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Decir Roma es decir amor al revés (I)

Decir Roma es decir amor al revés, pero, sobre todo, es decir cosas que ya otros dijeron. Pasear por sus calles es una sorpresa continua, el asalto continuo del pensamiento de que el hombre, a pesar de todo, merece la pena si es capaz de hacer esas cosas.

Quienes hemos tenido la suerte de vivir parte de su eternidad hemos podido pasear día a día por avenidas enormes que asoman a monumentos cargados de siglos, o por angostas callejas que nos hacen ver que los esconchones en las paredes puedes ser también bellos. En un momento indeterminado del paseo se abre la calle, aparece una plaza y nos mira con altivez la Iglesia de San Ignacio; dentro se nos rompen los esquemas con un techo que parece mucho más de lo que es, pero es que el hombre puede fingir con los pinceles más aún que con la palabra. En otro recorrido llegamos al óculo de Dios, por donde la lluvia de un día gris –que en Roma son muchos más de los que creíamos- se cuela para poder ver la perfecta redondez de un Panteón con veinte siglos de perfecta intemporalidad.

Los paseos en Roma pueden ser eternos y siempre se repiten unos mismos parámetros: las calles tortuosas que en su decrepitud son elegantes, las plazas monumentales que nos enseñan el gusto por los obeliscos egipcios de los emperadores romanos, iglesias de refulgentes interiores escondidos tras fachadas mucho más recatadas… Pero en todos estos paseos las sorpresas pueden ser mayores si se visita al hombre hecho divino en manos de Caravaggio, quien convierte la luz en violencia resplandeciente sobre la sombra de la vida. Podemos ver su Virgen de los Peregrinos en San Agustín, donde María se asoma a la puerta de su casa; La visión de San Pablo y La crucifixión de San Pedro en Santa María del Popolo, donde los dos pilares fundamentales de la iglesia demuestran su miedo ante lo desconocido o su entrega a una causa; el Entierro de Cristo en el Vaticano nos pone un punto final a una lista mucho más larga de cuadros del autor, un final doloroso, cruel y tremendamente humano.

Tras la tensión dramática y lumínica de Caravaggio, un paseo por las orillas del Tíber nos podría serenar si el día está despejado; robar trozos de azul de entre los árboles es una maravilla y cruzar entre ángeles en el Puente de Sant’ Angelo nos hará pensar que de placer hayamos muerto. Pero en el cielo no hay helados de tres sabores superpuestos que nos endulzarán más aún el mágico momento en el que el rugir del agua de convierte en Fontana, no hace falta decir el apellido; mundialmente es famoso algo tan particular con un nombre de lo más común.

Lo mejor de todo aquí es que estamos vivos y que Roma existe, porque es eterna y siempre, pase lo que pase, caigan imperios, reyes o dictadores, los arcos del Coliseo seguirán aprisionando las nubes hechas con suspiros de visitantes extasiados ante la inmensidad de la Historia.

Imagen| Fototeca personal

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