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Días perdidos

Ella es la razón por la que me despierto cada mañana, y, aunque las sábanas me abrazan y me piden que me quede, me destapo y me levanto. Es la razón por la que me lavo la cara, me afeito y me hago un café rápido. Siempre pendiente del reloj, para no perder el tren de todos los días, para compartir con ella el silencio del vagón. Salgo de casa y me enfrento al frío y a la oscuridad de esos días en los que aún no ha nacido el sol; ella se sube en la parada siguiente a la mía. A veces va escuchando música, otras veces leyendo un libro o uno de esos periódicos gratuitos que reparten a la entrada de la estación. El pelo castaño le cae en bucles sobre los hombros, como una cascada de agua fresca en medio de un monte. Lanza un bostezo, suspira, y sigue concentrada en lo suyo.

Mientras, yo pienso en todo lo que le diría si me atreviera, sentados alrededor de una taza de café o una copa de vino, o, quién sabe, quizá compartiendo una cena. Invento su nombre, su edad, su pasado, y luego invento su futuro, nuestro futuro. Imagino su voz, dulce, suave, su sonrisa tímida, su risa contagiosa. El estruendo del tren desaparece, el desagradable aviso de que las puertas van a cerrarse es cada vez más lejano, y estamos solos, ella y yo.

 

He soñado tantas veces con hablarle que ya me parece real, siento que hemos hablado muchas veces, que nos conocemos desde hace tiempo y que las miradas son cómplices, aunque sé que no lo son. Día tras día, ella se baja antes que yo y siento que es otro día perdido, que soy un cobarde por no poder acercarme a ella.

Escalera

Hoy lleva una maleta, se bajará en el aeropuerto, igual que yo. Tiene que ser una señal, así que me decido: si no se baja en su parada, si sigue hacia el aeropuerto, le preguntaré cómo se llama. Si su nombre acaba por A, le diré todo lo que siento. Me sudan las manos, siento el pulso en el pecho y en la sien cuando llega su parada. Ella levanta la vista, luego mira el reloj y sigue leyendo. Quiero levantarme pero no puedo mover ni un músculo, no sé qué decirle. El tren sigue, para en el aeropuerto, y esta vez sí, se levanta y arrastra su maleta hasta la puerta. Salgo detrás de ella, subimos las escaleras mecánicas y puedo oler su perfume. Justo voy a tocarle el hombro, pero acaba la escalera.

 

Arriba le espera él, con los billetes de avión en una mano y una maleta de cuero oscuro en la otra. Se abrazan…

 

Imagen| Escalera mecánica

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