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Disfrutar aprendiendo: Masiphumelele y su escuela-hogar

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Escuela

Hoy quería hablaros de una felicidad que hemos disfrutado y que disfrutamos días tras día sin ser, en muchas ocasiones, conscientes de ella. Me refiero a la felicidad que sientes cuando estás aprendiendo, cuando conoces a un grupo de iguales que comparten tus pasiones y tus intereses, con los que te sientes identificado y creas lazos de amistad y respeto. Esa felicidad que te hace crecer como persona, que te prepara para un mundo adulto, que hace que desarrolles disciplina y respeto hacia el resto y, especialmente, a la figura del maestro. Es esa felicidad que sentimos, desde que somos niños, cuando acudimos a la escuela, y posteriormente al instituto o a la universidad. Cuando nos sentimos parte de algo grande y, sin embargo, muchas veces nos quejamos de tener que acudir sin ser conscientes de todo lo que nos aporta.

A pesar de que para nosotros y para todas las personas que tienen la suerte de nacer en un país desarrollado, en un país con una educación gratuita o prácticamente exenta de coste, en una familia de nivel medio o alto, quienes tenemos la oportunidad de ir a clase desde que somos pequeños (al menos hasta el instituto); existen muchas sociedades, y muchas familias en otros países quienes no tienen la suerte de poder decir lo mismo. Y por ello, deberíamos sentirnos afortunados.

Aprendizaje

Aprendizaje

Como ejemplo, os quiero hablar de Masiphumelele, un poblado a unos 40 km de Ciudad del Cabo (Sudáfrica). Es un poblado pobre, en el que el 80% de los residentes viven en chabolas de escaso tamaño a pesar de albergar, normalmente, a familias de seis miembros. Las condiciones de vida son insalubres, por lo que la esperanza de vida ronda los 50 años. En este poblado, muchos niños no van a la escuela, bien porque sus padres no se podían permitir pagar los honorarios, o bien porque directamente no tenían interés en sus hijos y estos deambulaban por las calles hasta que los familiares regresaban de trabajar o buscar trabajo. Fue entonces cuando dos mujeres se propusieron emprender un proyecto escuela-hogar llamado “Extend the brightness”. Con el apoyo de familiares y amigos, de voluntarios y otras organizaciones como ONG, el proyecto se hizo realidad y cerca de unos 20 niños cada día acuden a esta escuela, más felices de los que les han visto nunca.

Por ello, debemos sentirnos afortunados de poder aprender, sentirnos agradecidos por las facilidades que contamos para ir a una escuela. Sentirnos felices por nosotros mismos y ayudar, para que estos proyectos sigan surgiendo y haciendo feliz a otras personas.

 

Imagen| conevyt

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