Coaching Profesional, Reflexiones 


De una optimista equivocada

Yo antes pensaba que tenía que estar contenta todos los días.
Fui una adolescente más a quien dejó su novio; me enfadé con el mundo porque no comprendía que algo tan malo me pasara a mí. Como no me daba la gana de perder mi alegría de vivir por el simple hecho de que una persona dejase de quererme, me empeñé en disfrutar al máximo de cada pequeño acontecimiento.

Recuerdo que me crucé con una vecina en el supermercado a quien no veía desde hace tiempo; me preguntó qué tal estaba y sentí la necesidad de contarle lo ocurrido porque, en realidad, era lo único en lo que pensaba en aquellos días. Ella acababa de perder a un familiar por culpa de una enfermedad. ¿Os imagináis mis ganas de que me tragase la tierra? Entonces me dije que no tenía derecho a quejarme por un simple desengaño amoroso. Yo era así; consideraba una especie de delito sentirme deprimida cuando en realidad tenía todo lo que una podría necesitar. Leía por ahí que la mente era como un músculo que una tiene que entrenar para producir pensamientos positivos y empecé a ejercitarme.

No creo que haya actuado mal; es más, me siento orgullosa de haber aceptado ese pulso contra el dolor y haberlo ganado; desarrollé en mí la capacidad de ver el lado bueno de las cosas y creo que es una de las cualidades que en la actualidad me caracterizan. Sin embargo, a día de hoy me considero más equilibrada por haber encontrado también la belleza que reside en los momentos tristes.

La inteligencia emocional no consiste en soterrar las penas sino en saber gestionar los sentimientos sin dejar que estos nos influyan negativamente. Al igual que no sabríamos valorar la luz del día sin conocer la noche, no podríamos disfrutar la dicha de un momento perfecto sin haber experimentado desasosiego, temor o soledad. Me siento más sana aceptando que la vida es agridulce.

Los altibajos me hacen sentir viva porque indican que algo sucede dentro de mí cuando me expongo a diferentes situaciones o personas (¿qué es más divertido, subir a un tren o a una montaña rusa?); también son el motor que necesito para cambiar algo que no funciona o se puede mejorar. Diría que son un trance hasta el siguiente momento de paz. Por eso ya no rechazo los periodos apáticos ni me alarmo, sólo me doy una tregua y me permito ser humana. No considero que tenga una vida menos feliz que antes, pero quizás sí un poco más intensa.

Imagen | Sonrisa Sin Prisa

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