Historia 


Don McCullin: el verdadero rostro de la guerra

El mundo y la historia de los hombres saben de sobra la crueldad innata que desprende la guerra. Virgilio, poeta romano, ya exclamaba a viva voz en La Eneida, el horror y la tristeza que se desprendía de las guerras, el llanto de las madres cuando enviaban a sus hijos a una muerte casi segura, el fruncido ceño del veterano que veía partir a su único hijo a un mundo de tinieblas del que él apenas logró salir.

Se suele apreciar, sobre todo en campos como la Historia una somera diferencia entre la historia escrita por los vencedores y la que cuentan o pueden contar los vencidos. Recuerdo la expresión romana Vae victis -¡Ay de los vencidos!- que engloba en dos palabras un sentir de futilidad y desasosiego por parte del derrotado, como viendo que tras la capitulación no hay esperanza. De ser así, esa historia escrita por los conquistadores, coparía el entero pasado, presente y futuro del hombre sin que nadie pudiera remediarlo, como una suerte de rodillo temporal que demoliera con inquina las esperanzas de aquellos que no pudieron sobreponerse a un enemigo superior.

Pero, ¿Y si pensáramos en las guerras como un ente casi corpóreo e individual que se pudiera disgregar de todo lo demás como un micro-mundo en el cual combaten unos pocos para el devenir de muchos? Don McCullin, reportero de guerra inglés, consiguió exactamente eso mismo, dedicando toda su vida a ir de conflicto en conflicto para narrar aquello que el “mundo de los vencedores o primer mundo” se negaba a ver de los conflictos que, durante esa época, asolaban Vietnam, el Congo o Beirut; donde se cometían crímenes contra la humanidad de una forma tan cotidiana como el minero que pica en la cantera para ganarse el sustento.

Gracias a este hombre, se enviaron imágenes de las más injustas guerras a los hogares de los europeos, americanos o chinos que se levantaban cada día para ir al trabajo y en la prensa veían una imagen de McCullin recordándoles que no se puede correr un tupido velo sobre lo que ocurre en el mundo, aunque tu tengas agua caliente todos los días y estés inmerso en esa burbuja individualista que ahora mismo, corroe nuestra era.

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Imagen tomada por McCullin en la guerra de Chipre de 1964.

McCullin, en una famosa entrevisa a la BBC postuló que cada fotografía que él realizaba era única y transmitía un sentimiento único a la par. Él quería lograr con cada instantánea que el espectador, al ver la imagen se sobrecogiera de dolor y se parara a pensar en el sufrimiento que un humano como él, estaba experimentando en la otra punta del mundo. Ese era exactamente el problema del cinismo de ese momento, la otra punta del mundo. Que la distancia detenga las balas por mí.

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Soldado americano en Vietnam tras el impacto de un obús a escasos metros de su posición.

John Keegan, famoso historiador militar británico ahora fallecido, comenzó su libro “El Rostro de la Batalla” con una frase muy sincera, diciendo que él jamás había estado en una batalla y no podía hablar desde dentro, pero sin embargo escribía sobre la guerra, los sentimientos del hombre en combate, el generalato o el ethos castrense que une a los hombres en batalla. McCullin por su parte, sí que vivió toda su vida bajo el silbar de las balas, en primera línea de batalla con soldados americanos, ingleses, congoleños e incluso muyahidines. Si uniéramos en uno los libros no empíricos de Keegan con la experiencia vital de McCullin podríamos, y digo tan solo, imaginarnos un ápice de la desolación y aberraciones que realiza un ser humano cuando se cree el eslabón más fuerte de la cadena, tratando a la muerte como un cercano amigo que viene a saludar tan solo una vez. Eso hace que te vuelvas inmune al dolor como postularía el ya anciano McCullin, ves a la muerte ir a visitar a todos aquellos con los que compartiste un cigarrillo, viendo como no te encariñas con nadie porque sabes que puedes o morir tú o morir él en cualquier momento.

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Soldados americanos ayudando a un compañero herido. McCullin tomó esta foto debido a que el soldado que está siendo transportado, le recordó a Jesucristo cuando lo bajaron de la cruz en el Gólgota. McCullin no creía en Dios.

El fotógrafo se preguntó muchas veces el motivo de su adicción a la guerra, como el mismo lo intitula. El reflejar el mal para lograr el bien, era una de sus metas, una meta que le causó una gran cantidad de críticas debido a una situación que el lector ya habrá entrevisto. McCullin, en la contienda, no podía ayudar a los necesitados, no podía ayudar a los heridos, no podía mostrar ninguna animadversión por los prisioneros enemigos que iban a ser ejecutados delante de sus ojos. Él dijo, me sentía como un cínico, ellos me veían y pedían ayuda, lo último que querían era que inmortalizase su sufrimiento, por eso me volví como un fantasma, un espíritu al que no puedes ver pero que está ahí, así logré sacar mis fotografías de la forma más humana posible.

Por esa misma razón, rodeado de sufrimiento como estaba y de constante muerte y desolación, McCullin comprendió la definición de empatía, dolor, no un dolor cotidiano, sino el verdadero significado del sufrir cuando acaban con la vida de un hijo delante de tus ojos. McCullin, no quería retratar una victoria o una derrota de uno u otro ejército, él quería revelar tanto para sí como para el mundo que el hombre es malvado por naturaleza, pero aún con esa maldad en situaciones límite, podía encontrar no sin dificultades pequeños retales de bondad y amor que devolvieran su esperanza a una humanidad a la deriva, una incivilizada civilización que se jactaba de una supremacía líquida e inconsistente que no hacía sino apremiar su inevitable caída hacía una era de incertidumbre y preguntas sin responder; como diría Borges: somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rojos.

 

https://youtu.be/NV-RM-Th3Uk

 

En colaboración con QAH| Mundo Histórico

Vía| McCullin, Don. Unreasonable Behaviour, Vintage Books, England, 1990; Keegan, John. The Face of Battle, Jonathan Cape, London, 1976.

Imágenes| Desgracia en Chipre; Soldado en shock; apología a Jesucristo.

En QAH| ¿Por qué la Estupidez, Erasmo?

 

 

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