Especial I Guerra Mundial, Historia 


De la Realpolitik a la Weltpolitik: el cambio de la política exterior alemana a partir de 1890 (III)

En esta última entrega del artículo examinaremos la aplicación de la Weltpolitik, pasando por el ambicioso programa de construcción naval del almirante Tirpitz, los intentos de tardío colonialismo alemán y la agresiva diplomacia emprendida por Alemania respecto de las grandes potencias.

2º) El programa naval y el expansionismo colonial

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Alfred von Tirpitz, artífice del programa de construcción naval alemán.

Si hubo una iniciativa alemana que encendió todas las alarmas de las potencias europeas, fue la decisión de embarcarse en un ambicioso programa de construcción de buques de guerra. Este programa naval se encuadraba en una política general de rearme a escala europea, conocida como la Paz Armada, y suscitada por el creciente clima de polarización. La idea ya había sido acariciada por el káiser, ferviente amante de la náutica y fascinado por los relatos de la Royal Navy que su madre, hija de la reina Victoria del Reino Unido, le contaba de niño, pero no fue puesta en práctica hasta marzo de 1897. En ese momento, el almirante Alfred von Tirpitz, acérrimo anglófobo y reconocido darwinista social, fue nombrado Secretario de Estado de la Marina. Tras silenciar las voces que abogaban por construir una flota de cruceros (pequeños y rápidos) que sirviesen para hacer prevalecer los intereses alemanes allende los mares, el partido de Tirpitz (que abogaba por la construcción de una flota de buques pesados que un día pudiera desafiar a Inglaterra) logró que el 26 de marzo de 1898 se aprobase la primera ley naval autorizando la ampliación a gran escala de la marina imperial de guerra. La ley sería sucesivamente ampliada en 1898, 1900, 1906, 1908 y 1912 para aumentar el tonelaje y el número de unidades navales, aumentando el recelo internacional (especialmente, el de los británicos).

A pesar de que los cálculos de Tirpitz eran sumamente ambiciosos (lograr a medio plazo que hubiese 1 buque inglés por cada 1,5 alemán) y de que fueron superados por la potente industria naval inglesa (que recogió el guante e inició su propia carrera armamentística), el ritmo de construcción alemán alertó al Almirantazgo británico. Según Winston Churchill, de cumplirse las perspectivas, la flota alemana igualaría a la británica en 1920. En efecto, tanto el gobierno como el pueblo británicos no dejaban de preguntarse para qué quería Alemania semejante poder naval, sino era para desafiar a la Royal Navy y, tras doblegarla, arrebatar al Reino Unido sus colonias. En última instancia, y según Churchill, esta fue la causa por la que Inglaterra decidió ir a una guerra en 1914, que ni el gobierno ni el pueblo veían con buenos ojos.

La potente arma naval proyectada por Tirpitz no debía servir solamente para lograr un estatus igual al de Inglaterra, sino también para permitir la expansión colonial en la que los alemanes iban sumamente retrasados. Envalentonados por la perspectiva de hacerse con extensos territorios y enormes riquezas, los alemanes tomaron el puerto de Kiachow en la costa china en 1897, compraron las islas Carolinas, Marianas y Palaos a España en 1899, y lograron la partición de Samoa con los estadounidenses en 1900. Las adquisiciones coloniales hechas por Alemania no sólo tuvieron que serlo con el beneplácito de Inglaterra, sino que fueron extremadamente parcas en territorio, recursos y población colonizada, lo que revela la futilidad de estos intentos de imperialismo tardío.

 Ante la perspectiva de tener poco que ganar en el reparto colonial, los estadistas alemanes replantearon su estrategia. Así comenzó la amistad turco-alemana, iniciada en la década de 1880 (el Imperio Otomano buscaba un aliado europeo que compensase la amenaza rusa por el norte y la inglesa desde Egipto) y que comenzó con la apertura del mercado turco a los productos alemanes. Más tarde, en 1903, un consorcio de sociedades y bancos alemanes lograron la concesión para la construcción de una red ferroviaria que llegue desde Berlín hasta Bagdad, supliendo así las carencias de transporte turcas y permitiendo la integración del este del país, tradicionalmente aislada. Esta iniciativa no gustó nada a los ingleses ni a los rusos. A los ingleses, que en ese momento estaban planteando la sustitución de los motores de carbón por otros de gasoil en sus barcos, les preocupaba mucho una presencia alemana estable cerca de los pozos petrolíferos iraquíes. Los rusos se sentían amenazados en el Cáucaso y en Persia, empezando a creer que los alemanes querían hacerse con el control de los estrechos entre Europa y Asia, uno de los grandes fetiches de la política exterior rusa.

 3º) Una diplomacia agresiva

 Por contraste a la prudente, cauta, calculada y largoplacista diplomacia bismarckiana, los valedores de la Weltpolitik no sólo se limitaron a aprovechar las oportunidades cuando estas aparecieran (como preveía la «política de manos libres» de Holstein), sino que en varias ocasiones forzaron esas oportunidades para explotarlas, poniéndose peligrosamente al borde del abismo. En otros casos, como veremos, se comportaron con infame torpeza.

En algunos casos, la diplomacia alemana se comportó de forma bastante obtusa, generando con sus actos mayor desconfianza. Tal fue lo que sucedió con el Telegrama Kruger. En 1895, el líder de la Colonia del Cabo, Cecil Rhodes, anunció su intención de anexionarse la República Sudafricana (el Transvaal), de etnia parcialmente alemana y con fuertes inversiones germanas. Rechazada la ofensiva de 500 irregulares británicos capitaneados por L.S. Jameson procedentes de la colonia inglesa de Rhodesia (cuya autoría nunca fue reconocida ni por Colonia del Cabo ni por Inglaterra), desapareció el peligro de invasión. Feliz de conocer este triunfo de los bóeres, el káiser envió el 26 de enero de 1896 un telegrama de felicitaciones a Pablo Kruger, presidente del Transvaal, por haber hecho frente a la agresión sin apelar a la ayuda de potencias aliadas [1]. Este intento por afirmar el prestigio alemán en África resultó negativo, pues suscitó la desconfianza británica en el papel jugado por Alemania en los conflictos coloniales.

Pero lo más relevante fue el riesgo corrido por los estadistas alemanes al intentar explotar conflictos entre otras potencias. La primera crisis de Marruecos (1905-1906) sirvió a Alemania para comprobar la firmeza de la Entente. El káiser visitó Fez, donde los representantes ingleses y franceses discutían el reconocimiento de sus respectivas esferas de soberanía, insistiendo Francia en que Inglaterra reconociese su esfera de influencia sobre Marruecos, a cambio de reconocer la esfera de influencia inglesa en Egipto. Bajo el Tratado de 1881, las cuestiones de soberanía sobre Marruecos debían solventarse en una conferencia internacional, y fue lo que el káiser les recordó. La Conferencia de Algeciras de 1906 puso fin a esta cuestión, pero durante las conversaciones Alemania elevó mucho el tono y llegó a amenazar a Francia con la guerra si no cedía a sus exigencias. Francia, con un ejército desorganizado y la moral baja, tuvo que recular. De este modo, Alemania había achantado, mediante la amenaza del uso de la fuerza, a Francia, que sin embargo tomó buena nota de lo sucedido e inició desde 1906 su rearme (además, el conflicto motivó la preparación de planes de transporte de tropas inglesas a Francia en caso de agresión alemana). Por ello, las consecuencias a largo plazo truncaron la victoria diplomática (Alemania había logrado establecerse motu proprio como mediadora entre dos grandes potencias).

En 1908 se presentó una nueva oportunidad para la diplomacia alemana. Ese año se produjo la anexión de Bosnia y Herzegovina por el Imperio Austrohúngaro, lo que desata la airada reacción rusa [2]. Alemania respalda a Austria-Hungría ante la amenaza rusa, advirtiendo en tono firme a Rusia en la Nota de San Petersburgo (marzo de 1909) que se abstuviera de intentar ninguna acción contra su aliada. A esas alturas, Rusia no se había recuperado de la derrota frente a Japón (1904-1905) y debió recular, y Francia, que todavía se lamía las heridas de 1906, tampoco quiso implicarse. De este modo, Alemania logró imponer su posición, aun a riesgo de verse arrastrada a una guerra, sobre Rusia, y agravando su aislamiento internacional.

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Bandera de guerra de la Marina Imperial Alemana (1903-1919).

Sin embargo, esta política de amenazas dejó de funcionar en 1911. Durante la segunda crisis de Marruecos, Francia tomó Fez, decidida a convertir Marruecos en un protectorado. Alemania protestó por sus intereses financieros en la zona (que sin duda eran muy discutibles) y envió el cañonero Panther, al puerto de Agadir para forzar la posición francesa (en un claro ejemplo de diplomacia de cañonero). A cambio de reconocer la soberanía francesa sobre Marruecos, Alemania demandó cesiones de territorios en el centro de África, y aunque no amenazó con declarar la guerra, la presencia del Panther hacía indubitada esa posibilidad. En este caso la hasta entonces neutral Gran Bretaña acudió en socorro de Francia, comunicándole a Alemania que, si esta deseaba la guerra, hallaría junto a Francia a los ejércitos británicos. Ante esta tesitura, Alemania cedió, habiendo perdido su osado órdago, y certera ya de que en un escenario de guerra europea, Gran Bretaña no mantendría su típica neutralidad (el llamado «magnífico aislamiento»).

IV. Conclusión

Bismarck era un clarividente estadista que supo reconocer la posición de Alemania y renunciar a aventuras imperiales con tal de conservar una unificación que había costado mucho tiempo y esfuerzo. Sus sucesores olvidaron rápidamente las lecciones del viejo canciller y embarcaron a Alemania en una saga de ridículas aventuras coloniales, ejercicios de arrogancia y empleo de la coacción sobre las grandes potencias que favoreció su rápido aislamiento. De este modo, y al abandonar la Realpolitik para abrazar la Weltpolitik, Alemania perdió su posición de equilibrio en Europa y se enemistó con las grandes potencias, propiciando el conflicto mundial que habría de estallar finalmente en 1914.

Vía| La Crisis Mundial, Winston Churchill; The Sleepwalkers: How Europe went to war in 1914, Christopher Clark; Kaiser Wilhelm II: A life in power, Christopher Clark; Los siete pecados capitales de Alemania en la primera guerra mundial, Sebastian Haffner.

[1] El Transvaal sería finalmente anexionado a la Colonia del Cabo a resultas de la Guerra Bóer (1899-1902).

[2] Bosnia y Herzegovina llevaban ya tres décadas bajo ocupación austrohúngara, por lo que el acto de anexión no dejó de ser una mera formalidad. La anexión ya contaba con el beneplácito de Rusia, que sin embargo se sintió traicionada cuando el ministerio de exteriores austrohúngaro publicó la noticia antes de que los rusos hubiesen informado a su prensa. Bajo la presión de una prensa que denunciaba el abandono de sus hermanos eslavos, el gobierno del Zar negó la existencia del acuerdo y denunció furiosamente la actuación austrohúngara.

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