Historia 


De la Revolución al Imperio: Napoleón y la nobleza imperial (II)

Retomamos la narración de los antecedentes de la nobleza imperial, liquidando este apartado con el análisis de la legión de honor y de la instauración de ciertas dignidades palaciegas y militares alrededor de la persona de Bonaparte.

D) La Legión de Honor (Légion d’Honneur)

La medalla de la Legión de Honor, que sobreviviría a la restauración de los Borbones y a todas las repúblicas para llegar finalmente hasta nuestros días, tampoco logró sentar las bases para crear una élite únicamente ligada a las persona del Emperador.

Sin embargo, su implantación atrajo las críticas de los más acérrimos republicanos del régimen, siendo especialmente airadas las discusiones en el Consejo de Estado, cuyos miembros temían que sirviese como medio para la instauración encubierta de una nueva aristocracia. Su constitución pretendía servir a un doble motivo:

  • Por un lado, crear una recompensa nacional que, al igual que las armas de honor, no quebrase el principio de igualdad; y
  • Crear una recompensa que permitiese agradecer los servicios militares y civiles, cosa que las armas de honor no habían logrado (apenas llegaron a distribuirse un puñado de bandas de honor).

Vencidas las oposiciones internas, la Legión de Honor es creada mediante ley del 19 de mayo de 1802 con las siguientes características:

  • No llevaba aparejados privilegios ni derechos especiales de ninguna clase;
  • Se asignaban una serie de bienes (pasando a ser la Legión el mayor propietario de tierras de Francia) a la institución en su conjunto (no a sus miembros), que distribuía rentas entre sus miembros en función de su rango. De acuerdo con su ley de creación, cada una de las 15 cohortes en las que se organizaron sus miembros iniciales debía percibir 200.000 francos anuales, quedando así la Legión como una orden mucho mejor dotada de fondos que cualquier orden de caballería del antiguo régimen; y
  • Quedaba organizada en un Consejo de Administración, siete grandes oficiales, 20 comandantes, 30 oficiales y 350 legionarios (que pasarían a caballeros con la proclamación del Imperio).

Como ya se ha mencionado, el proceso revolucionario (y especialmente, el Imperio) se revistió de signos y términos que apelaban a la antigüedad greco-latina, como forma de legitimar en el pasado (algunos teóricos revolucionarios pretendieron que el nuevo orden nacido de 1789 no era sino la recuperación de la polis griega y de la res publica romana, cuya libertad habría sido estrangulada por la irrupción del elemento germánico durante el Bajo Imperio) las nuevas instituciones. Así, las ideas de la institución consular tras el golpe de Estado de brumario (recuérdese que el consulado fue la máxima magistratura romana durante el periodo republicano), la del propio Imperio (como maniobra para esquivar el término de la monarquía), el uso de los gorros frigios (símbolo de libertad de los esclavos emancipados en Roma)…contribuyeron a ligar el presente revolucionario con el pasado clásico. La Legión de Honor no sería una excepción a este proceso de legitimación por lo clásico: era romana en su nombre (que recordaba a la condecoración romana de la Legio  honoratorum conscripta), en sus formas (uso de las águilas como símbolo, si bien Bonaparte también se decantó por este ave por su empleo en el mundo germánico -se reclamaba sucesor de Carlomagno-) y en su organización (cohortes).

Sin embargo, y a pesar de contar con el entusiasta apoyo de Bonaparte, la Legión fracasaría como proyecto para crear una aristocracia a su servicio. Los mismos problemas de dispersión que afectaron a las senatorerías, el crecimiento exponencial del número de miembros de año en año y la restitución de numerosas tierras a los exiliados perdonados por el nuevo régimen minaron la estabilidad financiera de la institución. Llegó a tal punto que por decreto imperial de 1809, se retiraban los bienes a la orden, sustituyéndolos por unas dotaciones presupuestarias mucho menos ambiciosas que retribuyesen a sus miembros.

Con la creación de la nobleza imperial años más tarde, la Legión de Honor se emplearía para recompensar el valor de los oficiales subalternos, de los suboficiales y de los soldados, reconociendo los hechos de armas de los oficiales superiores con títulos de nobleza y dotaciones imperiales mucho más jugosas.

E) La proclamación del Imperio y el establecimiento de ciertas dignidades palaciegas y títulos militares

Si bien bajo el Consulado se había ido formando una corte oficiosa en torno a Primer Cónsul en el Palacio de las Tullerías (última residencia de los reyes de Francia), la proclamación del Imperio en 1804 [1] trajo consigo el establecimiento de ciertas dignidades palaciegas y títulos militares con cierto regusto a los tiempos de la monarquía tradicional.

Así, el protocolo y la etiqueta palaciegos de Versalles fueron restaurados, además de constituirse las Casas Imperiales [2] (una para el Emperador, otra la Emperatriz y otra para cada príncipe francés), se creaban siete Grandes Dignatarios del Imperio (Grands Dignataires de l’Empire français), cargos realmente honoríficos y vacíos de contenido material. En 1805, José Bonaparte era nombrado Gran Elector; Luis Bonaparte, Condestable; Juan Jacobo de Cambacérès (Segundo Cónsul [3] en sustitución de Sieyès de 1800 a 1804), Archicanciller del Imperio; Carlos Francisco Lebrun (Tercer Cónsul en sustitución de Roger Ducos, de 1800 a 1804), Architesorero; Joaquín Murat, Gran Almirante de Francia (aunque nunca puso un pie en navío alguno); Eugenio de Beauharnais [4] (hijo de la Emperatriz Josefina con su primer marido, Alejandro de Beauharnais –guillotinado en 1794-), Archicanciller del Imperio y el cardenal José Fesch Gran Capellán del Imperio. En los años siguientes se añadirían nuevos cargos, como el de Vice-Gran Elector para Carlos Mauricio de Tayllerand (como compensación por su remoción del ministerio de asuntos exteriores) y el de Vice-Condestable para Berthier en 1807.

Distribution

La distribución de las águilas. Óleo de Santiago-Luis David (1810)

En el plano militar, y reinstaurado el mariscalato (el grado más elevado del ejército francés) por el senadoconsulto de 18 de mayo de 1804, uno de los primeros actos de Bonaparte como Emperador es el nombramiento de 16 mariscales del Imperio (maréchaux d’Empire[5] de entre sus mejores generales, como reinvención del antiguo título de mariscal de los ejércitos y de los campos del rey (maréchal des armées et des champs du roi[6].

Este rango, el más distinguido del ejército napoleónico, sería ambicionado por todos los oficiales, y sus titulares recibían antes o después un título nobiliario (todos los mariscales, salvo Brune y Jourdan, serían creados príncipes o duques).

Finalizado este apartado sobre los antecedentes, dejamos para la siguiente entrega de esta serie el análisis de la nobleza imperial.

Vía| Napoléon et la noblesse d’Empire, Jean Tulard (Bibliothèque Napoléonienne, 2001); Napoléon et la noblesse impériale, Jérôme-François Zieseniss; Napoléon, Max Gallo (Ed. Pocket, 1997).

Imagen| La distribución de las águilas, J.L. David

En QAH| De la Revolución al Imperio: Napoleón y la nobleza imperial (I)

__________________________________________________________

[1] Mediante senadoconsulto del 28 floreal del año XII (18 de mayo de 1804), auténtica constitución imperial.

[2] Conjunto de personal (civil y militar) al servicio del Emperador y de su familia.

[3] El Consulado fue instituido formalmente a partir del 1 de enero de 1800. En esa fecha cesaban los cónsules provisionales (Roger Ducos y Sieyès), siendo sustituidos por Lebrun y Cambacérès. El triunvirato no era más que una forma de disfrazar la emergencia de Bonaparte bajo una apariencia de reparto del poder. Tanto es así que, en cierta ocasión, y viendo pasar a los tres cónsules, Tayllerand los habría llamado hic, haec, hoc (en latín: este, esta, esto), para referirse a la homosexualidad de Cambacérès (haec) y a la insignificancia de Lebrun (hoc), quedando como único líder real Bonaparte (hic).

[4] Nombrado Virrey de Italia en 1805, tras la proclamación de Bonaparte como Rey de Italia ese mismo año.

[5] Este número máximo permaneció inalterado durante todo el Primer Imperio, si bien los titulares del mariscalato fueron variando (por ejemplo, Bernadotte renunciaría a su cargo al ser proclamado príncipe heredero de Suecia en 1810).

[6] El título sobreviviría con el nombre de «mariscal de Francia» (maréchal de France) a la restauración de los Borbones en la persona de Luís XVIII y se mantendría bajo las cuatro repúblicas siguientes y el Segundo Imperio Francés (1852-1870), llegando hasta nuestros días.

RELACIONADOS