Historia 


De la Revolución al Imperio: Napoleón y la nobleza imperial (I)

«Les desafío a que nombren una república, antigua o moderna, que se fuese capaz de construirse sin distinciones. Las llaman ustedes sonajeros, pues bien, es con sonajeros con lo que se dirige a los hombres. No diría tal cosa en una tribuna, pero en un consejo de hombres sabios y de Estado todo puede decirse. Los franceses no albergan más que un sentimiento: el honor; y hay que alimentarlo, por eso hay que darles distinciones» [1]

Discurso de Bonaparte en el Consejo de Estado, defendiendo la necesidad de crear la Legión de Honor.

I. Introducción y problemática

El 23 de junio de 1790, presionado por el curso de la revolución iniciada en 1789, el Rey Cristianísimo Luís XVI de Francia decretaba la abolición de la nobleza hereditaria, junto con la eliminación de los títulos y los escudos de armas y cualesquiera otras formas de distinción estamental [2]. Se daba así un paso más hacia el desmantelamiento total de la sociedad tradicional, lo que los teóricos revolucionarios denominarían ex post el «Antiguo Régimen» (l’Ancien Régime).

Sin embargo, el mismo hombre que en los primeros años de convulsión revolucionaria se alzaría como un feroz detractor de la nobleza sería el mismo que finalmente pondría fin a la Revolución mediante un golpe de Estado [3], embarcándose con el tiempo en la sorprendente empresa de extraer una nueva nobleza de las filas de la revolución: Napoleón Bonaparte. Se trata este de un periodo generalmente mal explicado y peor entendido, pues la ortodoxia liberal que lo ensalza como triunfo supremo de la razón (en realidad constituye el derrocamiento de un orden basado en principios naturales por la simple e ilimitada voluntad humana) y pasa de puntillas –por resultar un tema difícil de conjugar con la tradición republicana francesa, que en absoluto reniega del periodo napoleónico- por dos cuestiones. Primero, que Bonaparte restauró la monarquía en su persona y con su propia dinastía, tras liquidar la revolución con el golpe de Estado de brumario y el Consulado (que debe entenderse sólo como la transición de un régimen plutocrático –el Directorio- a un régimen autoritario –el Imperio-). Segundo, que una vez consolidada, la monarquía imperial se constituiría como un régimen mucho más absolutista que la monarquía tradicional que decía combatir.

También suele decirse que se trató de un periodo marcadamente meritocrático, en el que el talento y el esfuerzo individual encontraron recompensas impensables en los tiempos de la monarquía individual. Si bien esta movilidad social es incuestionable, debe matizarse que el ascenso fulgurante de muchos individuos no fue producto tanto de su capacidad sino de su fidelidad a la persona de Bonaparte.

Por encima de todo, el periodo que se abre con el Consulado es un tiempo de paz y de reconciliación entre los franceses tras diez largos y sangrientos años de guerra civil e inestabilidad política, económica y social. Una paz traída por un líder monárquico pero antiborbónico y firme detractor del régimen feudal, defensor de la meritocracia y de la ambición como motor del éxito personal pero obsesionado con el culto de la personalidad, y por encima de todo, un ambicioso noble de provincias férreamente determinado a elevarse como igual de los grandes señores de Europa –aun cuando tal cosa supusiese restaurar distinciones sociales que él había ayudado a derribar-.

En fin, sin entrar a examinar el detalle del proceso revolucionario y sus vaivenes, el objeto de estas líneas es analizar en profundidad la curiosa figura de la nobleza imperial (noblesse d’Empire) creada por Bonaparte tras la proclamación del Primer Imperio Francés en 1804.

II. Antecedentes de la nobleza imperial

A) Las listas de notabilidad (listes de notabilité)

El primer ensayo de nobleza abortada una vez terminada la revolución vino de mano de Emanuel José de Sieyès, conde de Sieyès, quien ya se había distinguido como máximo exponente del dogma liberal de la separación de poderes (común y erróneamente atribuido a Carlos de Secondat, barón de Montesquieu) y había servido bajo el último gobierno revolucionario, el Directorio, como Presidente del Consejo de los Quinientos en 1797. Elevado a la dignidad consular junto con Bonaparte (Primer Cónsul) y Roger Ducos tras el golpe de Estado de brumario (9 de noviembre de 1799), propondría la creación de una plutocracia como bastión del nuevo régimen (otro elemento que prueba el carácter burgués, y no popular, de la revolución francesa).

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El general Bonaparte en el Consejo de los Quinientos en Saint-Cloud. Obra de Francisco Bouchot (1840), Castillo de Versailles.

Se instituían así las listas de notabilidad, siendo responsable cada comuna (municipio) de escoger a sus ciudadanos más ilustres en base a un criterio puramente económico (percepción de ciertas rentas anuales fijadas por ley). Este primer experimento no plació en absoluto a Bonaparte, quien no estaba dispuesto a asumir que la élite lo fuese por mérito de su dinero y no por fidelidad a su persona. Decidido a cortar de raíz la iniciativa de su colega en el cargo, Bonaparte expedía el decreto consular de 4 de agosto de 1802 por el que las listas de notabilidad eran sustituidas por los colegios electorales, cuyos miembros vitalicios eran controlados directamente por el Primer Cónsul.

B) Las armas de honor (armes d’honneur)

El ya mencionado decreto de 30 de julio de 1791 abolía todas las órdenes de caballería, pero dejaba abierta la posibilidad de crear una condecoración nacional que recompensase los servicios prestados al Estado. Esta disposición de ley reflejaba el rechazo de los revolucionarios a permitir cualquier distinción que quebrase –siquiera en mera apariencia- el principio de igualdad republicano. Haciendo uso de esta facultad, el Consulado instituía las armas de honor por decreto del 25 de diciembre de 1799 con la denominación de recompensas nacionales. Consistían en una versión más elaborada de las armas reglamentarias de cada arma del ejército (estando los sables reservados a los oficiales y a aquellos soldados que hubiesen mostrado extraordinario arrojo en el combate), en las que se inscribían el nombre del concedente (el Primer Cónsul), el del condecorado y el hecho de armas en virtud del cual se había hecho acreedor de la recompensa. Además llevaban aparejado el derecho de doble soldada, y en caso de fallecimiento de su beneficiario pasaban a ser propiedad de su familia. Su versión civil –totalmente minoritaria, pues la mayoría de los condecorados pertenecían al ejército- eran las bandas de honor.

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Napoleón Bonaparte, Primer Cónsul de la República Francesa, distribuye armas de honor a sus granaderos tras la victoria de Marengo sobre los austríacos (14 de junio de 1800). Óleo de Antonio-Juan Gross, Museo Nacional de Malmaison.

Tras la creación de la Legión de Honor, todos los condecorados con armas de honor pasaron automáticamente a ingresar en esta orden, dejándose de distribuirse estas recompensas, aunque sí se permitió a sus titulares seguir portándolas (si bien se suprimieron sus ventajas de sueldo).

C) Las senatorerías (sénatoreries)

El segundo ensayo abortado de nobleza bajo el Consulado fueron las senatorerías, creadas mediante senadoconsulto [4] de 4 de enero de 1803 y con el apoyo inicial del Primer Cónsul. Las senatorerías eran otorgadas a destacados funcionarios, militares y otros prohombres de la revolución con reconocidos servicios a la patria (diferenciándose así de las listas de notabilidad, que no reconocían más mérito que el dinero), con carácter vitalicio y a las que iban asociadas las rentas de terrenos propiedad del Estado. El riesgo de creación de feudos alarmó al Primer Cónsul, que retiró su apoyo inicial a este proyecto apenas hubo principiado. Sin embargo, no necesitó dinamitarlo como hizo con las listas de notabilidad, pues la propia estructura de las senatorerías las abocaba al fracaso:

  • Los territorios cuyas rentas se atribuían a los senadores estaban con frecuencia muy dispersos en la geografía francesa, lo que repercutía negativamente en su explotación y administración; y
  • A consecuencia de lo anterior, rara vez los territo generaban las rentas fijadas por ley, lo que impidió que los senadores se erigieran en una plutocracia digna de la preocupación del Primer Cónsul.

Percibidas estas deficiencias, Bonaparte se convenció de que no constituían una amenaza, limitándose a partir de entonces a frenar cualquier iniciativa que pudiere suponer un incremento de su poder.

En la próxima entrega de esta serie liquidaremos el apartado referente a los antecedentes de la nobleza imperial con la creación de la orden de la Legión de Honor y abordaremos el análisis de la nobleza imperial francesa.

Vía| Napoléon et la noblesse d’Empire, Jean Tulard (Bibliothèque Napoléonienne, 2001); Napoléon et la noblesse impériale, Jérôme-François Zieseniss; Napoléon, Max Gallo (Ed. Pocket, 1997).

Imagen|Napoléon distribuye armas de honor en el campo de Marengo; Golpe de Estado debrumario

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[1] Traducción del autor. En original, en francés : «Je vous défie de me montrer une république, ancienne ou moderne, qui savait se faire sans distinctions. Vous les appelez les hochets, et bien c’est avec des hochets que l’on mène les hommes. Je ne dirais pas cela à une tribune, mais dans un conseil de sages et d’hommes d’Etat, on doit tout dire. (Les Français) n’ont qu’un sentiment : l’honneur; il faut donc donner de l’aliment à ce sentiment-là, il leur faut des distinctions».

[2] El Decreto de 30 de julio de 1791 de la Asamblea Constituyente liquidaría este proceso mediante la abolición de todas las órdenes de caballería.

[3] El golpe de Estado del 18 brumario del año VIII (9 de noviembre de 1799), que ponía fin al Directorio y daba paso al Consulado.

[4] Producto legislativo emanado del Senado francés bajo el Consulado y el Imperio. Los senadoconsultos podían ser orgánicos (si modificaban la constitución) o simples (si la aplicaban).

 

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