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Depende de ti

Recuerdo recostar mi cabeza contra la ventana del coche, escuchando música y mirando al cielo, era de noche. No tendría más de diez años y, sin embargo, parece que fue ayer. Mi pequeña y filosófica mente infantil se puso a trabajar. Recuerdo como pensaba que ya era muy mayor, que había vivido mucho, que iba a dejar de ir al colegio de los pequeños y todo. Empezaban entonces a surgirme dudas sobre el futuro que me esperaba: si cuando fuera mayor seguiría siendo tan patosa, si mi futuro como gimnasta me llevaría a los campeonatos provinciales, si por fin lograría tener un perro… Pensamientos que parecían venirme muy grande pero que fueron empequeñeciendo, como es lógico, con el paso de los años.

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Me encantaría volver a ese mismo instante y decirme: “pequeña, sigues siendo igual de torpe, lo cual te llevará a dejar la rítmica, y lo siento, mamá sigue sin ceder”. Me encantaría decirle que es una llorona, pero en el fondo se esconde una guerrera, que da igual las veces que se caiga, que va a salir ahí fuera y se va a comer el mundo, sólo que todavía no lo sabe.

Y por alguna razón, este momento no pasó a ser almacenado en esa parcela del subconsciente donde yacen la gran mayoría de los recuerdos de nuestra infancia, y que nunca vuelven a nuestra mente. A ese día le seguirían otros muchos viajes al pasado y mensajes de esperanza para el futuro.

Unos años más tarde me vi en la cubierta de un barco, de viaje, disfrutando de la brisa fresa al atardecer, y de repente, volvió a mí la imagen de esa dalone-boat-cold-dream-Favim.com-2439376ulce niña que miraba por la ventana y pensaba en su futuro: “¿Quién lo diría?” No pude contener una media sonrisa mientras me decía a mí misma: “lo que hemos pasado desde entonces”. Tuve la necesidad de querer decirme muchas cosas, el deseo de volver a aquel coche y vivirlo todo de nuevo. Eché la vista atrás, recordé aquellos tropiezos no tan torpes que me hicieron la persona que era. Pero tocaba mirar hacia delante, frente a frente, a los ojos de la incertidumbre. Llegó el pánico ante el futuro, la angustia de abandonar el hogar y dejar que mi vida cambiara radicalmente. Nuevos comienzos se acercaban, nueva vida, nueva ciudad y la frase “más vale malo conocido que bueno por conocer” rondando una y otra vez por mi mente.

Y tengo la suerte de volverme a decir “qué equivocadas estábamos, amiga”.

Y llegados a este punto me atrevo a parar mi nuevo ritmo de vida, respirar en profundo y abrir la mente, pensar las cosas que tengo, lo realmente feliz que soy, lo mucho que agradezco el volverme a encontrar y vivir este momento. Y ahora llega la parte más complicada de todas, la de mirar hacia delante, encarar el futuro con pulso firme y preguntarme qué me espera: “Si la próxima vez que mire atrás habré viajado hasta la saciedad, si mi vida será igual de plena y feliz, si seguiré siendo la misma niña que miraba embobada al cielo, esa adolescente que perdía la vista en el mar, o volveré a dejar que la melodía que ahora mismo resuena del teclado siga guiando mis pasos en el camino”.

Y he aquí mi consejo, para mi “yo” de dentro de unos años, para ti que has acabado inmerso en estas líneas y me has dedicado parte de tu presente. El final de una etapa siempre es el comienzo de otra, los tropiezos de la vida solo nos ayudan a levantarnos con más fuerza. Por muy arduo que parezca el futuro sólo tú puedes cambiarlo, ahora sé que siempre ha sido así. Siempre depende de ti.

Imagen|barco

Imagen|niño

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