Derecho Penal 


Diccionario del Derecho Penal (I): el dolo

Cuando hablamos del derecho penal, es inevitable que hagamos referencia a un concepto que carece de una definición concreta por parte de nuestro ordenamiento jurídico: el dolo. En el ámbito penal, el Diccionario de la Real Academia de la lengua ha definido el dolo como “la voluntad deliberada de cometer un delito a sabiendas de su ilicitud”. Muchos estudiantes de derecho recordarán este concepto bajo la premisa “sabes lo que estás haciendo y quieres hacerlo”.Si acudimos al Código Penal no encontraremos una definición legal deIMG_0532 dolo. El principal artículo que nos aporta alguna información al respecto es el número 5, que señala que “no existe delito sin dolo o imprudencia”. Dolo e imprudencia, por tanto, se convierten en los dos pilares básicos del sistema penal de nuestro país. La diferencia es palpable y lógica, incluso para una persona lega en derecho. Dos son los elementos que, en mi opinión, distinguen un concepto de otro con carácter general: voluntariedad y actuación sujeta a un previo conocimiento de la ilicitud. Cuando hablamos de dolo, hablamos de la voluntariedad de realizar un hecho cuya ilicitud conocemos de antemano. En la imprudencia, sin embargo, la actuación es involuntaria y no está sujeta al conocimiento (pese a que este exista). Yo puedo saber que atropellar y  provocar un homicidio es un hecho ilícito y sin embargo conduzco a 100 kilómetros por hora en ciudad sin la intención de dar lugar a tales hechos. Sin embargo, es posible que mi objetivo sea provocar la muerte de alguien, sabiendo que en ese caso mi actuación está tipificada como delito.

La mayoría de los delitos de nuestro Código Penal tienen carácter doloso, especialmente en lo relativos de los delitos socioeconómicos. Si bien es posible provocar un homicidio por imprudencia, es complicado suponer que una estafa se pueda producir en los mismos términos, pues su esencia en puridad excluye la involuntariedad (utilización de maquinaciones engañosas). Todo esto ayuda a representar la importancia que tiene esta figura dentro de nuestro ordenamiento legal. A falta de regulación legislativa, el Tribunal Supremo ha intentado dar una definición de dolo que ayude a estructurar el sistema. Así, en su STS de 15 de marzo de 2007 definió el dolo como “conocer y querer los elementos objetivos del tipo penal”. A su vez, el Tribunal señaló que “lo relevante para afirmar la existencia del dolo penal es, en esta construcción clásica del dolo, la constancia de una voluntad dirigida a la realización de la acción típica, empleando medios capaces para su realización […] Esa voluntad se concreta en la acreditación de la existencia de una decisión dirigida al conocimiento de la potencialidad de los medios para la producción del resultado y en la decisión de utilizarlos”.

Si continuamos avanzando en el estudio del dolo, y de acuerdo a doctrina y jurisprudencia, podemos concluir que existen dos elementos fundamentales para su configuración: un elemento volitivo y otro elemento que se ha venido a denominar cognitivo. Estos elementos concuerdan con todo lo expuesto anteriormente. El elemento volitivo hace referencia a la voluntad o querencia de realización de las circunstancias del tipo legal mientras que el cognitivo supone la conciencia de estar actuando dentro de las circunstancias del tipo legal. Entre ambos elementos, además, es evidente que se establece un punto de conexión sobretodo en lo referente al dolo directo o de primer grado, pues se quiere actuar (elemento volitivo) conociendo que la actitud en cuestión es ilícita (elemento cognitivo).

¿Existe un único tipo de dolo? En absoluto. Generalmente se vienen distinguiendo por parte de la jurisprudencia tres tipos distintos de dolo. El primero de ellos es el conocido como dolo directo o de primer grado. Según palabras del Tribunal Supremo en su Sentencia de 11 de Febrero de 2015, en un supuesto de lesiones por imprudencia grave, el dolo directo está “constituido por el deseo y la voluntad del agente” de cometer el ilícito. En palabras más coloquiales, nos encontramos ante un dolo de primer grado cuando la producción de los efectos del tipo es el fin que el sujeto quería alcanzar.

El segundo tipo de dolo es el de segundo grado o dolo indirecto. En palabras de algunos autores este tipo supone que el autor dirige su accionar hacia un objetivo pero sabiendo que necesariamente se producirán también otras consecuencias que acepta o le resultan indiferentes. El supuesto clásico de este tipo es el del terrorismo. Al colocar una bomba para atentar contra una personalidad, por ejemplo, somos conscientes de que es posible que otras personas pasen cerca y mueran también. Es el dolo clásico que se da en los conocidos “daños colaterales”.

El último tipo de dolo es el más problemático de todos y es el conocido como dolo eventual. Su principal dificultad radica en la difícil diferenciación de la culpa consciente. De manera genérica, en el dolo eventual el autor de la acción representa en su mente como posible la producción del supuesto típico pero ignora la misma. La culpa consciente parte del mismo supuesto (no existe una voluntad clara de que se produzca el efecto). Para distinguir un supuesto de otro han surgido varias teorías, si bien es cierto que en España se ha impuesto la teoría del consentimiento. Dicha teoría viene recogida en sentencias como la STS 9268/2011, dictada siguiendo la teoría del famoso caso del “aceite de colza” (STS de 23 de abril de 1992), que señaló que “tal como se aprecia en los precedentes jurisprudenciales reseñados, esta Sala, […] ha venido aplicando en numerosas resoluciones un criterio más bien normativo del dolo eventual, en el que prima el elemento intelectivo o cognoscitivo sobre el volitivo, al estimar que el autor obra con dolo cuando haya tenido conocimiento del peligro concreto jurídicamente desaprobado para los bienes tutelados por la norma penal”, si bien es cierto que a continuación se señala que no se excluye el elemento volitivo del todo. En el Auto de inadmisión de Recuso de Casación de 10 de Octubre de 2003, el Tribunal fue más concreto al señalar que “en definitiva, el dolo eventual supone que el agente se representa un resultado dañoso, de posible y no necesaria originación y no directamente querido, a pesar de lo cual se acepta, también conscientemente, porque no se renuncia a la ejecución de los actos pensados”. En pronunciamientos posteriores, entre ellos la sentencia de 26 de Noviembre de 2013 en relación a otras, el Tribunal ha dado un concepto de dolo muy acertado al señalar que “obra con dolo quien, conociendo que genera un peligro concreto jurídicamente desaprobado, no obstante actúa y continua realizando la conducta que somete a la víctima a riesgos que el agente no tiene la seguridad de poder controlar y aunque no persiga directamente la causación del resultado del que no obstante ha de comprender que hay un elevado índice de probabilidad de que se produzca”. En resumidas cuentas, nuestros tribunales priman el “saber” frente al “querer” a la hora de identificar el dolo eventual.

Fuentes: Guía Jurídica Wolters Kluwer/ Imagen: El País

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