Neurociencia 


Doctor, ¿él sufre?

chimpsDespués de una lesión cerebral, se producen cambios notables en la persona. Estos cambios o déficits pueden afectar, a grandes rasgos, al aparato sensoriomotor (hemiplejía, falta de coordinación o equilibrio, etc.), a las funciones cognitivas (pérdida de memoria, déficit de atención, etc) o al comportamiento (apatía, desinhibición, agresividad, etc.).

Si pedimos a un familiar de un paciente con daño cerebral que nos relate los cambios que éste ha experimentado como consecuencia de la lesión no tendrá dificultad en explicarlos pormenorizadamente.

¿Qué ocurre cuando hacemos esta misma petición al paciente que ha sufrido la lesión? Muy frecuentemente negará o minimizará sus déficits, no podrá determinar las limitaciones que le suponen y tampoco tendrá una perspectiva realista de su recuperación futura. Es decir, las percepciones que tienen paciente y familiar son muy distintas. Esta falta de conciencia de déficit o de enfermedad que presenta el paciente se denomina anosognosia.

A lo largo de mi experiencia clínica, de todas las preguntas que los familiares de pacientes con daño cerebral suelen hacerme, hay una que se repite con asiduidad y que me resulta especialmente importante debido a las implicaciones que conlleva. A menudo me preguntan: doctora, ¿él sufre?

Esta pregunta, que se refiere a conocer si el paciente es capaz de saber qué le pasa y cómo le afecta, nos lleva a revisar, aunque sea brevemente, conceptos tales como conciencia y autoconciencia, deteniéndonos especialmente en la conciencia de enfermedad.

Debemos distinguir entre estar y ser consciente. En el nivel inferior de conciencia se encuentra el estado de alerta o estar consciente y se refiere a un estado donde el sistema está receptivo para poder recibir información. Este aspecto de la conciencia se relaciona con la atención. En un nivel superior tenemos el ser consciente que se refiere al contenido de esta conciencia. Siguiendo a Prigatano, ser consciente, nos permite percibir la realidad que nos rodea de forma similar a como lo hacen los demás pero al mismo tiempo dando una interpretación privada, subjetiva y única de la experiencia.

La conciencia proporciona al individuo una sensación elaborada de su identidad y lo sitúa en un punto de su devenir autobiográfico, consciente del pasado vivido y con capacidad de proyectarse en el futuro, a la vez que conocedor del mundo que le rodea. En el nivel más superior encontramos la autoconciencia que controla la actividad mental, representa las experiencias actuales y las relaciona con las previas, utiliza el conocimiento para resolver situaciones novedosas y nos guía en la toma de decisiones (Tirapu, 2008).

La conciencia implica un estado emocional a la vez que un proceso cognitivo. Ante una lesión cerebral que afecta a las funciones cognitivas del paciente, mermando o desestructurando éstas, a la vez que repercute en las emociones, podemos suponer que la conciencia debe verse afectada en mayor o menor medida, de ahí que los pacientes presenten esta falta de conciencia de sus déficits.

Por lo tanto, bien por alteración de funciones cognitivas subsidiarias de la conciencia como la atención o la memoria, o bien por lesiones que afectan a la forma en que percibimos o interpretamos la realidad, encontramos a menudo situaciones en las que el paciente se nos presenta en un estado de indiferencia hacia lo que le ha ocurrido, e incluso con actitud despreocupada o excesivamente jovial ante su nueva circunstancia, para perplejidad de las personas que están a su alrededor.

Tenemos múltiples ejemplos clínicos de anosognosia como en la afasia de Wernicke donde el paciente no comprende cómo no es entendido a pesar de exhibir una jerga incomprensible, porque él piensa que habla correctamente. En la hemiplejía izquierda, por lesiones en el hemisferio derecho, el paciente cree que puede mover su miembro izquierdo. Podemos encontrar al paciente en silla de ruedas que ante la pregunta sobre qué va a hacer este fin de semana, contesta que va a jugar un partido de fútbol. En el Síndrome de Anton el paciente ciego cree que ve y describe de forma inventada lo que hay a su alrededor o se extraña de que la habitación está tan oscura.

Me gustaría terminar con el caso de un paciente que tuvo un TCE y al que traté durante años. Un día, años después de su accidente, cuando lograba dar con dificultad sus primeros pasos me dijo, “Estoy fenomenal, la gente que me vea por la calle pensará: ¿por qué lleva ese chico una muleta si no le pasa nada?”. He aquí su percepción sobre su estado. ¿Él sufre? Pues yo diría que afortunadamente mucho menos que los que estamos a su alrededor.

 

Imagen| anosognosia

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