Especial I Guerra Mundial, Historia 


De la Realpolitik a la Weltpolitik: el cambio de la política exterior alemana a partir de 1890 (II)

En la segunda parte de este artículo abordaremos la formulación de la Weltpolitik, comprobando su diametral oposición a la línea de acción trazada por Bismarck hasta 1890.

III. La Weltpolitik a partir de 1890

A)   Formulación

«Si no queríamos arriesgarnos a esta guerra, podíamos haber renunciado a la constitución del Imperio» Max Weber (1916).

Con la caída de Bismarck del poder en 1890 (su fructífera colaboración con el nuevo káiser, Guillermo II, entronizado en 1888, se truncó rápidamente por el afán de protagonismo y la voluntad de ejercer efectivamente el poder de este último), una nueva generación de estadistas ocuparon los puestos clave del gobierno y la administración. Estos hombres, por varias razones, despreciaron enseguida el sistema de equilibrio tejido por el Canciller de Hierro.

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Guillermo II, rey de Prusia y Emperador Alemán. Fotografía de 1902.

Tanto entre los nuevos estadistas –entre ellos el mismísimo káiser Guillermo II- como entre la población alemana surgió poco a poco un sentimiento de insatisfacción generalizada, un cierto complejo de inferioridad hacia las demás potencias europeas, una sensación de haber perdido el tren de la Historia y de necesitar imperiosamente recuperarlo a marchas forzadas. Los alemanes dejaron de ver Imperio como el final del devenir de la nación alemana, pasando a considerarlo el pistoletazo de salida para grandes conquistas: el imperio colonial, la hegemonía europea, el dominio naval etc. desplazando a Francia en Europa y a Inglaterra en el mundo. Todos estos logros eran justas reivindicaciones de Alemania, que no debía humillarse aceptando el estado de cosas y un puesto de segundo rango en el concierto de las grandes potencias. Hay varios factores que explican este cambio de actitud. Por un lado, tras casi dos décadas, y gracias a un crecimiento económico potente, el país estaba en su apogeo militar, económico y científico. Este vigor y confianza en alcanzar cosas aún mayores no tardaron en desbordar la prudencia y convertirse en fantasías de dominación mundial (algunos llegaron a clamar que, si el siglo XVIII había sido el de Francia, y el XIX el de Inglaterra, el XX habría de ser el de Alemania). Este vitalismo no tenía límite, y el vigor se convirtió en complacencia, de ahí los errores cometidos en las décadas siguientes. Por otro lado, y precisamente fomentando esta actitud vitalista y audaz, cobraron pleno vigor una serie teorías filosóficas que fundamentaban un elevado lugar en el mundo para Alemania. Los voluntaristas, que despreciaban la Realpolitik por «débil», entendían que la voluntad de la nación alemana triunfaría sobre todas las dificultades, y que la cauta política de Bismarck sólo podría retrasar la apoteosis alemana. Los defensores del darwinismo social entendían que la acelerada expansión económica y demográfica alemana llevaría irremisiblemente a la colisión con el poder imperial dominante (Inglaterra), colisión para que la que Alemania debía estar preparada. En este sentido, el escritor alemán Sebastián Haffner relata:

«Todo pecado empieza siendo de pensamiento y todo error comienza siendo de lógica. Eso mismo ocurrió en este caso. Antes de que se modificara la política alemana cambió la forma de pensar del país. Ya no existía esa sensación de Estado pleno. Había un sentimiento de insatisfacción, de carencia y, al mismo tiempo, se percibía una fuerza creciente. Las ideas de “cambio radical”, de una “Weltpolitik” (política mundial) y de una “misión alemana” se apoderaron del país y generaron todo un clima de resurgimiento y estallido, expresado primero por medio de libros y artículos de periódico, lecciones magistrales, manifiestos y la fundación de diversas asociaciones y, más adelante, también a través de decisiones políticas y acciones diplomáticas. Aproximadamente a partir del último lustro del siglo XIX toda la orquesta alemana comenzó a tocar de pronto una nueva pieza musical».

 Es en este contexto de cambio donde nace la Weltpolitik (en alemán, «política mundial»), de carácter marcadamente imperialista, que rechazaba la aceptación del estado de cosas y las limitaciones tejidas por Bismarck. Sus defensores, fuertemente influenciados por ideas voluntaristas (entendidas como predominio de la voluntad sobre la sustancia del mundo), abogaban por romper el sistema bismarckiano de alianzas y construir una poderosa fuerza naval que ganase el respeto de los demás poderes y permitiese la creación de un imperio colonial. En palabras de Bernhard von Bülow, entonces Secretario de Estado de Asuntos Exteriores (y Canciller Imperial desde 1900 hasta 1909): «No queremos poner a nadie a la sombra, pero nosotros también exigimos nuestro lugar bajo el sol» (discurso del 6 de diciembre de 1897). Triunfaba así una concepción idealista, en la que la realidad (la precaria situación alemana) debía amoldarse a la idea (la grandeza que Alemania merecía), oponiéndose diametralmente al pragmatismo inaugurado por Bismarck. En definitiva, los defensores de la Weltpolitik se negaban a aceptar una posición de segunda fila para Alemania, reclamando su lugar como igual de las demás potencias mundiales, y adoptando para ello una peligrosa actitud imperialista y beligerante.

 B)   Aplicación

1º) Ruptura de las alianzas (sistema de «manos libres»)

 La primera aplicación de la nueva doctrina consistió en el desmantelamiento de la red de alianzas tejida por Bismarck. Conocida como «política de manos libres» fue inaugurada por el secretario de estado Friedrich Holstein apenas desalojado Bismarck del gobierno, y llevada al extremo bajo la cancillería de Bernhard von Bülow (1900-1909). Básicamente consistía en no atarse a ninguna alianza [1], e ir aprovechando (constituyendo así una planificación sumamente cortoplacista) las oportunidades que la escena internacional fuese ofreciendo. La primera alianza en caer fue, quizás, la más importante, al negarse el gobierno alemán, capitaneado por el nuevo canciller Leo von Caprivi (en el cargo de 1890 a 1894), a renovar el Tratado de Reaseguro con Rusia en 1890 (el artículo 6º del tratado estipulaba que debía renovarse cada tres años).

Los efectos de esta ruptura no se hicieron esperar, provocando la alianza franco-rusa en 1892 (en forma de tratado militar) y 1894 (como alianza propiamente dicha), rompiendo así el aislamiento francés. Aprovechando esta circunstancia, Francia invirtió con gran habilidad la situación, empezando a negociar secretamente con Italia su salida de la Triple Alianza (desde principios de la década de 1890) y aliándose con Inglaterra (1904). En 1907, Inglaterra solventaba sus contenciosos coloniales con Rusia (ambas potencias estaban alarmadas por el aumento del comercio alemán en sus esferas de influencia), dejando así a Alemania aislada en el plano internacional.

De este modo, mientras el panorama de 1887 dibujaba una Europa fragmentada, con multitud de intereses cruzados y con una Alemania ligada a todas las potencias relevantes, el escenario de 1907 era de polarización en bloques (la Triple Entente de Francia, Inglaterra y Rusia frente a la Triple Alianza de Austria-Hungría, Alemania e Italia). La «política de manos libres» terminó por aislar así a Alemania, polarizando la escena europea y acercando así la posibilidad de un conflicto a gran escala.

En la siguiente y última entrega de este artículo analizaremos la aplicación de la Weltpolitik en su faceta colonial, naval y diplomática.

Vía|La Crisis Mundial, Winston Churchill; The Sleepwalkers: How Europe went to war in 1914, Christopher Clark; Kaiser Wilhelm II: A life in power, Christopher Clark; Los siete pecados capitales de Alemania en la primera guerra mundial, Sebastian Haffner.
Imagen| Guillermo II

[1] La unión a la alianza franco-rusa no parecía posible por el deseo revanchista de Francia. La alianza con Inglaterra no parecía tampoco viable (aunque hubo varios acercamientos), por cuanto los prusianos, con el recuerdo de la Guerra de los Siete Años (1756-1763) (en la que la Prusia aliada de Inglaterra se vio cercada por todas partes por Francia, Suecia, Austria y Rusia) no querían convertirse en la vanguardia continental de los ingleses.

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