Historia 


De la Revolución al Imperio: Napoleón y la nobleza imperial (VI)

2.3. Los privilegios patrimoniales: el mayorazgo.

Dado que la función principal de la nobleza imperial era asegurar la continuidad del trono, iba de suyo que esa misma nobleza fuese transmisible de padres a hijos, de modo que la nueva generación de nobleza protegiese al siguiente Emperador.

Sin embargo, los títulos del Imperio (que en todo caso eran vitalicios) no eran intrínsecamente hereditarios, sino que para adquirir dicha cualidad debía constituirse un mayorazgo, es decir la afección de una masa de bienes y derechos al título (del que no podían desprenderse) que asegurasen al titular la percepción de unas rentas mínimas fijadas por ley. De este modo, Bonaparte pretendía prevenir el empobrecimiento de su nobleza, habiendo tomado buena nota de que esta fue una de las motivaciones para la convocatoria de Estados Generales en 1789 que había degenerado en revolución.

Pues bien, si los títulos se concedían por Decreto Imperial, la hereditariedad se atribuía por Carta Patente (Lettre Patente) previa acreditación por su titular de ciertos rendimientos anuales fijados por ley y de la constitución del mayorazgo. Concedida la Carta Patente, el título pasaba a ser hereditario conforme a la vieja tradición francesa de la ley sálica  [1] (de varón a varón, del mayor al mayor). En caso de extinguirse la línea, el título revertiría a la Corona Imperial. A éste ancestral uso proveniente de los tiempos de los francos salios Napoleón añadió una disposición adicional: los títulos también eran transmisibles por vía de adopción (cosa impensable durante el Antiguo Régimen), si bien en este caso se requería la previa aprobación del Emperador.

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Estatua del mariscal Lefebvre, primer duque del Imperio, en el exterior del museo-palacio del Louvre. La fachada exterior del referido palacio contiene estatuas de los mariscales leales a Bonaparte durante los Cien Días.

La hereditariedad del título de caballero es más compleja, regida por un sistema diseñado para evitar una proliferación de títulos que hubiese acabado con la esencia elitista de la institución nobiliaria. Así, el título sólo pasaba a ser hereditario si cada una de las cuatro primeras generaciones de titulares justificaba la percepción de ingresos por importe mínimo de 3.000 francos anuales.En cuanto al mayorazgo, era una previsión del Emperador para asegurar la formación de dinastías que asegurasen la pervivencia del trono imperial a través del tiempo.

Esta institución, desconocida en Francia hasta ese momento (e importada de territorios otrora sometidos al Rey de las Españas como el Rosellón o el Franco Condado) supone una quiebra del principio romano de igualdad en la sucesión, buscando primar al varón primogénito (regla de Derecho germánico) para evitar la disgregación del patrimonio familiar (y en consecuencia, la minoración del poder territorial a éste aparejado). Parece tener sus orígenes en el fideicomiso romano, institución empleada por la Iglesia en tiempos del Bajo Imperio (284-476 d.C)  para dotar a sus órdenes y congregaciones de los medios necesarios para su subsistencia, uso que fue posteriormente imitado por la nobleza imperial laica. Los bienes del mayorazgo quedaban fuera del poder de disposición de su titular actual, al ser indisponibles –su titular no podía venderlos ni gravarlos con cargas- e inembargables –no podían ser objeto de transmisión forzosa ordenada por la autoridad para la satisfacción del crédito de terceros-, por lo que se consideraba que su titular actual realmente no era propietario de los mismos, sino que únicamente gozaba de la posesión civilísima (gewere de Derecho germánico). Así, el titular actual podía gozar de las rentas generadas por dichos bienes, y añadir más a la masa del mayorazgo, pero no minorarla.

Liquidado el excurso histórico anterior, baste decir que el mayorazgo consiste en la atribución de un estatuto de Derecho exorbitante (por cuanto ajeno al Derecho civil común) que confiere a una masa patrimonial (afectada a un título nobiliario) las cualidades de la indisponibilidad y de la inembargabilidad, que aseguran la permanencia de los bienes en el patrimonio familiar de generación en generación. El mayorazgo se transmite con el título al varón primogénito (de ahí su etimología, major natu) asegurándole las rentas necesarias para mantener un tren de vida digno de su estatus.

Las formas de constitución del mayorazgo eran, bajo el sistema del segundo Estatuto Imperial de 1808 y conforme al criterio de la procedencia de los bienes y derechos erigidos en mayorazgo, las siguientes:

(i) Mayorazgo a solicitud (majorat sur demande): formado exclusivamente por bienes y derechos del patrimonio del titular;

(ii) Mayorazgo de movimiento propio (majorat de propre mouvement): establecido sobre dotaciones graciosas del Emperador con cargo al Dominio extraordinario (Domaine extraordinaire [2]) y que podían incluir las pensiones dotales antes reseñadas; y

(iii) Mayorazgo mixto (majorat mixte): cuando se constituía sobre la base de las aportaciones del titular completadas por una dotación imperial.

En cuanto a los bienes y derechos que podían darse en mayorazgo, estos consistían en inmuebles libres de cargas y gravámenes (y no afectos a la restitución de rentas) o acciones del Banco de Francia.

Mediante el examen del mayorazgo traído a colación por el análisis de la primera característica de la nobleza medieval según ALVARADO PLANAS, podemos afirmar que se aprecia la concurrencia de la segunda, en cuando a la posición de la nobleza imperial podía ser objeto de transmisión hereditaria.

En la siguiente entrega de este artículo trataremos la cuestión capital de las atribuciones públicas a los títulos de la nobleza imperial, demostrando que durante el reinado de Bonaparte no se restituyó el señorío jurisdiccional.

Vía| Napoléon et la noblesse d’Empire, Jean Tulard (Bibliothèque Napoléonienne, 2001); Napoléon et la noblesse impériale, Jérôme-François Zieseniss; Napoléon, Max Gallo (Ed. Pocket, 1997); Orígenes de la nobleza en la alta edad media, Dr. Javier Alvarado Planas.

Imagen| Mariscal Lefebvre

En QAH| De la Revolución al Imperio: Napoléon y la nobleza imperial

[1] La ley sálica fue recogida por el rey franco Clodoveo I en el liber historiae francorum del siglo VI como norma de Derecho privado que y evitaba la disgregación de la tierra sálica dejada en herencia. Pasó a ser una norma de Derecho dinástico durante la Guerra de los Cien Años entre Inglaterra y Francia (1337-1453), cuando el rey Felipe IV de Francia quedó sin descendencia y quiso evitar a toda costa que la reina de Inglaterra heredase su trono. Finalmente, y para desbancar de la candidatura al trono de Francia a la infanta Isabel Clara Eugenia, hija de Felipe II de España, la ley sálica fue declarada ley fundamental del reino (y por tanto, inderogable) por los Estados Generales de 1593.

[2] Una de las tres cajas del Tesoro imperial (junto con el Dominio de la Corona y el Dominio privado), nutrida de los bienes conquistados al enemigo y de los adquiridos por medio de tratado internacional (público o secreto). En realidad se confundió constantemente con el Tesoro del Ejército (Trésor de l’Armée).

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