Historia 


De la Revolución al Imperio: Napoleón y la nobleza imperial (IV)

 

Retomando el desarrollo de la entrega anterior, en esta ocasión culminaremos el análisis preliminar de la nobleza imperial (abordando su naturaleza y funciones) y abordaremos el examen de sus características más sobresalientes.

B) Naturaleza de la nobleza imperial

La restauración de la monarquía en forma y fondo en 1804 es indiscutible, y bien merece la pena hacer aquí un excurso para comprender la naturaleza de la nobleza imperial y sus diferencias respecto de la nobleza tradicional.

Con el Imperio, la monarquía (hereditaria) quedó restaurada en la forma, por cuanto la máxima magistratura de la comunidad política pasó a asignarse de forma vitalicia a un solo individuo que transmitía dicha magistratura a sus descendientes. Pero más importante, la monarquía retornó en el fondo, pues el nuevo monarca era investido con amplísimos y efectivos poderes (de hecho, mucho mayores que los de los reyes que le precedieron), que ni siquiera eran listados (y por tanto, no limitados) por la constitución del año XII (de hecho, ese texto no hace ninguna referencia a las funciones, poderes ni límites de la autoridad imperial).

Pues bien, a diferencia de la monarquía, la nobleza no fue reinstaurada más que en la forma. En efecto, bajo el Imperio se concedieron dignidades públicas con reconocimiento social y denominadas con títulos, pero vacías de todo contenido. Los nuevos títulos no conllevaban la atribución de un estatuto jurídico singular: carecían de privilegios (sus titulares no estaban exentos del pago de ciertos tributos, al contrario de lo que sucedía bajo el Antiguo Régimen), ni tenían reservados puestos públicos en detrimento del resto de la población (por ejemplo, los empleos de oficial en el ejército), no eran hereditarios por sí mismos (para serlo debía constituirse un mayorazgo, que como tendremos ocasión de analizar más adelante era una onerosa carga para el titulado) ni obligaciones especiales (como el impuesto de sangre del Antiguo Régimen).

Es interesante traer aquí a colación el análisis que hace el catedrático Jean TULARD (máximo especialista en el periodo napoleónico) a modo de conclusión en su estudio sobre la nobleza imperial. Según este insigne autor, la nobleza napoleónica no puede considerarse una casta, pues a pesar de su tendencia endogámica (propia a toda élite) el acceso a la misma no era imposible para terceros ajenos. Tampoco puede calificarse como estamento, dado que no representaba un brazo de la sociedad con un estatuto jurídico singular. Ni siquiera cree que pueda entenderse que conformaba una clase, pues carecía de la homogeneidad necesaria al estar conformada por sujetos de orígenes sociales y una posición económica demasiado distintos. Así, el catedrático de la Sorbona concluye que sólo puede caracterizarse a esta singular institución como un cuadro institucional que agrupaba a individuos muy distintos  para cumplir una misión común: el mantenimiento y defensa de la IV Dinastía, y cuyo criterio de reclutamiento reposaba sobre el mérito y el servicio público.

En conclusión, la nobleza imperial no constituía un estamento (ordre) en el sentido medieval, sino una mera condecoración.

C) Función

No puede recordarse lo bastante que Napoleón era un monárquico, aborrecía la democracia cuyos excesos había conocido durante la revolución y era partidario de un poder fuerte (no se olvide que despreciaba a Luis XVI por mostrarse débil a la hora de encarar los sucesos de 1789, dejando escrito en sus memorias que el rey debería haber ahogado la revuelta en sangre). A pesar de todo, no dejaba de ser un noble y un hombre cuya mentalidad fue forjada en los tiempos del Antiguo Régimen.

Esta curiosa institución perseguía tres finalidades.

Primera, el fortalecimiento de la monarquía. Desde el principio del Imperio, Napoleón se esforzó en asentar su corona en el principio de legitimidad monárquico (cuya apoteosis fue su coronación en presencia del Papa en la Catedral de Nuestra Señora de París), con el matiz (en realidad mera aclamación) del refrendo popular (mediante referéndum). Para asegurar la continuidad de la IV Dinastía, necesitaba rodearse de leales, el llamado «el bastión del trono» (rempart du trône). En este sentido, era crucial aumentar el número de personas con interés personal en el mantenimiento del régimen imperial.

Bernadotte

Juan Bautista Bernadotte, ya como príncipe heredero de Suecia. Óleo de Francisco Pascual Simón Gérard, 1811.

Segunda, impulsar el servicio al Estado, lo que no olvidaba a los funcionarios y militares más modestos, que podían aspirar a un título de caballería. En efecto, muchos de aquellos que habían conocido un ascenso social impensable bajo el Antiguo Régimen (en muchas ocasiones vertiginoso, tales los casos de Juan Bautista Bernadotte –quien siendo nieto de un sastre e hijo de un modesto funcionario de provincias acabó sus días como Rey de Suecia y Noruega, y cuya estirpe todavía reina en Suecia- o de Joaquín Murat –hijo de un tabernero que acabó ciñendo la corona de Nápoles) vieron coronados sus esfuerzos y éxitos con la concesión de un título de nobleza.

Tercera, la consumación de la paz principiada bajo el Consulado, mediante la amalgama de la vieja aristocracia (por entonces en su mayoría en el exilio) a la clase media revolucionaria. Este objeto fracasó, pues Napoleón fue incapaz de atraerse a una nobleza que lo consideraba un usurpador del Trono de San Luis, y la burguesía no le perdonó la deriva autoritaria del régimen imperial, que acabó siendo mucho más opresivo que la monarquía tradicional. Así, tras la caída del trono imperial, la nueva nobleza (que en el proyecto del Emperador debía acabar absorbiendo a la vieja) sería asimilada por la nueva.

D) Características

1º) Aristocracia de funciones

Durante sus dos reinados (1804-1814 y 1815), el Emperador de los franceses llegó a crear en torno a 3.200 nuevos títulos [1], sin perjuicio de las antiguas dignidades que restablecería hacia el final de su primer reinado para intentar ganarse a la vieja aristocracia.

La razón de ser de la nobleza imperial era la recompensa de los más distinguidos servicios al Imperio, por lo que debe buscarse la causa de su concesión en el mérito mostrado en el ejercicio de ciertas funciones públicas. Ahora bien, aquí hay que distinguir dos formas de concesión.

En primer lugar, la concesión reglada, es decir el otorgamiento de títulos a aquellas personas que ocupasen ciertos cargos públicos tasados por ley (es decir, en los Estatutos de 1808). En estos casos, la titularidad de un cargo público (civil o militar) llevaba aparejada la automática concesión de una dignidad nobiliaria en función de la categoría del empleo que motivaba su otorgamiento. Así, los Estatutos de 1808 disponían la siguiente relación:

(i) Príncipes: los miembros de la familia imperial (príncipes franceses o de sangre) y los Grandes Dignatarios del Imperio (príncipes grandes dignatarios);

(ii) Condes: los ministros, senadores, consejeros de Estado vitalicios, presidentes del Cuerpo Legislativo y arzobispos;

(iii) Barones: los presidentes de colegios electorales; los miembros de dichos colegios que hubieren asistido a tres de sus sesiones; los fiscales del Tribunal Supremo, del Tribunal de Cuentas y del Tribunal de Apelaciones; los obispos y los alcaldes de las llamadas «buenas ciudades» (37 y después 52); y

 (iv) Caballeros: todos los condecorados con la Legión de Honor.

Este sistema de títulos por funciones públicas, inspirado del tchin ruso, tenía la ventaja de respetar el ideal revolucionario de la igualdad, lo cual facilitó su aceptación por los sectores republicanos de la política francesa más recelosos de las intenciones del Emperador.

En segundo lugar, la concesión discrecional o graciosa, que suponía carta blanca para que el Emperador crease noble a cualquiera que, a su entero y solo juicio, fuese merecedor de tal distinción, sin exigirse la titularidad previa de un cargo público (si bien todos los ennoblecidos mediante el uso de esta facultad ocupaban de hecho algún cargo público). Rezaban los Estatutos de 1808: «Nos reservamos [el derecho] de otorgar los títulos que estimaremos convenientes a los generales, prefectos, funcionarios civiles y militares y otros súbditos que se hubiesen distinguido por los servicios prestados al Estado». La posibilidad de recibir un título imperial quedaba así abierta a todos, aunque fuese a discreción del Emperador como reconocimiento de un relevante servicio público (premiando así el mérito, otro de los ideales revolucionarios). Es preciso subrayar que los ducados –ausentes de la lista de funciones anterior- sólo podían concederse por gracia imperial. Con el tiempo, el Emperador tambiénconcedería principados como recompensa por sobresalientes hechos de armas (creando así una tercera clase de principados, los de la victoria). Si bien el Emperador concedía por esta vía distinciones según estimaba oportuno, no lo hacía al azar, sino conforme a reglas tan sistemáticas como no escritas, como se verá en el párrafo III) F) más adelante.

En la siguiente entrega de esta serie continuaremos con el examen de las características de la nobleza imperial.

Vía| Napoléon et la noblesse d’Empire, Jean Tulard (Bibliothèque Napoléonienne, 2001); Napoléon et la noblesse impériale, Jérôme-François Zieseniss; Napoléon, Max Gallo (Ed. Pocket, 1997).

Imagen| Google

En QAH| Partes III y III de esta serie.

[1] Según los cálculos de J.F. ZIENISS in op.cit., p. 15, serían unos 40 principados y ducados, 500 condados, 1.150 baronías y 1.500 títulos de caballería trasmisible.

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