para un adolescente y adulto. En los/las niños/as puede existir un pensamiento egocentrista que intente explicar la pérdida, por lo que en ocasiones pueden sentirse culpables y pensar que debido a algo que hicieron o dijeron, este ser querido murió (Apriz, 2006).

En opinión de Bolwby (1997, en Espina, Gago y Pérez, 2005), es habitual que después de una pérdida, los niños/as manifiesten ansiedad y estallidos de cólera. La ansiedad se debe a que el niño/a puede temer volver a sufrir una nueva pérdida, lo que le hace más sensible a toda separación de las figuras de apego. Algunos/as niños/as, se ponen furiosas por el mismo hecho de la pérdida. Es importante que la persona de referencia que sobrevive entienda que los estallidos de ira del menor se deben a la ausencia del fallecido y no lo culpabilice al considerar irrazonables sus enfados o atribuirlos a problemas de carácter.

Aunque es difícil saber hasta qué punto los niños/as son propensos a culpabilizarse espontáneamente por una pérdida, lo que parece evidente es que, si el padre/madre se enfadan con frecuencia con el niño/a, éste tendrá problemas de autoestima y será más vulnerable a la depresión.

Bolwby (1980/1983, en Espina, Gago y Pérez, 2005), divide el duelo en cuatro fases:

  1. Fase de embotamiento de la sensibilidad: el sujeto se siente aturdido y le cuesta aceptar la realidad
  2. Fase de anhelo y búsqueda del objeto perdido: aparece anhelo intenso, llanto, inquietud, insomnio, cólera… como respuestas a la necesidad de recuperar a la persona perdida.
  3. Fase de desorganización y desesperanza: es frecuente la aparición de momentos de gran tristeza
  4. Fase de reorganización: la aceptación de la pérdida conlleva una reorganización de sí mismo y de la situación, haciendo que se desempeñen nuevos papeles o habilidades.

El duelo normal suele durar entre uno y dos años. Durante este o a posteriori, es conveniente estar atentos a la aparición de algunos signos de alerta como (Apriz, 2006):

  • Llorar en exceso durante periodos prolongados
  • Rabietas frecuentes y prolongadas
  • Apatía e insensibilidad
  • Un periodo prolongado durante el cual el niño pierde interés por los amigos y por las actividades que solían gustarle.
  • Frecuentes pesadillas y problemas de sueño.
  • Pérdida de apetito y de peso.
  • Miedo de quedarse solo.
  • Comportamiento infantil (hacerse pis, hablar como un bebé, pedir comida a menudo…) durante tiempo prolongado.
  • Frecuentes dolores de cabeza solos o acompañados de otras dolencias físicas.
  • Imitación excesiva de la persona fallecida, expresiones repetidas del deseo de reencontrarse con el fallecido.
  • Cambios importantes en el rendimiento escolar o negativo de ir a la escuela. Hay que ser completamente honestos con el niño/a.

Estos signos nos indican que algo puede no estar yendo bien durante el proceso de duelo por parte del menor y debemos saber qué ocurre, y trabajarlo para evitar que haya una afectación mayor en la vida del niño/a.

Acompañar a un niño/a en duelo significa ante todo no apartarle de la realidad que se está viviendo, con el pretexto de ahorrarle sufrimiento. Incluso los niños más pequeños, son sensibles a la reacción y el llanto de los adultos, a los cambios en la rutina de la casa, a la ausencia de contacto físico con la persona fallecida…, es decir, se dan cuenta que algo pasa y les afecta.

W. C. Roen (Apriz, 2006), propone no olvidar, que dicho “El tiempo lo cura todo”, no se aplica en el caso de los niños/as que sufren la pérdida por muerte de un ser querido. El paso del tiempo ayuda a calmar la intensidad del dolor y desdibujar los recuerdos, pero en sí mismo, no es “curativo”. Dicho autor, da unos consejos que interesa tener en cuenta mientras se ayuda a los/las menores a superar el duelo; entre dichos consejos están intentar ser paciente pero firme, fomentarles una autoestima positiva, dejarles elegir, enseñarles a resolver los problemas, mantener la familia unida, y sobre todo, darles permiso para ser felices.

 

Vía|Apriz, I. (2006). El duelo, cómo ayudar a los niños/as a afrontarlo. Bilbao: Escuela Vasco-Navarra de

Terpia familiar.

Espina, A., Gago, J., & Pérez, M. (2005). Sobre la elaboración del duelo en terapia familiar. Revista de psicoterapia, 4(13), 77-87.

Yoffe, L. (2002). El duelo por la muerte de un ser querido: creencias culturales y espirituales.

Imagen| Duelo en la infancia

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