Historia 


Dr. Livingstone, más allá de la anécdota

David Livingstone

David Livingstone

No existieron grandes diferencias entre las motivaciones que llevaron a las grandes potencias europeas a conquistar Africa y las que empujaron a España en su conquista de América. Primero, un interés comercial. No era oro y plata, que también, sino los ingentes recursos del continente negro y el mercado que suponía. Segundo, un celo religioso, misionero, por conquistar para el Señor las almas paganas de millones de personas. En el caso africano, los mismos misioneros fueron los exploradores de estos territorios desconocidos para el hombre blanco. Precisamente David Livingstone, el explorador de exploradores por antonomasia, era uno de esos misioneros protestantes que llevaron la palabra de Dios a los negros africanos.

Livingstone era un escocés de humilde origen que se abrió camino a fuerza de voluntad, compaginando desde niño el trabajo en una fábrica de algodón, con los estudios nocturnos. Fue un autodidacta en todo. Aprendió latín casi solo y consiguió terminar la carrera de médico con gran esfuerzo, con la idea de convertirse en predicador evangélico, y se dio cuenta de que su tarea era la de convertir a los nativos al cristianismo, explorando el interior de Africa.

Durante 15 años realizó repetidas incursiones por el norte, más allá del desierto de Kalahari, muchas de ellas acompañado de su esposa, Mary Moffat, y sus tres niños pequeños. Cuando Mary dio a luz su cuarto retoño, el explorador-misionero llegó a la conclusión de que su familia necesitaba estabilidad, educación y seguridad. No era soportable una vida como la suya. En consecuencia los envió a Escocia. Una vez solo, Livingstone se sintió libre de ataduras para entregarse a fondo a su objetivo: “Abriré un camino hacia el interior o pereceré…”.

Recreación de uno de sus episodios en África

Recreación de uno de sus episodios en África

El 11 de noviembre de 1853 pártió rumbo noroeste desde Linyanti, una aldea makololo situada en el curso inferior del Zambezé. Le acompañaban 27 porteadores, canoas, una tienda, comida, ropa e instrumentos científicos. Cinco meses y medio más tarde, el 31 de mayo de 1854 alcanzaron Luanda (la actual capital de Angola), en la costa occidental africana. La apariencia de Livingstone se asemejaba a la de un futuro preso de un campo de concentración nazi: estaba en los huesos y sufría de fiebre y disentería. Había recorrido 2.778 kilómetros por tierras en las que nunca antes había puesto su pie un hombre blanco. A través de selvas y pantanos habitados por tribus hostiles y violentas.

Una vez recuperado, en vez de volver por mar, Livingstone decidió realizar el viaje de regreso por tierra. En parte porque quería devolver a sus hombres a sus familias, y en parte porque no estaba contento con la ruta que había tomado a la ida. Casi le costó la vida. En su viaje de vuelta vomitó mucha sangre, una rama puntiaguda casi le dejó ciego y un ataque de fiebre reumática le causó una sordera parcial. Pero los makololos le dieron una bienvenida de héroe cuando llegó a Linyanti el 13 de septiembre.

No invirtió mucho tiempo en descansar y recuperarse. A las siete semanas estaba otra vez en movimiento, esa vez en dirección este. En mayo de 1856 alcanzó Quilimane, en Mozambique, habiendo descubierto en el curso superior del Zambezé las cataratas Victoria, situadas entre Zimbabue y Zambia, no muy lejos de una ciudad que hoy lleva el nombre del explorador. Eran las cataratas más grandes del mundo, con un volumen de agua cuatro veces superior a las del Niágara, con un borde de kilometro y medio de largo y una altura de más de cien metros. “Es la vista más maravillosa de todas las que he visto en Africa” afirmó.

Dr. Livingstone in Africa, un libro de referencia

Dr. Livingstone in Africa, un libro de referencia

No dejó en ningún momento de estar al lado de los oprimidos y en contra de los traficantes de esclavos, y publicó varios libros sobre sus aventuras. En 1866 partió, como muchos exploradores antes que él, para encontrar la verdadera fuente del Nilo. Livingstone no paró en su empeño, pero no llegó a encontrarlo. Su salud estaba hecha una ruina. Padecía de malaria, estaba esquelético y los dientes se le caían…

A partir de aquí, estuvo sin dar señales de vida durante varios años. En Inglaterra y Estados Unidos se especulaba con que podía haber muerto. Con este fin, encontrar al desaparecido doctor, el periódico neoyorquino, New York Herald, envió a su reportero estrella, Henry Morton Stanley, a Africa. Tras una larga odisea, plagada de mortales peligros, Stanley, al mando de una gran expedición, con siguió entrar en Uyiyi al mediodía del 10 de noviembre de 1871. El periodista iba vestido con traje de franela, recién planchado, y llevaba puestas unas botas muy bien lustradas. Estaba nervioso. En el centro de la plaza del poblado se encontró con un anciano blanco, muy desmejorado de aspecto, que le esperaba de pie. Entonces se produjo el mítico encuentro. Stanley se quitó el salacof, se inclinó y dijo:

-¿El doctor Livingstone, supongo?

-Sí.

-Doctor, doy gracias a Dios por haberme permitido encontrarlo.

La verdad es que fue un milagro. Livingstone se encontraba en las últimas. No hubiera podido resistir mucho más. El doctor Livingstone y Stanley se hicieron grandes amigos, al modo de un maestro y su discípulo. Livingstone era un hombre que cautivaba por su saber, su sencillez y su bondad. Una vez repuesto quiso que su nuevo amigo le acompañara a explorar el lago Tanganika, juntando las dos caravanas, y Stanley, que no deseaba otra cosa, aceptó con gran alegría. Al llegar a su fín, los dos hombres se separaron. Livingstone se negó a volver a Inglaterra con él. Todavía le quedaban las dos asignaturas pendientes: certificar que había encontrado las fuentes del Nilo y acabar con el tráfico de esclavos. Sin embargo, su salud se resentía. Dieciocho meses después, en Ulala, la disentería crónica acabó con su vida.

Sus sirvientes negros, Susi y Chuma, enterraron su corazón y sus entrañas al pie de un árbol, en el que escribieron: “El doctor Livingstone murió el 4 de mayo de 1873”. El cadáver lo secaron al sol. A continuación, con muchísimo cuidado, lo envolvieron en tiras de percal y corteza de árbol y lo cosieron en una pieza de lona. Amortajado de esta improvisada manera, lo transportaron hasta la costa. Fue una caminata de 1.600 km., en su mayoría por territorio hostil, y tardaron más de un año en completarla. Desde la costa fue llevado en barco hasta Inglaterra, donde descansa en la Abadia de Westminster… Stanley también tuvo su historia, que contaremos algún día…

En colaboración con QAH | Historias de nuestra Historia

Vía | Dr. Livingstone in Africa y Pasajes de la Historia

Imágenes | biography.com, murder is every where, amazon

En QAH | ¿Porqué los medios informan tan mal sobre África?,

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