Ciencia, Neurociencia 


Dime cómo duermes y te diré qué tal vives

Dormir es una de las actividades básicas de los seres humanos y de cualquier ser vivo, de hecho, pasamos un 30% de nuestra vida durmiendo. Entonces si nos gusta tanto dormir y pasamos tanto tiempo haciéndolo, ¿por qué lo desconocemos?

El sueño y la vigilia forman los ritmos circadianos endógenos del ser humano, que suelen ser de un período algo superior a las 24 horas y corresponden con estar dormido y estar despierto. El sueño es un estado activo del cerebro (por eso soñamos) durante el cual descansamos, estamos en semiconsciencia, aumenta nuestro umbral de respuesta al medio y no realizamos movimientos voluntarios.

Dormir es básico para nuestra calidad de vida y las consecuencias de pasar una mala noche es que al día siguiente estamos cansados, erráticos, imprecisos, irritables, apáticos e, incluso, febriles. Dormir mal reduce nuestro rendimiento.

Durante el sueño recuperamos la energía perdida durante el día, reponiéndonos del desgaste físico y cognitivo. Además, también está estrechamente relacionado con una mejora en el rendimiento mnésico y en el nivel atencional, con la secreción de la hormona del crecimiento, con el desarrollo cerebral durante la infancia, con la reparación del sistema nervioso y con la longevidad (quienes no mantienen un sueño de calidad y las suficientes horas pueden acortar su esperanza de vida).

Por estos motivos debemos cuidar siempre nuestra calidad del sueño, pero especialmente cuando hacemos grandes esfuerzos físicos, esfuerzos cognitivos, durante la infancia y cuando estamos enfermos. De hecho, es nuestro cuerpo el que nos pide que descansemos más y mejor cuando estamos en estas situaciones. Es tan importante dormir que, al igual que comer, si no lo hacemos, podemos llegar a morir en casos extremos. Por tanto, ¿por qué no escuchar lo que nos pide nuestro cuerpo?

Los ciclos y tiempos de sueño no son estables durante nuestras vidas, como evidenciamos cuando comparamos cómo y cuánto duermen un niño y un adulto. El tiempo de sueño se va reduciendo progresivamente durante la infancia, desde las 20 horas diarias que duermen los neonatos, pasando a ser 14 horas a los 6 meses, 10 horas a los 2 años y 9 horas en la adolescencia (cantidad de horas que difícilmente se respetan en esta última agitada etapa).

A partir de la adultez nuestra forma de dormir cambia, por eso nos preguntamos: “¿Por qué ahora duermo peor, me despierto antes y me echo “cabezaditas” como mi abuelo?” De siesta

En la edad adulta dormimos peor porque el sueño se vuelve más ligero y fragmentado, tenemos más despertares nocturnos (aunque no los percibamos) y disminuye nuestro sueño profundo; nos despertamos y nos acostamos antes porque se produce un avance progresivo de la fase del sueño en el binomio sueño-vigilia dentro de los ritmos circadianos; y nos echamos siestecitas breves porque el ritmo sueño-vigilia vuelve a ser polifásico, al igual que en la infancia. Por eso te “quedas roque” leyendo el periódico o antes de comer. Además, todas estas características se agudizan paulatinamente a partir de los treinta.

Sencillamente, si no vigilamos una actividad que hacemos durante el 30% de nuestra vida, no podremos decir que nos cuidamos. Así que saneemos este aspecto básico del ser humano en la medida posible, pero no por medios farmacológicos que producen tolerancia, efecto rebote y sedación residual, sino usando tratamientos no farmacológicos que tienen efectos beneficiosos y duraderos. Así, debemos cuidar nuestro sueño al igual que mimamos nuestras relaciones sociales o nuestra alimentación.
* Vía y Más información| Atención Primaria de Calidad. Guía de buena práctica clínica en Patología del Sueño. Ministerio de Sanidad y Consumo.

* Imagen| No descansé muy bien, De siesta.

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