Derecho Internacional, Jurídico 


Derecho de Montaña

El Derecho de Montaña es, hoy en día y en general, un Derecho puramente consuetudinario, donde la costumbre tiene prevalencia sobre todo lo demás. Esto, por supuesto, en el mejor de los casos: no en vano, la masificación que viven las montañas más elevadas del planeta (en particular, el Everest) provoca la presencia de no pocos turistas desconocedores de la montaña que desprecian ya no las recomendaciones de los sherpas o las costumbres a la hora de ascender cada pico, sino todo atisbo de norma o cualquier cosa que pudiera parecérsele.

La infravaloración de las normas o su subordinación a la costumbre es una imprudencia en cualquier ámbito de la vida cotidiana, pero si este desprecio a un orden normativo se produce a ocho mil metros de altitud, la imprudencia adquiere tintes suicidas que, ciertamente, pueden provocar víctimas mortales que podrían evitarse. La montaña, y más en plena cordillera del Himalaya, necesita estar dotada de unas normas generales que sean de obligado e inexcusable conocimiento tanto para montañeros profesionales como para los turistas aficionados que – imprudentemente – se aventuran a escalar una gran montaña.

Sin embargo, el Derecho de Montaña no se enseña en las facultades de Derecho, ni tan siquiera con carácter optativo. Todo lo más, es posible encontrar, en algunas facultades, algún máster en Derecho de los Deportes de Montaña. Tampoco se trata de una rama del ordenamiento jurídico que haya sido especialmente atendida por las organizaciones de carácter internacional, y es, probablemente, uno de los sectores que más precise de la internacionalización de unas normas que deben ser elaboradas por expertos en la montaña.

La cuestión no es baladí, y aunque toda norma relativa a la montaña está subyugada a un hecho indiscutible e inevitable: el imprevisto; conviene, sin embargo, elaborar un protocolo sobre los imprevistos que pueden presentarse en las montañas y qué hacer en su advenimiento. Surgen, además, muchos más interrogantes: cuándo se puede o se debe rescatar a un escalador con problemas, en qué casos se incurriría en un delito de omisión del deber de socorro y hasta qué punto es lícito hablar de ese injusto penal a ocho mil metros de altura, etcétera.

Claro está, estas son las cuestiones más extremas. Existen otras, menos mediáticas pero igualmente necesarias, como por ejemplo, la necesaria elaboración de una cláusula continente de las condiciones meteorológicas y ambientales mínimas e indispensables, sin las cuales debe prohibirse iniciar una ascensión. Todo ello, además, sin abordar un debate eterno y que siempre estará presente en el montañismo: el uso de oxígeno en la ascensión o en el descenso de una montaña. La controversia en torno a esta cuestión es histórica y genera división de opiniones aun entre los montañeros más expertos. El ordenamiento jurídico – como en tantos otros aspectos del montañismo – nunca se ha pronunciado sobre esta cuestión, por lo que, a día de hoy, es perfectamente válido emplear oxígeno en la escalada, si bien es verdad, como venimos apuntando, que no pocos montañeros disienten de esta práctica.

Así pues, y en el caso concreto de la cordillera del Himalaya, señalamos que Nepal es lo más parecido a un Estado fallido en la zona, y que ocho de las diez montañas más altas del planeta se encuentran en su territorio, con los inconvenientes jurídicos que ello plantea. Razón de más, entonces, para la elaboración e internacionalización de unas normas generales que suplan ese Derecho consuetudinario, ese Derecho de costumbres, que actualmente impera en la generalidad de las grandes montañas de la Tierra.

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