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De cómo empecé una nueva vida

Fue una mañana de noviembre, un día como hoy; la luz entraba sigilosa por el hueco de las persianas haciendo un puzzle infinito en mis sábanas, adaptándose a los pliegues. En algún lugar de la casa sonaba la canción de jazz que bailábamos la noche anterior, descalzos y muy, muy cerca. El bienestar que deja el vino, el humo, el calor y la oscuridad nos habían envuelto esa noche, todo nos empujaba en ese extraño balanceo que era el baile. Las velas fueron deshaciéndose y apagándose, la llama cada vez más tenue, pero la canción se repetía una y otra vez. Fue la última vez que te vi.

Al despertar, nadie a mi lado, solo aquella lejana melodía parecida al desconcierto que es el jazz, sin ritmo constante, sin estribillo. Solo un caos de notas. Decidí que esta era la última vez de todo: de ti, del jazz, del vino, de aquella casa de paredes oscuras y techos altos. Abrí una maleta, cogí una caja, y fui repartiendo mis recuerdos. Casi ninguno me quedaba, y de los que me quedaban, apenas uno valía la pena.

tocadiscos

Con la maleta casi vacía, levanté la aguja del tocadiscos, y la casa quedó en silencio. Sólo el ruido de mis pasos, a medida que avanzaba pisando pedazos de lo que quedó. Todo estaba hecho añicos: el jarrón, el espejo, las fotos, los momentos, el cenicero, la confianza. Nada servía ya, nada tenía arreglo.

Al cerrar tras de mi la pesada puerta de madera, el pasado se hizo polvo con el golpe. Di dos vueltas de llave, me aseguré de que nada podía salir de allí. Bajé por las escaleras, rozando la barandilla fría con la yema de los dedos, tanteando cada escalón con la punta del pie. Salí por el portal sin mirar atrás, giré la esquina, tarareando esa canción, y con el sol acariciándome la cara.

Aquella mañana empecé un nuevo día, una nueva vida. Paseando por el parque, me di cuenta de que me había perdido. A mi alrededor sólo había cipreses y arriates de azaleas en tonos violetas. Desenganché la llave de la anilla metálica y la enterré bajo uno de los cipreses. El cielo anunciaba tormenta y las nubes estaban cada vez más bajas. Me sacudí las manos y retomé el camino de vuelta, de vuelta a ningún sitio, de vuelta a un nuevo comienzo, a empezar de nuevo.

Imagen| Tocadiscos

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