Especial Greco, Patrimonio 


De lo visible y lo invisible en la pintura de El Greco

“La pintura es moderadora de todo lo que se ve, y si yo pudiera expresar con palabras lo que es el ver del pintor, la vista parecería como una cosa extraña por lo mucho que concierne a muchas facultades. Pero la pintura, por ser tan universal, se hace especulativa”.

Los pinceles de Doménikos Theotokópoulos captaron como pocos la existencia de lo no visible. Junto con el retrato, la pintura religiosa fue el otro gran género cultivado por el Greco, a instancias de sus poderosos patrones. Su maestría para retratar lo transcendental cautivó y maravilló a sus contemporáneos y, a día de hoy, 400 años después de su muerte, sigue sorprendiendo a los que nos enfrentamos a sus cuadros. Figuras alargadas de santos y Vírgenes, de tez casi transparente, que choca violentamente con el colorido de los ropajes que llevan; así podríamos definir a grandes rasgos las imágenes religiosas del cretense. ¿Qué mejor manera de representar lo que no debería verse que captarlo en el momento previo a desaparecer? Rostros, manos, miradas hechas de pura luz, que parecen vibrar un segundo antes de desaparecer de nuestra presencia.

El entierro del conde de Orgaz, procedente de la iglesia de Santo Tomé, en Toledo. 1586-1588

El entierro del conde de Orgaz, procedente de la iglesia de Santo Tomé, en Toledo. 1586-1588

El Greco no fue una persona especialmente creyente, como demuestra el escaso número de libros dedicados al tema que de su biblioteca se conservan. Y a pesar de eso, supo dotar a sus visiones bíblicas de una sacralidad sin precedentes. Lo invisible se hace visible en su obra, pues estaba firmemente convencido de que “la pintura poder imitar lo imposible”, es decir, la otorgaba el estatus de ciencia especulativa. El Greco luchó porque se considerara a la pintura una actividad intelectual, herencia de su formación veneciana. En la pintura, alegaba, “nunca falta el contento de la especulación, puesto que nunca falta algo que se pueda ver, ya que hasta en la mediocre oscuridad se ve y se goza y se tiene qué imitar. En otras palabras: la pintura era superior a otras artes ya que a través de ella se podía dar cuerpo a cosas imposibles, como las que forman las historias religiosas.

De la convivencia entre lo visible y lo invisible nace uno de los cuadros más célebres del cretense: El entierro del señor de Orgaz, mal llamado conde. Este personaje, protector de la villa de Orgaz, falleció en 1323. Sus buenas acciones provocaron que dos santos, Agustín y Esteban, descendieran a enterrarle para asombro de los asistentes. El Greco representaría la inmortal escena 250 años después. Hoy cuelga en la toledana Iglesia de Santo Tomé, sobre la tumba de Gonzalo Ruiz de Toledo, señor de Orgaz. Una estupenda galería de retratos ejemplifica la Tierra, mientras en el Cielo se abre en una imagen de gloria: el alma del fallecido es alzada por un ángel para alcanzar al Salvador, pasando ante la Virgen y el Bautista. Situarse ante este lienzo es casi como participar en este sepelio, a la vez que se comprueba que pueden ser igualmente representados los brillos de una armadura terrenal como los pliegues de un manto celestial.

El Expolio, detalle. 1577-79.

El Expolio, detalle. 1577-79.

La mejor baza que Doménikos jugó en este cuadro fue sin duda actualizar la historia y “traerla” directamente al siglo XVI, con personajes vestidos a la moda del momento, así como toda la pompa de una escena funeraria. El entierro del señor de Orgaz fue todo un éxito, a pesar de que diez años antes innovaciones similares le causaran más de un problema al pintor. Nos referimos a El Expolio, cuadro que hoy cuelga en la Sacristía de la Catedral de Toledo, para donde fue encargado. El Cabildo encontró impropia la composición planteada: la presencia de cabezas por encima de Cristo o de un acto tan mundano como agujerear el travesaño de la cruz (en la parte inferior derecha) desvalorizaban la solemnidad de la escena.

El Greco quiso acompañarse de lo invisible en la que sería su morada eterna. Durante los dos años previos a su muerte, acaecida en 1614, realizaría la Adoración de los pastores presente en el Museo del Prado y actualmente en la exposición El griego de Toledo. La culminación de su legado pictórico parece concentrarse aquí: miembros serpenteantes, colores incandescentes y rostros de pura luz. Por mucho tiempo se enmascaró su genialidad, demasiado hiriente para muchos, tras un supuesto astigmatismo que nunca padeció. Habría que esperar al siglo XX para esperar cierta justicia ante este gran pintor, que hizo de lo místico algo cotidiano; de lo invisible, algo visible.

Vía| La tribuna de Ciudad Real, Museo del Prado

Imagen| Entierro del Conde de OrgazEl Expolio, La adoración de los pastores

En QAH| Especial 400 Aniversario El GrecoEl Greco: el griego de Toledo

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