Especial I Guerra Mundial, Historia 


De la Realpolitik a la Weltpolitik: el cambio de la política exterior alemana a partir de 1890 (I)

I. Introducción

Desde el Congreso de Viena (1814-1815), la política internacional europea se había regido por el llamado «concierto europeo», basado en la premisa de que la experiencia de las guerras napoleónicas no podría repetirse si ningún país europeo alcanzaba un estatus de notoria superioridad sobre los demás. Así, el equilibrio de los poderes europeos, la renuncia a grandes anexiones territoriales y a la carrera armamentística se establecieron como salvaguardias de la paz continental [1]. El mapa quedaba repartido de esta forma en una serie de grandes potencias (Francia, Inglaterra, Rusia, Austria), de potencias medias (Prusia, España, Portugal) y potencias menores (especialmente los principados alemanes e italianos). Este sistema aseguraría una paz relativa (el siglo XIX conocería menos guerras que las centurias anteriores), que se vería violentamente sacudida en 1871 por la transformación de una potencia media (o según se mire, la menor de las grandes potencias), Prusia, en una potencia mayor de primer nivel, el Segundo Imperio Alemán [2].

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La proclamación del Imperio Alemán, cuadro de Anton von Werner (1877). A la derecha, con uniforme blanco, Bismarck. En lo alto de las escaleras y con barba canosa, Guillermo I de Prusia.

Una importante premisa de la que partía la paz acordada en el Congreso de Viena era la fragmentación (y consiguiente debilidad) del espacio político alemán en el centro del continente, eje sobre el cual había pivotado tradicionalmente la política exterior y de seguridad de las grandes potencias. Con la proclamación del Segundo Imperio Alemán (II Reich) en el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles el 18 de enero de 1871 (en el 170º aniversario de la coronación del elector Federico III de Hohenzollern como primer rey de Prusia) a resultas de la victoria prusiana sobre el Segundo Imperio Francés en la Guerra Franco-Prusiana (1870-1871), ese espacio fragmentado (y cuyo único exponente militar de consideración era Prusia) se erigió en potencia de primer orden. La unificación, que cambió radicalmente el panorama europeo y su equilibrio de poderes, fue articulada por Otto von Bismarck-Schönhausen, ministro-presidente (primer ministro) del Reino de Prusia desde 1862, y canciller imperial desde 1871. El genio político de Bismarck logró la unificación sin que esta degenerase en una guerra con el resto de poderes europeos (le bastó doblegar a la Francia de Napoleón III), conquista que despertó la admiración por su labor desde el primer momento. A pesar de este triunfo diplomático, Bismarck era totalmente consciente de la precaria posición del recién nacido Imperio Alemán, pues si bien Europa había tolerado su creación, el reequilibrio de poderes debía operarse desplegando el más exquisito cuidado, y un paso en falso podría dar fácilmente con la perdición de Alemania.

Es precisamente de esta singular situación de la que trae causa este artículo, cuyo propósito es examinar el cambio de la política exterior alemana durante el mandato de Bismarck como canciller (1871-1890) (la Realpolitik) hacia la de sus sucesores en el cargo (la Weltpolitik). Como se verá, el abandono de una política exterior cautelosa y la combinación de agresividad y errores diplomáticos contribuyeron en gran medida al desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial en 1914.

II. La Realpolitik de Bismarck

A)   Formulación

«Somos uno de los Estados satisfechos, no tenemos necesidades que pudiésemos cubrir con el sable» Otto von Bismarck-Schönhausen (1887).

El mismo nacimiento del Segundo Imperio Alemán viene viciado por la enemistad con Francia. Esta, humillada por la derrota estrepitosa contra Prusia, había visto amputadas sus provincias de Alsacia y de Lorena [3], lo que pasaría a constituir el tótem del revanchismo francés y el sumo trauma de la clase política francesa, que no cejaría a partir de ese momento en sus esfuerzos por vengarse de Alemania y recuperar lo perdido.

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Retrato de Otto von Bismarck-Schönhausen (1871).

Enfrentado a este escenario, el perspicaz Bismarck previó acertadamente que, una vez resurgida de sus cenizas, Francia intentaría recuperar sus territorios perdidos, por lo que pasó a tejer una compleja red de alianzas que neutralizase ese peligro. Es en este entendimiento de la precaria situación de su país y en la previsión del futuro donde encontramos la esencia de la Realpolitik (en alemán, «política de la realidad») de Bismarck. Esta suele definirse como la acción política (sea interior o exterior) guiada por intereses concretos (es decir, fuertemente pragmática), despojada de consideraciones ideales (primando así lo real sobre lo ideal). La Realpolitik no fue inventada por Bismarck, pero en el caso del Canciller de Hierro, como llegó a ser conocido, su ejercicio resultó singularmente inteligente. El pragmatismo de Bismarck consistió en darse cuenta, como ya se ha apuntado, de la precaria situación alemana, pues el recién nacido imperio difícilmente podría enfrentarse con éxito a una coalición de poderes europeos decididos a restaurar el equilibrio previo a 1871. En ese estado de cosas, Alemania debía proceder con suma cautela en sus relaciones con las demás potencias, absteniéndose de interferir en sus esferas de influencia, y por tanto, rehuyendo el conflicto por todos los medios posibles (política de renuncia al poder o Machtverzicht). Debía así renunciar a aventuras imperialistas que despertasen los recelos de los demás poderes (especialmente renunciando a la formación de un imperio colonial) y ganarse su confianza. Esta concepción cautelosa tenía también a sus espaldas la experiencia de la generación de prusianos a la que pertenecía el canciller, que en la proclamación del Imperio (que ya se había intentado sin éxito en 1848) veían la consumación perfecta de todas las aspiraciones nacionales alemanas, el resultado final de la historia alemana que debía salvaguardarse sobre todas las cosas (es decir, el punto final del largo proceso de construcción nacional alemana). Alemania era en 1871 todo lo que podía ser, lo que llevó a Bismarck a declarar en 1887 que era uno de los estados «satisfechos» de Europa.

 Así, la formulación de la Realpolitik indicaba los siguientes objetivos:

(i) Evitar cualquier confrontación entre Alemania y un poder mayor europeo;

(ii) Sacar partido de las confrontaciones que se produjesen entre otros poderes europeos;

(iii) Evitar la formación de una coalición contra Alemania (especialmente evitando un escenario de guerra en dos frentes); y

(iv) Neutralizar a Francia.

B)   Aplicación

Para lograr estos objetivos, Bismarck emprendió (además de evitar la carrera armamentística –entre otros no embarcándose en el programa naval que sus sucesores llevarían a cabo-) dos líneas de acción: (i) ganarse la confianza de las demás potencias europeas, convenciéndolas de que Alemania estaba satisfecha con su estatus y no deseaba más; y (ii) tejer una compleja red de alianzas que dificultase un escenario de guerra contra Alemania (los llamados «sistemas bismarckianos»).

Así, por un lado se abstuvo de interferir en la esfera de influencias de los demás poderes. Respecto de Inglaterra, manteniendo a Alemania al margen del reparto colonial en África y en el Pacífico, contentándose con adquirir, con permiso de las grandes potencias, modestos enclaves (y muchas veces extensos territorios carentes de valor estratégico o económico) en África, Asia y Oceanía. Respecto de Rusia, absteniéndose de intervenir en los periódicos conflictos balcánicos que la enfrentaban a Austria-Hungría (al contrario de lo que sucedió en 1908, como veremos más adelante). Su buena voluntad quedó indubitadamente demostrada tras la Guerra Ruso-Otomana (1877-1878), en la que Alemania medió en el acuerdo territorial que finalizó la contienda, labor por la cual no exigió ninguna compensación (territorial, económica ni de ninguna clase). El Canciller de Hierro demostró así al resto de poderes que Alemania era una desinteresada guardiana de la paz.

Por otro lado, Bismarck tejió una red de alianzas y compromisos internacionales que congelaron las posibilidades de una guerra europea en la que Alemania fuese parte beligerante, y que alcanzó su cénit en 1887. Esta línea de acción queda perfectamente sintetizada en la declaración de Bismarck del verano de 1877: «Debemos propiciar la creación de una situación global en la que todos los poderes, excepto Francia, nos necesiten, y sean mantenidos, gracias a sus mutuas relaciones, lejos de la posibilidad de forjar alianzas contra nosotros».

De este modo, el entramado diplomático se formó de la siguiente manera:

(i) Liga de los tres Emperadores (Dreikaiserbund) de 1873, una alianza de monarquías conservadoras (Austria-Hungría, Alemania y Rusia) que aisló a Francia. A pesar de no contener cláusulas militares (Austria se negaba en rotundo a ello), promovió la cooperación entre los tres estados, que acordaron mantener el statu quo europeo al momento de la firma;

(ii) Alianza Dual de 1879, por la que Alemania y Austria-Hungría se reconciliaron (no debe olvidarse que Prusia había derrotado a Austria en la guerra de 1866) y se aliaron;

(iii) Triple Alianza de 1882: amplió la Alianza Dual a Italia, y cuyo objetivo principal era evitar que las constantes tensiones entre Viena y Roma escalasen y derivasen en una guerra;

(iv) Acuerdo del Mediterráneo de 1887: realmente se trató de un canje de notas con Inglaterra, Austria-Hungría, Italia y España, que neutralizó la influencia francesa en el Mediterráneo; y

(v) Tratado de Reaseguro con Rusia de 1887, por la que Alemania se alió con Rusia para evitar que esta pudiese coaligarse con Francia. Ambas partes contratantes se comprometieron a permanecer neutrales en caso de guerra entre la otra y un tercer poder, salvo en caso de ataque directo por parte de Austria o de Francia contra alguna de las dos partes contratantes (artículo 1º).

De este modo, en 1887 Alemania quedaba ligada a todos los poderes mayores europeos, logrando aislar a Francia y sin practicar una política imperialista que levantase las sospechas de sus vecinos. Además, la coyuntura internacional de ese momento era muy favorable a los intereses alemanes, pues todos los grandes poderes se encontraban chocando por sus intereses:

(i) Francia a Inglaterra pugnando en África, cuyo cénit fue la crisis de Fachoda (1898), que tuvo a ambas potencias al borde de la guerra;

(ii) Rusia e Inglaterra confrontadas en Persia y Asia Central (Tíbet y Afganistán);

(iii) Italia y Austria-Hungría en perpetua lucha en el norte de Italia y en el Adriático;

(iv) Italia y Francia chocando en el norte de África; y

(v) Francia deseosa de recuperar Alsacia y Lorena.

De este modo, en 1887 (sólo tres años antes de su caída en desgracia), el canciller Bismarck había logrado asegurar la posición alemana en Europa, ligando los intereses de su patria a los de los principales poderes y aislando a Francia, evitando así que esta buscase la alianza de algún otro poder europeo para clamar venganza por la derrota de 1871. Poco habría de durar este complejo sistema de equilibrios, pues con la salida de Bismarck de la cancillería en 1890, nuevos hombres con nuevas ideas derribarían los cimientos de este orden, acercando a Alemania al abismo.

Vía| La Crisis Mundial, Winston Churchill; The Sleepwalkers: How Europe went to war in 1914, Christopher Clark; Kaiser Wilhelm II: A life in power, Christopher Clark; Los siete pecados capitales de Alemania en la primera guerra mundial, Sebastian Haffner.

[1] La más enérgica partidaria de esta política era Inglaterra, quien habiendo renunciado hace siglos a una política continental, lograba así la paz cerca de las islas británicas, dejando sus manos libres para expandir su influencia en el resto del mundo.

[2] El adjetivo de «segundo» deriva de la consideración del Sacro Imperio Romano Germánico (962-1806) como Primer Imperio Alemán.

[3] Bismarck se opuso a esta anexión, previendo que sólo traería choques con Francia, pero tanto la clase dirigente alemana, como una opinión pública excitada por la victoria le empujaron a ello.

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