Historia 


De la Revolución al Imperio: Napoleón y la nobleza imperial (III)

En esta entrega del artículo dedicado a la nobleza del Primer Imperio Francés abriremos el apartado más sustancial del análisis que nos ocupa, principiando por las motivaciones que llevaron al recién coronado Emperador de los Franceses a restaurar la institución nobiliaria, denostada hasta el delirio por los revolucionarios.

III) Sistemática de la nobleza imperial

A) Las motivaciones de Bonaparte

1º) La necesidad de toda sociedad de ser regida por una élite

«¿Qué hizo la revolución? La vanidad, pues  la libertad no fue más que un pretexto» Napoleón Bonaparte.

Llegados a este punto, es menester examinar los motivos que impulsaron a Bonaparte, una vez asumido el poder absoluto con su coronación como Emperador de los Franceses (Empereur des Français[1] [2] el 2 de diciembre de 1804 [3]. No deja de sorprender que uno de los hombres que había combatido más fervorosamente por la causa revolucionaria (contra el supuesto absolutismo monárquico de los reyes de Francia) no sólo acabase asumiendo un poder mucho más absolutista que el de los reyes cuyo trono contribuyó a minar, sino que acabó moldeando a su criterio y antojo una nueva nobleza que rodease y protegiese su cetro.

1

Unción del emperador Napoleón I y coronación de la emperatriz Josefina en la catedral de Nuestra Señora de París, el 2 de diciembre de 1804. Óleo de Santiago-Luis David (1807).

A tal fin, debemos examinar primero los orígenes de Bonaparte. En buen número de manuales sobre la revolución francesa se omite –o cuanto menos, se pasa de puntillas- el origen exacto de quien estaba llamado a acabar con sus excesos y restaurar la monarquía con una nueva dinastía, del mismo modo que se evita la discusión sobre la concentración del poder en sus manos a partir de 1804. La revolución, entendida como: (i) históricamente, el golpe de estado del liberalismo para hacerse con el poder; y (ii) políticamente, la sustitución mediante la violencia de un orden natural (la monarquía tradicional [4]) por el voluntarismo y la afirmación definitiva del Estado como forma de organización de la comunidad política; fue capitaneada por una burguesía que una vez adquirido el poder económico, ansiaba asaltar el poder político, reservado a la nobleza en una sociedad estamental (en francés: société d’ordres). Como describe acertadamente el cinismo de George Orwell plasmado en su obra imprescindible 1984, toda sociedad se divide en tres estratos: (i) uno más elevado, reducido en número y acaparador del poder; (ii) uno intermedio, dotado de cierta riqueza y poder político y que ansía ascender; y (iii) uno bajo, con escasa riqueza y poder. En el pensamiento de este autor, el estrato intermedio sólo aspira a derrocar al elevado, y una vez derrocado, este último sólo busca recuperar su poder, quedando el más bajo como mero espectador y sufridor de los abusos de los que detentan el poder en cada momento.

Esta reflexión –políticamente incorrecta, cuanto menos- puede aplicarse a este convulso periodo tras un examen pormenorizado de la revolución francesa (1789-1799). No se trató, como muchos manuales simplistas pretendan, del triunfo de la libertad y de la igualdad logrado por la rebelión del pueblo contra la tiranía de unos reyes despóticos, sino de la utilización por una burguesía pudiente y ansiosa de poder del pueblo, que sufrió todos los males de un proceso terrible de transformación social sin obtener los réditos que se derivaron de este.

Cerrado este pequeño excurso –en absoluto de baladí, como se verá enseguida-, volvemos a la cuestión que nos ocupa. Bonaparte no formaba parte de esa burguesía emergente que ansiaba transformar la sociedad francesa ocupando los puestos del poder político, y de hecho, ni siquiera era francés de origen (ni se sintió como tal hasta el estallido de la revolución). Por un lado, debe recordarse que la familia de los Bonaparte (afrancesamiento del apellido de origen toscano Buonaparte) era de noble abolengo. Así lo declaró el 13 de septiembre de 1777 el Consejo Superior de Córcega, que a instancias del cabeza de familia y padre de Napoleón, Carlos Bonaparte, declaró a la familia noble desde hacía 200 años. Este reconocimiento no puede entenderse como ajeno al cambio de fidelidad ejecutado por Carlos Bonaparte, quien en un primer momento se había alineado con los patriotas corsos contra la ocupación francesa (y llegó a ser un cercano colaborador del líder de la resistencia, Pascal Paoli) y que con la certeza de que nada podía hacer la pequeña isla contra el poderoso reino de San Luís, se pasó al bando francés entrando al servicio de Monsieur de Marbeuf, gobernador de la isla. Gracias a esta declaración de nobleza, el joven Napoleón pudo ingresar en las Escuelas Militares de Brienne y de París (reservadas a los que pudieran acreditar al menos cuatro generaciones de nobleza), y merced de las nuevas amistades de su padre, obtuvo las becas del Rey necesarias para costear sus estudios castrenses.

Es en esta pronta juventud de Bonaparte donde encontramos sus primeras reflexiones sobre la nobleza francesa, a la que criticaba con fervor por dos motivos principales:

(i) Como ejemplo paradigmático de la desigualdad de la sociedad prerrevolucionaria: lo cual se debe sin duda a su aislamiento en las academias militares, debido especialmente a su acento, su origen (Córcega había sido anexionada a Francia en 1768) su modesta fortuna y la ausencia de fortuna considerable y renombre entre las grandes familias del Reino; y

(ii) Como causa de la decadencia de Córcega, estimando que fue el agente inoculador de la corrupción, los vicios, el clientelismo y la relajación de la moral y de las buenas costumbres en general.

Sin embargo, su beligerante carácter antifrancés se iría atemperando con su estancia en Francia, y tomaría un cariz favorable con el estallido de la revolución en 1789. Testigo de la barbarie desencadenada por la revolución y especialmente escarmentado por los excesos más extremos de la democracia vividos bajo el Terror (1793-1794), Bonaparte cultivaría un sentimiento elitista típico de cualquier estamento nobiliario. Así, maduró en su pensamiento la idea de que toda sociedad necesita de un poder fuerte que mantenga el orden, y que dicho poder debe rodearse (no necesariamente compartirse) de una élite (la extracción y su estatuto jurídico de esta élite son cuestiones distintas). Bonaparte daría ejecución a esta premisa en sus años de mandato como Cónsul (1799-1800) y Primer Cónsul de la República (1800-1804), que pusieron fin a los excesos de la revolución y cimentaron las bases de un régimen autoritario de corte personalista.

 

2º) La necesidad de todo poder de rodearse de una élite fiel

Como ya se ha señalado antes, fue el ladino ministro de la policía, José Fouché, quien sugirió al entonces Primer Cónsul la idea de transformar su magistratura (ya vitalicia) en hereditaria, con el fin de proteger el nuevo régimen si él muriere (en aquellos tiempos Bonaparte era objeto de numerosas conspiraciones para acabar con su vida).

Con la proclamación del Imperio hereditario (artículo 3 de la constitución del año XII), Bonaparte se convenció de la necesidad de rodear su trono de una élite de fieles, devotos a su persona, que asegurase la continuidad del régimen imperial si él faltase y apoyaran el poder de su sucesor. Fue entonces cuando surgió en sus pensamientos la idea de restablecer la nobleza (pero sin dotarla de privilegios que quebrasen el principio revolucionario de la igualdad), aunque para ello debía actuar con suma prudencia, pues la deriva autoritaria de su poder inquietaba a no pocos próceres de la República. Por ello, y como veremos más adelante al analizar individualmente los títulos de la nobleza imperial, Bonaparte esperó a que sus impresionantes victorias militares le aupasen a un estado de gloria que impidiese cualquier oposición a su voluntad. Sólo entonces impondría sus deseos, cuando nadie pudiese alzar su voz contra él.

Por otro lado, también movía al Emperador su obsesión de verse como igual de los grandes señores de Europa, quienes no reconocían el nuevo régimen cimentado en la sangre del Luis XVI y se coaligaban continuamente para destruir  la Francia revolucionaria. Consciente de la importancia de las formas y ansioso de atizar lo más posible el culto a su persona, Bonaparte deseaba restaurar toda la pompa y ceremonial de la aristocracia para elevar a Francia al altar de majestad sobre los demás países que él creía justa.

En la siguiente entrega de este artículo nos zambulliremos en el análisis detallado de la institución de la nobleza imperial, su naturaleza, función y características.

Vía|Napoléon et la noblesse d’Empire, Jean Tulard (Bibliothèque Napoléonienne, 2001); Napoléon et la noblesse impériale, Jérôme-François Zieseniss; Napoléon, Max Gallo (Ed. Pocket, 1997).

Imagen| Coronación de Napoleón, J.L. David

En QAH| De la Revolución al Imperio: Napoleón y la nobleza imperial (I)De la Revolución al Imperio: Napoleón y la nobleza imperial (II)

[1] La idea del Imperio debe buscarse en José Fouché, ministro de la policía y sujeto tan escurridizo y maquiavélico como Carlos Mauricio de Tayllerand-Périgord, el ministro de exteriores (ambos sirvieron bajo distintos gobiernos revolucionarios, el Consulado, el Imperio y la Restauración). Fouché habría propuesto a Bonaparte transformar el Consulado vitalicio en Imperio hereditario para evitar que el régimen (fuertemente personalista) se derrumbase en caso de ser Bonaparte asesinado. La elección del título imperial obedecería a la negativa de los franceses de ver coronado un nuevo rey, emulando así la historia de Roma, que padeció idéntica repugnancia al título regio cuando la República devino principado a finales del siglo I d.C.

[2] Nótese que el título era «Emperador de los franceses» y no «Emperador de Francia». Debe buscarse la causa en la concepción liberal de la monarquía que inspira esta creación, que rechazaba frontalmente cualquier enunciado que implicase la patrimonialización de los estados (el propio Luis XVI recibiría el título de Rey de los Franceses durante el periodo de la Monarquía Constitucional [1789-1792]). Siguiendo esta línea, encontramos que el Luís Felipe de Orleans también fue coronado Rey de los Franceses, y hoy en día encontramos que al soberano de Bélgica corresponde el título de «Rey de los Belgas».

[3] Es relevante anotar que el senadoconsulto orgánico de 18 de mayo de 1804 que ofrecía la corona a Napoleón Bonaparte, por entonces Primer Cónsul (vitalicio) de la República Francesa, no determinaba (al menos formalmente) la transformación de la República en un Imperio. Decía así en su artículo 1º: «El gobierno de la República es confiado a un emperador, que toma el título de emperador de los franceses

[4] Si bien esta forma de organización de la comunidad política ya había sido desvirtuada en Francia por (i) la aparición del Estado tras las guerras de religión y; (ii) el galicanismo de la iglesia francesa, lo que había hecho derivar una monarquía pretendidamente absolutista (cuando el poder de monarca fue mucho más omnímodo bajo Bonaparte) en una plutocracia palaciega concentrada en torno a Versalles.

RELACIONADOS