Historia 


¡Doscientos años de Historia nos contemplan!

Napoleón escapó de Elba con ganas de bronca. Aún debía escocerle la calamitosa campaña rusa, la derrota en Leipzig, su rendición incondicional, el consiguiente abdique y la restauración de la monarquía bajo un grasiento Borbón (mon Dieu!, enfants de la Patrie, après tout…), cuando desembarcó en la France para reclamar lo que consideraba propio. El corso no quería terminar sus días sin ver cumplido el sueño de instaurar un eterno imperio francés y regresó a la Ville lumière con el propósito de conseguirlo dando comienzo al periodo histórico de los Cien Días.

Al son de los tambores, el Empereur se aprestó para la batalla dirigiéndose al Este con la intención de reconquistar el continente, aún a sabiendas de que, tras mucho tiempo ‘molestándole’, por fin habría de enfrentarse cara a cara con su aristocrática némesis, Arthur Wellesley, el I Duque de Wellington. Dos de los estrategas más brillantes de la historia iban a verse los bicornios en tierras belgas, el destino de Europa estaba en liza. Ocurrió hace dos siglos, el 18 de junio de 1815. Con la sola mención del nombre del lugar donde se batieron los ejércitos, al igual que ocurre con Azincourt o Dien Bien Phu (y tantísimos que, como es lógico, no constan en el Arc de Triomphe), les aseguro que aún se sacan muecas retorcidas a nuestros vecinos del Norte. Pruébenlo, miren fijamente a un francés a los ojos y pronuncien pausadamente: Waterloo

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La colina artificial de la Butte du Lion preside en la actualidad el campo de batalla como una suerte de túmulo funerario en honor de los caídos belgas y holandeses. Pese a las fantásticas vistas que ofrece del lugar donde se produjo el enfrentamiento, el monumento altera considerablemente la correcta perspectiva del mismo. Si la visitan no dejen de pasarse por el Wellington Bar sito a sus pies, la cerveza local -‘Waterloo. Triple 7’- bien merece una paradita…

En rigor cabe decir que esta batalla, la más sangrienta de todas las guerras napoleónicas, en realidad duró 4 días y hubo enfrentamientos en varios lugares, si bien es cierto que hasta las horas finales de la última jornada y en los campos de aquel lugar no quedó resuelta con el final que todos conocemos: la derrota definitiva de monsieur Bonaparte (aur revoir, mon ami!).

Rusia, Austria, Gran Bretaña y Prusia, tras el regreso de Napoleón a París, se coaligaron para declararle la guerra -no a Francia como Estado, sino a él como persona– y organizaron sus ejércitos para marchar hacia la ciudad del Sena. El corso, por su parte, que había intentado establecer con cada gran potencia ‘acuerdos de paz’ (léase momentánea), ante la respuesta negativa salió a su encuentro presto a atacar preventivamente a las fuerzas enemigas que por su proximidad mayor peligro le suponían. Pese a que velocidad y el factor sorpresa estuvieron de su parte, la celeridad jugó en su contra ya que no pudo organizar a su menguado ejército de la forma más óptima; eso sí, cuando la Grande Armée se plantó en Bélgica el 15 de junio ¡lord Wellington estaba de bailoteo en Bruselas!

Al día siguiente, el Empereur recurrió a un clásico de la estrategia militar: divide y vencerás. Un tercio de su ejército, al mando del mariscal De Grouchy, atacó y puso en retirada a los prusianos de Von Blücher en Ligny. La otra ofensiva, lanzada contra los británicos en Quatre Bras, ocasionó a éstos graves apuros. De haber arremetido con más celo y perseguido a los que huían hasta su exterminio tal vez ahora estaríamos cantando la Marseillaise, pero no fue así… Bonaparte tuvo en su mano la victoria durante la primera jornada pero no la supo aprovechar y, paradójicamente, el daño que infligió a su enemigo dividiéndole también se lo causó a sí mismo al desprenderse de una tercera parte de sus huestes.

Aunque el día 17 acaecieron otras escaramuzas que prologaron la gran degollina que se avecinaba, quizá lo más significativo de aquella fecha sea la torrencial lluvia que se produjo durante la noche y convirtió el campo de la batalla en un resbaladizo lodazal.

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Fachada del cuartel general de Wellington en Waterloo. En la actualidad es un museo dedicado a su persona y a la batalla. Entre los tesoros que alberga está la cama en la que el irlandés echó una cabezadita durante las noches del 17 y el 18 de octubre de 1815 (atestiguo que el somier no es ergonómico).

Cuando amaneció el 18 el cielo estaba despejado pero la impedimenta chorreaba. Mientras que alguno podría ver en el barro y la humedad un hándicap, el genial Duque de Wellington se marcaba un tanto a su favor, ya que estos factores dificultarían severamente el movimiento y la potencia de la afamada y letal artillería napoleónica (Bonaparte se refería a sus cañones como “mes enfants”). Napoleón, consciente de ello, perdió un precioso tiempo esperando a que el suelo se secara mientras aguardaba también el regreso de De Grouchy, más siendo sabedor de que, quizá, las fuerzas del enemigo dispersadas dos días atrás también podrían reagruparse y unirse a la contienda.

Unos 100.000 soldados por cada bando se dispusieron enfrentados sobre dos altozanos que flanqueaban un valle, si bien los ingleses estaban posicionados sobre una colina más elevada que su oponente y tras ella podían maniobrar a su antojo sin ser vistos. Wellington, desde este terreno favorable, organizó una estrategia defensiva de contención a la espera de los prometidos refuerzos prusianos con los que asestar el golpe definitivo. Entre ambos ejércitos, en la planicie que hoy podríamos llamar “tierra de nadie”, existían tres granjas, Papelotte -en el flanco izquierdo británico-, la Haye-Sainte -en su centro- y Hougoumont -en la derecha- que el Duque transformó en reductos artillados de primera línea destinados a impedir un ataque directo contra las tropas inglesas.

Fue con el asalto a uno de estos, la maniobra de distracción sobre Hougoumont, con el que se inició la batalla de Waterloo hacia las 11:30 a.m. Napoleón arremetió estratégicamente contra esta posición con la idea de forzar a Wellington a desviar efectivos para socorrer el flanco, menguando así el centro que habría de contener el ataque frontal. Sin embargo, los fusileros ingleses -armados con los precisos mosquetes de cañón estriado- repelieron el primer ataque…por el momento, ya que las pugnas en las granjas habrían de prolongarse durante toda la jornada a un altísimo coste de bajas.

Poco después comenzó la ‘verdadera’ batalla con la apertura de una intensa salva de artillería francesa con el propósito de dejar el camino expedito para un ataque frontal a campo abierto. Atronando, obuses y metralla surcaron el cielo hasta impactar contra las casacas rojas que, con flema británica, soportaban impertérritas la lluvia de hierro aguardando la embestida de la Grande Armée. El ataque principal no tardó en producirse. Oleada tras oleada, ordenadas columnas de soldados azules subieron la cuesta que les separaba de sus enemigos. Allí, a costa de muchas vidas, los franceses fueron rechazados por las efectivas y delgadas líneas inglesas gracias a su mayor potencia de fuego, ya que por su alargado despliegue todos los hombres eran efectivos. Tras esto, Wellington ordenó una épica contracarga a los Highlanders y a la caballería de los Scots Greys. Los regimientos montados, al son de las gaitas y al grito de ¡Escocia siempre!, atacaron temerariamente las posiciones artilleras francesas hasta que la aparición de la caballería enemiga, mayor en número, provocó su repliegue. En su retirada, la mayor parte, serían exterminados…por la espalda.

Napoleón persistió en el centro atacando la Haye-Sainte, pero la Legión Alemana del Rey defendió la granja enconadamente. Ofuscado por el empate táctico, un achacoso Boney se retiró momentáneamente del campo de batalla delegando el mando en su segundo, el mariscal Ney, ‘le Brave des braves’. Craso error. Wellington ordenó un repliegue estratégico tras la loma que fue interpretado por el francés como una retirada. Emocionado ante la idea de masacrar a un ejército en desesperada estampida, Ney ordenó una carga de caballería para hacer Piccadilly a los ingleses. Órdago a la grande. Más de 10.000 jinetes, sin apoyo alguno, se abalanzaron contra el enemigo. El suelo retumbó en Waterloo mientras los fustigados equinos subían la cuesta…pero al otro lado de la misma encontraron metralla y a la disciplinada infantería británica dispuesta en cuadros defensivos erizados de bayonetas. Una y otra vez cargaron a las bravas y fueron repelidos (sin duda la mejor escena de la gran película de Sergei Bondarchuk) hasta que desistieron de su empeño suicida.

Cuando finalmente la Haye-Sainte cayó parecía que la balanza se decantaba en favor de los franceses…pero de pronto, en la lontananza, se divisó un oscuro ejército. Napoleón tenía la esperanza que fuesen los soldados azules comandados por De Grouchy, Wellington los uniformes negros de los prusianos de Von Blücher. Quiso la parca que se tratase de estos últimos y que tuviesen vengativas órdenes estrictas de no hacer prisioneros.

Hacia las 19:30 dio inicio el acto final de la tragedia. A Napoleón sólo le quedaba el postrer recurso de la Guardia Imperial, ellos nunca se retiraban. Los curtidos veteranos ascendieron pausadamente la colina donde se encontraba el enemigo. Tras ella, de nuevo, Wellington ocultó al grueso de su ejército para darles el good evening con varias andanadas de metralla y fuego de fusilería. A la señal del Duque, su bicornio levantado al cielo, los ingleses cargaron a la bayoneta contra la gloria de las huestes francesas… ¡poniéndolas en retirada! Con la vieja Guardia retrocediendo, Bonaparte había perdido la batalla y –oh, là là, Sire- a uña de caballo huyó  hacia París. Decenas de miles de heridos, mutilados y muertos se esparramaban en un insignificante lugar llamado Waterloo, el cual, a partir de esta fecha, habría de convertirse en tristemente inmortal.

Así terminó la idea de un imperio francés. A Napoleón, que ganó muchas batallas pero finalmente perdió la guerra, tras solicitar asilo a los ingleses (!), se le confinó en San Elena hasta su muerte. Ney murió ante un pelotón de fusilamiento. Von Blücher siguió dándose a la botella y las mujeres hasta el fin de sus días. Y el invencible Wellington, henchido de fama, llegó a ser Primer Ministro.

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Escultura ecuestre del Duque junto al arco que lleva su apellido en el Hyde Park Corner de Londres.

Hoy día, su figura de gentleman es honrada en el empíreo de los héroes de Inglaterra. Pero su gloria, ganada a pulso en el campo de batalla luchando contra el enemigo, ha de hacernos reflexionar. Estuvo a un tris de no conseguirla: pese a sus otras victorias, para el Duque, sin Waterloo, no habría paraíso…

En honor del soldat Tolón que tuvo la inteligencia de escapar a tiempo.

 

Vía| FLETCHER, I., A desesperate business. Wellington, the British Army and the Waterloo campaign, Stroud, 2001; GLOVER, M., Warfare from Waterloo to Mons, London, 1980; KEEGAN, J., The face of battle. A study of Agincourt, Waterloo and the Somme, London, 1976; PERICOLI, U., Uniformes des Armées de Waterloo 1815, Lausanne, 1973; ROBERTS, A., Waterloo. Wellington frente a Napoleón, Granada, 2003; WOOTTEN, G., Waterloo 1815. The birth of Modern Europe, Oxford, 1992.

Más información| Novelas históricas: ARENAS, I., Álava en Waterloo (2012); CORNWELL, B., Sharpe en Waterloo (1990); SCARROW, S., Revolución. Tetralogía sobre Napoleón y Wellington (Sangre joven [2007]; Los generales [2008]; A fuego y espada [2009]; Campos de muerte [2010]). Con motivo del bicentenario de la célebre batalla, en Waterloo y sus inmediaciones durante varios días, van a realizarse numerosos actos conmemorativos así como una pormenorizada recreación con cientos de figurantes. Nuestros lectores pueden hallar más información sobre estos actos en la página web: www.waterloo2015.org. La página web del vanguardista proyecto de investigación arqueológica, Waterloo Uncovered, proporciona un novedoso punto de vista sobre el enfrentamiento a partir de a los vestigios materiales del mismo.

Imágenes| Todas las fotografías han sido realizadas por el autor en Waterloo y Londres.

En QAH| La Batalla de Waterloo, el fin del imperio napoleónico; Rothschild y Waterloo, el poder de la información; Borodino, ¡Mi imperio por un resfriado!

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